
El desarrollo afectivo-social
La necesidad de afecto continúa siendo esencial en el segundo, tercero y cuarto año de vida. Todo lo que un niño hace en esta época está impregnado de afectos. Las cosas son buenas o malas, divierten o aburren, se las quiere o se las odia. Incluso las acciones que se hacen o se dejan de hacer están en relación con la buena o la mala cara que pondrán papá o mamá.
Puesto que todo aparece teñido todavía por las emociones, es lógico que el niño no pueda defenderse de las mismas con éxito. Y que. en consecuencia, pase de la risa al llanto o viceversa en un momento, olvidándose por completo de lo que acaba de suceder. Un niño de esta edad es incapaz de estar a un tiempo alegre y triste. Su estado de ánimo se inclina hacia un extremo o hacia otro, sin conexión alguna entre ambos.
Esta gran capacidad afectiva es determinante para el desarrollo de otros aspectos de la personalidad infantil. No hay que olvidar que el niño pone un mayor o menor interés en las cosas, según los estímulos que reciba de sus padres. Si éstos lo alaban por lo que hace, el niño se sentirá estimulado a repetir su acción, mejorándola cada vez más.
Resalta aquí de nuevo la importancia primordial que tienen los padres en la vida infantil de este período. A ellos les corresponde enseñar al niño qué es bueno y qué es malo, cómo tiene que comportarse, qué cosas están permitidas y cuáles quedan sujetas a prohibición.
Es fundamental que un niño de 3 o 4 años aprenda a manejar sus emociones. Quiere ello decir que ha de ser capaz de esperar a que se atiendan sus demandas. Para evolucionar y hacerse adulto, un niño tiene que aprender a tolerar un cierto grado de frustración de sus deseos.
Con el fin de facilitar este aprendizaje, es importante que los padres no dejen de cumplir las promesas que han hecho a sus hijos. Una promesa es el aplazamiento de un deseo, y una manera, por tanto, de que el niño aprenda que hay ciertas cosas que. aunque no se obtienen de inmediato, se pueden alcanzar.

Los progresos en el lenguaje
El desarrollo de la inteligencia en este período se sustenta en los avances extraordinarios que el niño realiza a nivel de lenguaje.
Hacia los 2 años, un niño conoce unas cincuenta palabras. En el periodo que va del segundo al tercer año su vocabulario aumenta prodigiosamente hasta llegar a las mil palabras y su conversación se asemeja bastante a la del adulto.
Es característico de esta etapa que el niño emplee dos tipos de lenguaje. En el primer caso, se trata de un lenguaje social cuya finalidad es la de comunicarse con los demás. El niño lo utiliza para darse a entender cuando lo desea. Pero, al propio tiempo, utiliza también un lenguaje privado que es egocéntrico. Cuando esto ocurre —y es bastante frecuente en esta edad— es que el niño no tiene en cuenta la capacidad de comprensión de los demás, y literalmente habla para sí mismo.

El desarrollo intelectual
Todos los psicólogos están de acuerdo en señalar que hacia los 2 años se produce un cambio importante en la inteligencia del niño. No es que «piense» todavía como los adultos, pero se muestra capaz de resolver problemas concretos sin tener delante todos los datos. Es decir que ya no actúa simplemente, sino que le es posible imaginar un objeto aun cuando éste no esté presente.
Se trata de una forma de pensamiento que los psicólogos han dado en llamar «preconceptual» y que se caracteriza porque los objetos pueden representarse simbólicamente.
La actividad simbólica es factible ya desde los 2 años porque el niño es capaz de retener en la memoria imágenes y palabras. En consecuencia, el mundo ya no se reduce simplemente al presente y las nociones de antes y de después comienzan a ser operativas en la mente infantil.

EL NIÑO DE 18 MESES A 4 AÑOS
Esta etapa da comienzo cuando el niño ya sabe andar. A lo largo de la misma, su desarrollo motor se irá perfeccionando progresivamente. A los 2 años, un niño no necesita esfuerzos para permanecer
de pie. Al final de este período, es capaz de subir y bajar solo las escaleras y participar en juegos solitarios o colectivos que requieren un considerable aporte de actividad muscular.
Desde el punto de vista de la psicomotricidad, también ésta es una etapa de grandes progresos por lo que hace a la coordinación visomotora. Las manos y los dedos intervienen ya en movimientos cada vez más precisos. De esta manera, el manejo del lápiz se asemeja al del adulto, y el niño, aparte de que puede trazar verticales, círculos, etc., consigue a partir de los 3 años realizar el dibujo intencional de la figura humana —dibujo que posteriormente irá enriqueciendo con nuevos detalles.

El desarrollo del lenguaje
A las formas de comunicación primarias representadas por la risa y por el llanto, suceden muy pronto unas primeras vocalizaciones o sonidos guturales que inician el desarrollo del lenguaje. Hacia el medio año. el niño gusta ya de jugar con los sonidos que emite con la boca. No se trata todavía de palabras, sino de meras repeticiones de sonidos.
Es hacia los 10 meses cuando el niño pronuncia su primera palabra realmente significativa y cuando, además, atiende por su nombre cuando le llaman. Pero la verdadera facultad del lenguaje, la que permite atribuir una palabra a una acción o a un objeto, comienza más tarde, hacia los quince meses. Entonces puede decirse con propiedad que el niño ya habla y que su relación con el mundo empieza a estructurarse por medio de las palabras.
Como en todas las adquisiciones que un niño efectúa, es realmente esencial que. por lo que concierne al lenguaje, se le estimule a hablar, se le digan cosas por parte de quienes le rodean y se le den muestras de afecto evidente cada vez que realiza un progreso en su aprendizaje lingüístico.

El destete
Es fácil, pues, comprender que, desde un punto de vista psicológico, el amamantamiento —siempre y cuando sea posible— colma las necesidades afectivas del niño de una manera mucho más completa que otras formas de alimentación. El pecho es mejor que el biberón. No obstante, si. por las razones que fueren, debe emplearse la lactancia artificial, se ha de procurar que exista igualmente el contacto físico.
Un momento crucial para todo bebé es cuando se produce el destete (o cuando se reemplaza el biberón por otro tipo de alimentación), es decir, hacia los seis meses. Este es un momento en que empieza la dentición, que se manifiesta por la necesidad de morder que tiene el bebé. Es importante que la madre renueve entonces sus manifestaciones de cariño, porque lo que en el fondo se está dando es una separación que, aunque dolorosa, le permite experimentar al niño que es un ser diferenciado, distinto de su madre.

La importancia de la alimentación
En esta etapa es determinante para el niño la figura de la madre. La madre no sólo protege de la ansiedad, sino que además controla y filtra todos los estímulos que al niño le llegan desde el exterior, desde la temperatura, hasta el ruido, la luz, etc. A través de estos estímulos y de los que le llegan del propio cuerpo, el niño va construyendo su esquema corporal, que le permite distinguir entre su propio cuerpo y lo que es exterior al mismo. Mediante las caricias de la madre, el niño aprende a conocer paulatinamente las distintas partes de su cuerpo.
Una parte fundamental de estos estímulos que el niño necesita para crecer vienen procurados por el acto de la alimentación. Alimentarse, para un niño, no es únicamente calmar la sensación displacentera que produce el hambre; es también una manera de establecer contacto físico con la madre, es oler, gustar, explorar con la vista y con las manos el cuerpo de la madre. De ahí la importancia que tiene como acto cotidiano que rebasa lo meramente fisiológico.

El desarrollo afectivo
La importancia de las emociones en esta etapa es, por lo que se ha dicho, fundamental, porque ellas expresan lo que el niño siente y porque mediante ellas se van colocando los fundamentos de lo que será su futura personalidad.
El niño de pocos meses, que todavía no habla, tiene dos formas para expresar sus emociones: el llanto y la risa.
El llanto le sirve al bebé para comunicarse con su madre, para llamar su atención, para manifestar algo que no es agradable, como por ejemplo la sensación de hambre o de dolor.
Hay distintas formas de llanto y la madre debe saber interpretarlas correctamente. El llanto fuerte y quebrado por movimientos de succión es indicativo de que el bebé tiene hambre. Si es más prolongado y, al mismo tiempo, menos agudo, indica malestar. A veces el llanto es como un gimoteo, una especie de lamento que apenas se interrumpe y que puede durar horas. Esto significa que el bebé está captando una situación conflictiva en su entorno, conflicto que, naturalmente, se está produciendo entre sus progenitores. Si el niño padece de algún dolor muy intenso, entonces el llanto se caracteriza por ser muy agudo.
Es esencial que la madre sepa calmar al niño cuando éste llora. Hay que tener en cuenta que un bebé de pocos meses no sabe todavía esperar, y tiene que aprenderlo. Poco a poco se va dando cuenta de que la madre acude para saciar su sensación de hambre o para manifestarle su afecto, y que nunca le falla. Esto es muy importante. Pero, al mismo tiempo, tampoco se debe caer en el extremo de que la madre intervenga cada vez que el niño llora. Si esto ocurre, el llanto deja de ser una señal de comunicación para convertirse en una especie de pequeña tiranía que el bebé ejerce con respecto a su madre. Lo mejor, lo más educativo, es establecer una pauta de actuación y estimular al niño a que se adapte a ella.
Pero éste no expresa únicamente sus sensaciones desagradables. También desde muy temprano aprende a comunicar aquello que le es placentero mediante la sonrisa. Hacia los dos meses, un bebé ya es capaz de sonreír a su madre, manifestando de esta manera que la reconoce. Más tarde, hacia los cuatro o cinco meses, comienza a dedicar sus sonrisas al padre. Por la misma época, comienza a reír delante de un espejo, y esto es señal de que pronto sabrá reconocer su propia imagen.

LA NECESIDAD DE AFECTO
Una de las necesidades más perentorias de un niño pequeño es la del afecto y éste se expresa como una necesidad de contacto físico. Hay que tener en cuenta que un bebé, por ejemplo, sólo puede darse cuenta del cariño de sus padres si éstos se lo demuestran haciéndole caricias, acunándolo, cogiéndolo en brazos, cantándole canciones, etc.
Los niños cuya infancia se ha visto privada de afecto manifiestan un considerable retraso en las distintas etapas evolutivas: empiezan a caminar más tarde de lo normal, presentan dificultades en el lenguaje y, en general, su desarrollo intelectual se caracteriza por serias deficiencias. «Sin afecto —escribió en cierta ocasión el célebre psicólogo Jean Piaget— no habría interés, necesidad ni motivación; y, consecuentemente, nunca se plantearían preguntas o problemas y, por lo tanto, no habría inteligencia.» Y es que, como lo afirmó el mismo psicólogo suizo, «la afectividad es una condición necesaria en la constitución de la inteligencia».
Es sabido que todos los niños captan de forma muy especial las manifestaciones de cariño de los adultos. Cuando son muy pequeños son muy sensibles al tono de voz. De ahí que se tengan que evitar los gritos y las expresiones destempladas, que constituyen una manera de traspasarles una ansiedad para lo cual todavía no tienen defensas.
Los padres, pues, no deben tener reparo alguno en el momento de expresar el afecto que sienten por sus hijos. Es bueno manifestarlo, es deseable y hasta necesario.

La primera etapa del desarrollo evolutivo del niño es la más extraordinaria de todas. En poco más de año y medio, el recién nacido logra tenerse en pie, comienza a andar, a comer solo, a hablar, a reír… No hay ninguna otra época en la vida de una persona en la que se produzcan tantas adquisiciones, ni de tal magnitud.
Hasta no hace muchos años, se consideraba que el niño, durante los primeros meses, era un ser rudimentario. Nacía con unos reflejos, como el de respirar, chupar o agarrar; pero dado que su cerebro y su sistema nervioso no están muy desarrollados, se creía que el ver. el oír. el tocar —en una palabra, lo que el bebé sentía— eran muy primarios.
En la actualidad, las aportaciones de la moderna psicología infantil han modificado este punto de vista. Gracias a las investigaciones de las distintas escuelas psicoanalíticas y de psicólogos como Jean Piagct se ha podido comprender que la vida de un bebé no se rige únicamente por el ciclo rudimentario del despertar, llorar, ser alimentado y volver a dormir. Desde el momento en que nace, el niño siente y vive lo que ocurre en su entorno en un grado mucho mayor de lo que se suponía y de lo que normalmente tendemos a suponer los adultos.