LOS INGREDIENTES PRINCIPALES: COHERENCIA Y FIRMEZA
La coherencia debe conseguirse en primer lugar con nosotros mismos: lo que pedimos debe ser coherente con nuestros valores, con nuestra forma de pensar y de actuar. Nuestros límites no pueden variar dependiendo de nuestro estado de ánimo, nuestro cansancio o la presencia de algún extraño.
Es buena cosa, asimismo, que exista una coherencia básica entre todos los responsables de ponerle limites al niño. Esto no significa que madre y padre se transformen en robots idénticos, pero si que se compartan los objetivos y las reglas básicas. A veces esto se complica cuando son más las personas responsables: abuelas, empleadas. Convencerlas de que forman parte de un equipo que busca lo mejor para el desarrollo del niño es un buen paso previo para que acepten sugerencias.
La firmeza va de la mano con la coherencia: si estamos convencidos de algo, lo mantenemos no importa a cuánta presión estemos sometidos.
Un niño sometido a puesta de límites coherentes y firmes es un niño que sabe qué es lo que puede esperar, que siente seguridad en su entorno. De esta manera puede anticipar, pueda prever las consecuencias lógicas que su conducta le va a traer y crece con la invalorable sensación de saber lo que está pasando.
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