El mito de la “descarga de la agresividad”

Escrito por at 17:45 en La agresividad

Durante algunos años (y aún hoy en día en algunos círculos) se creyó que la expresión violenta de la agresividad no sólo era una eventualidad normal, sino también deseable y estimulable. Muchas veces escuchamos a bien intencionadas pero equivocadas madres y maestras decir: “lo dejo pegar, porque le hace bien descargarse”. Esto es un error. Nuestro deber como adultos es enseñar a los niños vías adecuadas de expresar sus emociones. Pero las vías adecuadas nunca pasan por agredir ni física ni emocionalmente a otro ser humano ni a sí mismo. Nuestros niños deben aprender que todos los sentimientos son lícitos, pero que sus vías de expresión deben modularse de acuerdo al interjuego de derechos de todos los seres humanos, de todas la edades y de todos los sexos. La agresividad no es un impulso en el sentido de una fuerza incontrolable que debemos expresar de todos modos. Es una capacidad innata con la que todos nacemos. Esta capacidad puede ser cultivada y alimentada desde el entorno, con una experiencia que comienza desde la vida intrauterina y que se prolonga durante toda la vida.
Pero así como nacemos con esa capacidad, también tenemos la capacidad de controlar la violencia y de generar vías alternativas más adecuadas de expresión de la cólera. El desarrollo de esta capacidad dependerá en gran medida de la manera en que somos criados, y del balance que en nuestras vidas tengan las fuerzas que favorecen y que desalientan la agresividad.
Muchos niños agresivos carecen de buenas habilidades sociales. No les resulta fácil hacerse amigos o mantenerlos, sin apelar a representar su rol de “matón”. Muchas veces es la única manera que tienen, por deficiencias en sus habilidades prosociales, de pertenecer y ser aceptados por un grupo.
Otro déficit típico de los agresivos es el del autocontrol. No desarrollaron la capacidad de pensar antes de actuar, la de diferir una satisfacción. Es necesario ayudarlos para que aprendan esta capacidad para que puedan lograr controlar sus impulsos y así insertarse más adecuadamente en su medio.
Finalmente, estos niños tienen deficientes valores morales prosociales. No han aprendido los conceptos básicos de respeto a determinados derechos, sino que han aprendido otros que jerarquizan el éxito o la satisfacción personal a cualquier precio. Son niños a los que los adultos les hemos enseñado, con palabras y con hechos, que más vale ser salvajemente competitivo que solidario, que ceder en algo es ser un débil, que siempre hay que ganar no importa mucho a qué precio, que los demás siempre quieren embromarnos y demás conceptos tan lamentablemente presentes en nuestra sociedad actual.

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