
Empecemos por preguntarnos qué debemos pedir de un estilo de disciplina. ¿Lograr que los niños se comporten como muñequitos a control remoto? ¿Lograr ser sus amigos más que padres, y permitir que expresen lo que les dicte su deseo? Ni una cosa, ni la otra. Somos padres y tenemos la gigantesca responsabilidad de educar a otros seres humanos, con los cuales nos une una particular relación afectiva. Pero son otro ser humano, diferente a nosotros aunque se nos parezca y que tiene el derecho de tener padres que le enseñen las reglas de la vida en un contexto de cariño y firmeza que le permitan desarrollarse saludablemente.
Un estilo de disciplina adecuado debe lograr que los niños aprendan a ser responsables de su propio comportamiento, sin necesitar una figura punitiva al lado que los controle. No sirve que los niños se queden quietitos porque los estamos mirando con mirada amenazante. En cuanto nos vayamos harán lo que no deben. Asustándolos, amenazándolos, no desarrollamos su autocontrol.
Tenemos que encontrar la manera en que hagan lo que deben como una elección personal. Es una muy buena cosa que puedan tomar sus propias decisiones, sobre la base de la anticipación de las consecuencias que su conducta puede traerle.
Cuando ponemos límites a nuestros hijos, no es para lograr dormir la siesta un domingo ni para quedar como reyes delante de nuestros amigos, sino para enseñarle el orden natural de los sucesos en la vida. Un niño que crece creyendo que puede hacer lo que quiere, no va a poder funcionar bien en el mundo de verdad. Se transforman en “tiranos de pies de barro”: parecen muy fuertes en la casa en donde sus deseos son órdenes, pero se “derriten” en el mundo de verdad en donde hay que aprender a negociar y a defender adecuadamente nuestros derechos y donde, muchas veces, nuestros deseos quedan postergados.

La nuestra es una sociedad donde la puesta de límites aún debe mejorarse mucho. Hay un enorme porcentaje de hogares en los cuales la violencia es aceptada, en diversos grados. Nuestra sociedad, en su conjunto, acepta el castigo físico de los niños como una opción válida de educación. “Una buen zapatillazo”, “de vez en cuando una paliza bien dada”, son sólo algunas de las frases que uno escucha en cualquier lugar, proveniente de madres o padres o abuelos de cualquier clase social.
También es cierto que todos nos preocupamos por el incremento de la agresividad y la violencia en los más jóvenes.
Una de las maneras de lograr prevenir la agresividad, los déficits en el autocontrol y la conducta responsable, es a través del estilo de disciplina que utilicemos. Ningún padre o madre nace sabiendo cómo serlo. Vamos aprendiendo en la marcha, haciendo camino al andar, repitiendo modelos que no siempre son los mejores.
Lo que siguen son sólo guías para la reflexión y creación personal y familiar.

Todos los niños necesitan que los adultos responsables les marquen determinados límites dentro de los cuales pueden moverse con seguridad. Necesitan aprender cómo funciona el mundo y la vida en sociedad, conocer sus leyes y sus códigos de modo que su inserción en el mundo sea más armónica.
La manera en la cual estos límites son puestos influirá de forma muy importante en el desarrollo de ese niño. Su autoconcepto, su nivel de autoestima, su nivel de agresividad, su autocontrol y muchas otras áreas de su personalidad dependerán directamente del estilo de disciplina a que esté sometido.
La puesta de límites es un vehículo por el cual los padres le trasmitimos conceptos y habilidades fundamentales a nuestros hijos.
Un padre/madre cálido, firme, que tiene un estilo adecuado de disciplina enseña sin necesidad de discursos, conceptos tan fundamentales para la vida como que no siempre puede hacerse lo que se tienen ganas, que todos tenemos derechos y que estos deben ser respetados, que debe aprender a tomar decisiones, elegir alternativas y hacerse cargo de las consecuencias, que equivocarse no está prohibido, etc.
El padre o la madre que pone bien los límites sabe que no es perfecto y tampoco exige la perfección en sus hijos. Es alguien que aprendió a aceptar que existen los claros y los oscuros, que no quiere la obediencia servil y que es un buen modelo para sus hijos porque respeta a todos los seres humanos, incluido su hijo.

En función de lo que hemos estado viendo, surge la conclusión de que la agresividad y la violencia están siendo alimentadas desde la sociedad y desde la familia, y es desde allí que deben surgir las acciones tendientes a revertir este fenómeno. Empecemos hoy, y empecemos por mirarnos a nosotros mismos y ver qué tipo de modelo estamos dando. Siempre estamos a tiempo de cambiar.

Durante algunos años (y aún hoy en día en algunos círculos) se creyó que la expresión violenta de la agresividad no sólo era una eventualidad normal, sino también deseable y estimulable. Muchas veces escuchamos a bien intencionadas pero equivocadas madres y maestras decir: “lo dejo pegar, porque le hace bien descargarse”. Esto es un error. Nuestro deber como adultos es enseñar a los niños vías adecuadas de expresar sus emociones. Pero las vías adecuadas nunca pasan por agredir ni física ni emocionalmente a otro ser humano ni a sí mismo. Nuestros niños deben aprender que todos los sentimientos son lícitos, pero que sus vías de expresión deben modularse de acuerdo al interjuego de derechos de todos los seres humanos, de todas la edades y de todos los sexos. La agresividad no es un impulso en el sentido de una fuerza incontrolable que debemos expresar de todos modos. Es una capacidad innata con la que todos nacemos. Esta capacidad puede ser cultivada y alimentada desde el entorno, con una experiencia que comienza desde la vida intrauterina y que se prolonga durante toda la vida.
Pero así como nacemos con esa capacidad, también tenemos la capacidad de controlar la violencia y de generar vías alternativas más adecuadas de expresión de la cólera. El desarrollo de esta capacidad dependerá en gran medida de la manera en que somos criados, y del balance que en nuestras vidas tengan las fuerzas que favorecen y que desalientan la agresividad.
Muchos niños agresivos carecen de buenas habilidades sociales. No les resulta fácil hacerse amigos o mantenerlos, sin apelar a representar su rol de “matón”. Muchas veces es la única manera que tienen, por deficiencias en sus habilidades prosociales, de pertenecer y ser aceptados por un grupo.
Otro déficit típico de los agresivos es el del autocontrol. No desarrollaron la capacidad de pensar antes de actuar, la de diferir una satisfacción. Es necesario ayudarlos para que aprendan esta capacidad para que puedan lograr controlar sus impulsos y así insertarse más adecuadamente en su medio.
Finalmente, estos niños tienen deficientes valores morales prosociales. No han aprendido los conceptos básicos de respeto a determinados derechos, sino que han aprendido otros que jerarquizan el éxito o la satisfacción personal a cualquier precio. Son niños a los que los adultos les hemos enseñado, con palabras y con hechos, que más vale ser salvajemente competitivo que solidario, que ceder en algo es ser un débil, que siempre hay que ganar no importa mucho a qué precio, que los demás siempre quieren embromarnos y demás conceptos tan lamentablemente presentes en nuestra sociedad actual.

El conocer las características más frecuentes de los niños agresivos nos otorga buenas guías para ayudarlos a encontrar otras maneras de relacionarse con los demás.
Es muy frecuente que estos niños y jóvenes interpreten de manera inadecuada lo que los demás hacen. Suelen tener una franca tendencia a personalizar y pensar que las cosas que suceden a su alrededor se las están haciendo a ellos. Así, cualquier hecho cotidiano puede transformarse en un estímulo para la reacción violenta. Una conversación privada entre dos compañeros pueden hacer pensar al niño agresivo: “están hablando mal de mí”, una simple distracción de un amigo puede ser interpretada como “me está dejando de lado a propósito”. A sus ojos, su reacción agresiva estuvo plenamente justificada; mientras que para un observador, la reacción parece inmotivada y sin sentido. En los casos en que esto es así, es necesario ayudarlos a modificar su estilo de interpretación de los hechos para disminuir su comportamiento agresivo.
Otra característica de estos niños es que son irritables: su cólera es gatillada por estímulos de menor intensidad que la necesaria para activarla en niños no agresivos. Son “leche hervida”: pequeñas cosas hacen que los invada la rabia.
Suelen también tener dificultades para la percepción de sus propias emociones y para la comunicación adecuada. No saben poner en palabras lo que les sucede, y pasan a la acción. La capacidad de autopercepción y de expresión verbal de las emociones es algo que todos los adultos debemos ejercitar y enseñar a los niños. No está mal que se enojen pero deben aprender a expresar su enojo de manera adecuada.

Asimismo se va produciendo una desensibilización frente a los golpes, al daño físico, a la visión de la sangre y aún de visceras. Eso hace que ya no se impresionen por estas cosas ni aun en la vida real.
No obstante, aun teniendo en cuenta todo esto, ¿podemos culpar a la televisión? Es cierto que es un arma muy poderosa que tenemos dentro de nuestras casas, pero el uso que de ella hagamos depende de nosotros, los adultos. Muchas veces, los padres olvidamos que el televisor tiene dos botones fundamentales, el de prender y el de apagar. Tenemos que ejercer nuestro derecho firme a abrirle o cerrarle la puerta de nuestras casas (y de nuestras mentes) a quienes nosotros decidamos. Así como no dejamos a nuestros niños comer basura, no los dejemos contaminar mentalmente con antivalores peligrosos. La supervisión es posible y es nuestro deber. No temamos en apagar el aparato cuando no es adecuado lo que están pasando: nuestros hijos aprenderán algo muy importante, aprenderán que se puede decir NO cuando uno quiere decir NO. En otros casos, una excelente manera de antagonizar la deformación de valores, es mirar TV juntos, en familia, de una manera activa, comentando y charlando de manera franca y cálida.
La televisión es un arma poderosa que puede ser utilizada racionalmente para favorecernos. Nos ofrece muchísimas cosas buenas. Ejerzamos nuestro derecho a elegir y no dejarnos contaminar con lo que rechazamos.
Del mismo modo, los videojuegos son excelentes herramientas para introducir a los niños en el mundo de las computadoras y para favorecer algunas habilidades. Hay excelentes productos que favorecen la creatividad y estimulan el desarrollo de manera divertida e inteligente. No es necesario elegir los juegos violentos y sangrientos. No es excusa el que nuestros hijos nos los pidan: nuestro deber es enseñarles lo que creemos es lo mejor y ser un buen modelo para ellos.

¿Cómo ignorar la influencia de la televisión en la educación de nuestros hijos? Si partimos de la realidad de que nuestros niños y jóvenes llegan a pasar un promedio de 5 horas diarias mirando TV, ya tenemos una medida del respeto con que debemos mirar a este medio como trasmisor de valores y como moldeador de actitudes.
Las investigaciones realizadas tendientes a demostrar la influencia de la imagen televisada en el aumento de la conducta agresiva en los niños, son varias, rigurosas, y han logrado realizarse explorando en grandes grupos y seguirlos además por hasta 10 años. Los resultados coinciden en que el ver escenas violentas en la TV aumenta de manera llamativa la conducta agresiva en todos los niños pero, sobretodo, en aquellos que ya tienen tendencia hacia la agresividad o en los niños más pequeños (preescolares).
La imitación lleva a los niños a reproducir aquellos comportamientos que aprendieron a través de la pantalla, aquellos comportamientos que eran emitidos por seres valorados, poderosos y triunfantes. Terminan asociando conducta violenta con éxito y poder.
Por otro lado, no debe desestimarse la televisión como generadora de creencias y como formadora de actitudes, en aquellos sujetos tan sensibles como lo son los niños expuestos a la pantalla más horas que a sus padres. Estos niños, criados dentro de la realidad televisiva consideran muy natural y cotidiana a la violencia: todo el mundo se pega, se tira cosas, se mata…
Asimismo se va produciendo una desensibilización frente a los golpes, al daño físico, a la visión de la sangre y aún de visceras. Eso hace que ya no se impresionen por estas cosas ni aun en la vida real.

Sin ningún lugar a dudas la influencia más importante sobre el comportamiento agresivo proviene tanto del entorno como de la experiencia. A ser agresivo se aprende.
Toda la evidencia es contundente al demostrar que la manera como una criatura (animal o humana) es tratada ín útero, como recién nacido, durante el período de la lactancia y durante toda la infancia, afecta de manera muy importante el comportamiento que esa criatura vaya a tener en relación a los demás.
¿Cómo es que se produce el aprendizaje de la conducta agresiva y violenta? Una de las maneras más eficaces que tenemos los seres humanos de aprender conductas complejas es a través de la imitación. A través de la imitación aprendemos a hablar, a cocinar, a bailar y también a reaccionar frente a diferentes situaciones.
Los niños no imitan a cualquiera, sino a aquellas personas que son, a sus ojos, modelos prestigiosos. Por tanto imitan a sus padres, a sus maestros, a sus hermanos mayores, a personajes de TV. ¿En cuántos de esos modelos observa una variedad importante de comportamientos agresivos día a día? Pensemos cuántas veces vio a su padre insultar a alguien mientras va manejando (ya sea un señor o una señora), o cuántas veces recibió una cachetada como respuesta a una equivocación, o cuantas veces vio a sus padres agredirse de distintas maneras o cuántas veces vio aniquilar sangrientamente a un enemigo en un “dibujito” o en un video -juego.
El niño termina pensando que el componente agresivo de las relaciones interpersonales son la norma o el componente privilegiado. Va elaborando además el nefasto concepto de que el poderoso es el agresivo y que el no agresivo es el débil, el perdedor, el fracasado.
También es estimulada directamente la conducta agresiva de diferentes maneras. Una manera frecuente es la sorprendente costumbre de dar a los niños para jugar juguetes bélicos. ¿Qué estamos queriendo enseñar a un niño a quien le compramos revólveres, granadas, metralletas? ¿Estamos desarrollando sus habilidades sociales, su creatividad, sus valores morales? ¿O estamos familiarizándolo peligrosamente con elementos que significan un oprobio para la naturaleza humana?
Otra manera de estimular el comportamiento agresivo exagerado es el halago y orgullo expresado de diferentes maneras por ese tipo de conductas. No es raro escuchar a padres que se enorgullecen que por su agresividad, su hijo “no se deja pasar por arriba”, o “los tiene dominados a todos” o “es bien varón, todo lo arregla a las piñas”. Cuánto mejor sería poder enseñarle a ese niño a defender sus derechos o a ejercer su masculinidad de manera más adecuada.
Y finalmente, una manera muy frecuente de conseguir que la agresividad aumente: querer controlar la violencia de nuestros hijos siendo más violentos nosotros. Si le pegamos porque pegó, el mensaje no verbal es muy claro: “está bien pegar, pero pega el más fuerte.”

Diferentes investigaciones han explorado el papel que juegan diversos factores en la génesis de la patología de la agresividad.
Existen dos grandes vertientes cuya influencia ha sido estudiada: la biológica y la del entorno.
A) La influencia de la biología
Nuestras conductas son el resultado final de múltiples influencias que incluyen lo genético, la acción hormonal, la actividad de determinados neurotrasmisores en determinadas zonas del cerebro entre otras. La interacción de todas estas influencias permiten que la conducta agresiva pueda expresarse de determinada manera, pero no es causa única ni primordial en su desarrollo.