
Adquisiciones posteriores
La adquisición del lenguaje —que desde el punto de vista sensomotor constituye la más compleja de las conductas— culmina la escala del desarrollo psicomotor. Existe una etapa, que se ha denominado «prelingüística», en la que el niño emite sonidos más o menos imitativos de los que oye en boca de los adultos.
Al igual que lo que sucede en el caso de los esfínteres, el desarrollo del lenguaje se ve supeditado fundamentalmente al cuidado que la madre tiene del hijo. El retraso en el hablar, así como trastornos como el de la tartamudez, tienen su origen a menudo en carencias de tipo afectivo.
Durante la etapa preescolar (de 3 a 6 años), el niño establece una conducta ambivalente de aceptación-oposición ante los dictados de los padres. Ello, unido a un progresivo perfeccionamiento de su psicomotricidad, empieza a conformar lo que será su personalidad propiamente dicha.
Por último, la etapa escolar (desde los 6 años hasta la pubertad) se caracteriza, desde el punto de vista psicomotor, por la introducción de la imitación y por el ejercicio sistemático de las diversas facultades, todo lo cual se traduce por una adaptación cada vez mayor al pensamiento concreto.

El niño comienza a andar
Al año de vida, el niño suele ser capaz de mantenerse en pie, primero con apoyo y luego sin él, para lo cual amplía su base de sustentación (piernas separadas).
La aparición de la marcha independiente se halla en estrecha relación con el tono muscular y con el grado de maduración psíquica; así, el niño motivado y que ha logrado «interiorizar» correctamente su experiencia aprenderá más pronto a andar por sí mismo.
La edad de la marcha se sitúa a comienzos del segundo año de vida, aunque existe una considerable variación según los individuos (de 9 a 18 meses). A partir de este momento, la vida psíquica del niño se enriquece más que en cualquier otra etapa de la vida: el pequeño se vuelve capaz de explorar por si mismo el mundo que le rodea. Al mismo tiempo, la mano alcanza un desarrollo tal que justifica su denominación de «útil de la inteligencia». . de modo paralelo se desarrolla el control de los esfínteres. A partir del año y medio, el niño ya está preparado para que se le inicie en la adquisición de tan importante hábito. Nunca se insistirá lo suficiente sobre la importancia que la educación esfinteriana tiene para el buen desarrollo de la afectividad del niño. Las malas relaciones lectivas del niño con sus padres se traducen con muchísima frecuencia por un retraso en el dominio de los esfínteres.

Coordinación motora
Alrededor del cuarto mes de vida comienza a adquirirse la coordinación motora. Desde el punto de vista espacial, ésta se caracteriza por realizarse en sentido céfalo-caudal (de arriba a abajo) y próximo-distal (desde la raíz hacia el extremo de los miembros).
El principal objetivo del movimiento consiste en vincularse con las cosas. Al propio tiempo, el niño aumenta su capacidad psíquica, lo que le permite reconocer situaciones relevantes dentro de un conjunto determinado y relacionar lo experimentado con lo actual.

El desarrollo psicomotor
El recién nacido sólo es capaz de efectuar movimientos globales que no significan adaptación con el medio exterior. Su sistema muscular es rígido y tiene una clara tendencia a la flexión, igual que el feto.
Una serie de cambios orgánicos tienden a corregir este estado de cosas y a convertir, gradualmente, al bebé en un ser capaz de movimiento. Éste, durante los tres o cuatro primeros meses de vida, es principalmente automático; deriva de los llamados reflejos arcaicos. Tales reflejos, si persisten más allá de una determinada edad, deben considerarse patológicos.