
Sordera y educación
El niño sordo se presenta ante su propio proceso evolutivo con una amalgama de problemas diversos:
1. Lenguaje: La sordera impide la adquisición normal del lenguaje.
2. Motrkidad: El niño manifiesta torpeza, trastornos de equilibrio y dificultad en calcular las distancias. Es importante realizar una educación rítmica, que desarrollará la facultad de percibir sonidos y, a la vez, la coordinación de movimientos.
3. Conocimiento: La dificultad de comunicarse crea trastornos psicológicos en el niño. Tiempo y espacio quedan desequilibrados. Por lo general, un niño sordo presenta a los 8 años un retraso de unos dos años con respecto al oyente. Los déficit de lenguaje y de percepción frenan su proceso de abstracción.
4. Comportamiento: Distracción y cierta actitud hostil hacia el entorno, debidas a la dificultad de comunicación, son los trastornos más normales.
La educación del niño sordo se realiza en centros especializados o bien en escuelas que —cada vez en mayor número— aceptan la integración de deficientes sensoriales, con el asesoramiento y el soporte de personal especializado.
Esta integración, que debe realizarse cuanto antes, será tanto más factible cuanto más pronto se haya iniciado la estimulación del lenguaje. El contacto con compañeros hablantes estimulará al niño sordo a proseguir en el aprendizaje y en el uso habitual del lenguaje. Es importante que el maestro proporcione a todos los niños de su aula la información suficiente acerca de las necesidades específicas de un compañero sordo.

Síntomas y detección
La sordera en el niño se puede detectar mediante los siguientes síntomas:
—Ausencia en el lactante de reacción a ruidos y llamadas, y niños demasiado tranquilos. Entre el 2.” y el 4.” mes, la melodía del bebé sordo es monótona y el balbuceo poco frecuente. Entre el 7.° y el 12.° mes, no es capaz de construir las sílabas de la misma manera que el oyente.
—Retraso en el habla entre el 10.” y el 18.” mes. Algunos casos de sordera severa y media admiten cierto nivel de expresión verbal, pero la deficiente articulación debe alertar a los padres.

El niño sordo
La sordera
La sordera puede presentarse como malformación del oído medio o asociada a displasias (lesiones motrices, ambliopatías). Sin embargo, son las afecciones del oído interno, intratables médicamente, las que caracterizan al niño sordo.
Según la intensidad de la pérdida auditiva, se han establecido cuatro grados de deficiencia acústica:
1. Ligera: Pérdida de audición entre los 20 y los 40 decibelios. Sólo aparecen dificultades de audición cuando la intensidad de la emisión oral es baja.
2. Media: La pérdida se sitúa entre los 40 y 70 decibelios. La persona puede recibir sonido amplificado. Quien la padece, además, es capaz de estructurar su pensamiento verbal. Son suficientes las prótesis, la ayuda familiar y el apoyo en la escuela.
3. Severa: Pérdida situada entre los 70 y 90 decibelios. Algunos la compensan con la lectura labial. Normalmente, se requiere educación especial.
4. Profunda: Requiere siempre educación especializada. Pérdida media superior a los 90 decibelios. La prótesis sólo transmite sonido deformado. Es detectable antes de los 2 años, lo que permite la educación precoz.

Integración en aulas de videntes
En estos últimos años ha aparecido una fuerte tendencia a integrar al niño ciego en aulas de videntes. Esto es explicable, por cuanto una auténtica integración educa al niño en función de sus posibilidades, respetando su ritmo y su evolución como invidente y potenciando su desarrollo como persona y no como niño que está incapacitado para ver.
El centro integrador debe asegurar una constante relación padres-maestro-especialista. Los dos últimos trabajan en estrecho contacto. El especialista prepara el material (textos en Braille, gráficas en relieve, grabaciones) en función del programa que les presenta el maestro, de manera que el niño pueda seguir los mismos temas y a un idéntico ritmo que sus compañeros.
El maestro y el resto del equipo han de estimular la participación e integración del niño ciego. Y a menudo deben evitar la sobrepro-tección que recibe de sus compañeros. Por otra parte, la convivencia con un niño ciego tiene un gran valor educativo para los niños videntes.

La educación del niño ciego
Durante la primera etapa de la vida del niño, es conveniente estimular todos los reflejos no visuales, acercándole a los objetos que puede chupar, tirar, lamer… En la etapa que va de los 3 meses a los 3 años (guardería), la estimulación tiene los siguientes objetivos:
—Conocimiento de los objetos a partir del adulto, de las relaciones espaciales y de sí mismo, así como de sus posibilidades motrices.
—Gateo, primeros pasos y todo el proceso exploratorio que debe ser provocado por el adulto.
—Adquisición de hábitos personales y de relación. La imitación que realiza el vidente ha de ser sustituida en este caso por la orientación y la estimulación constante por parte del adulto.
En el período preescolar (3-6 años), en el que predomina la conducta simbólica o representativa, la incapacidad de imitación produce un retraso evidente: pasividad, egocentrismo y aparición de cieguismos (giros de cabeza, manoseo de los ojos y otros hábitos se-mivoluntarios que compensan la falta de actividad hacia el mundo exterior). El dibujo debe ser sustituido por el modelado, pues la representación visual ha de reemplazarse por la tangible. El juego simbólico, primordial en esta etapa, se verá potenciado si el niño ciego convive con niños videntes.
Respecto al niño amblíope. es suficiente que en el aprendizaje de la lectura use letras de mayor tamaño. No obstante, y como prevención de pérdidas posteriores, es aconsejable el aprendizaje mediante el sistema Braille.

Actitudes de los padres
Muchos padres a menudo están más preocupados por la deficiencia del hijo que por el desarrollo global de la personalidad del niño. Las aptitudes familiares ante un caso de ceguera pueden tipificarse así: sobreprotección, aceptación y rechazo.
La sobreprotección, ligada al sentimiento de lástima, conlleva un exceso de ayuda y, por lo tanto, falta de exigencia, con lo cual la autonomía del niño queda bloqueada.
Sólo la total aceptación permite una adecuada integración. Los padres deben recibir apoyo psicológico con el fin de evitar las crisis y posibilitar aquella aceptación. Asimismo, deben buscar el sostén de educadores especializados que permita iniciar cuanto antes la estimulación de las fases de evolución del niño.

Ceguera y ambliopía
Según la Organización Mundial de la Salud (O.M.S.), es ciego el niño que no supera un décimo de agudeza visual o un ángulo de visión de 30°. La ceguera puede estar originada en alteraciones del desarrollo, anomalías congénitas o enfermedades como el glaucoma. las cataratas, la retinitis, la neuritis óptica y otras.
Es amblíope el niño que presenta una agudeza visual de una a tres décimas y un ángulo de visión de unos 10°. Algunas de sus causas son el glaucoma, la miopía grave y la diabetes. Y sus síntomas, la desgana en la lectura, el salto de letras, los dolores frecuentes de cabeza, la hinchazón y el manoseo de los ojos, etc.

Grados de Deficiencia
Los grados de deficiencia pueden considerarse, desde un punto de vista educativo, de la siguiente manera:
—Grupo «educable»: C.l. entre 50 y 75. No adquiere la capacidad de abstracción.
—Grupo «entrenable» o «susceptible de formación»: C.l. entre 30 y 50. Adquiere a veces mecanismos de lectura, pero sin llegar a su comprensión.
—Grupo «necesitado de constante protección»: C.l. inferior a 30. Entre 20 y 30 no llegan a escribir y los de menos de 20 no adquieren el lenguaje.

Educación
La detección de la deficiencia mental y su correspondiente diagnóstico deben ser precoces, ya que las posibilidades de rehabilitación dependen en parte del momento de inicio de la terapia. En esta reeducación, el papel de la madre es esencial, sobre todo durante los primeros años.
La participación de los padres en la educación del hijo deficiente significa un claro beneficio para el niño y, al mismo tiempo, repercute positivamente en ellos, ya que el sentirse útiles les ayuda a superar la frustración y la culpabilidad que aparecen en algunos casos. Se procurará, siempre que sea posible, que el niño viva con la familia y no en internados. Para su escolarización existen escuelas especiales. No obstante, en la actualidad se tiende a integrar al niño deficiente en escuelas normales, siempre que el estado del niño y las condiciones del centro lo permitan.

El niño deficiente mental
Según la Organización Mundial de la Salud (O.M.S.), los deficientes mentales son «individuos con una capacidad intelectual sensiblemente inferior a la media, que se manifiesta en el curso del desarrollo y se asocia a una clara alteración de los comportamientos adaptativos (maduración, aprendizaje o ajuste social)».
La inteligencia se mide por medio de tests psicométricos que proporcionan el Cociente Intelectual (C.I.). Este cociente se utiliza para establecer los grados de deficiencia mental:
Grados C.I
Límite 70-84
Leve 55-69
Moderado 40-54
Grave 25-39
Profundo 24 o menos
Esta clasificación, propuesta por Heber, es la más generalizada y, con alguna ligera variación, ha sido adoptada por la Dirección General de Sanidad y por el Ministerio de Educación. La O.M.S.. por su parte, se resiste a incluir en el renglón de los deficientes mentales a individuos con un C.I. de 68 a 85.
Este criterio de clasificación puede conducir a una etiquetación del individuo. Sólo un diagnóstico que considere todos los aspectos parciales (déficits orgánicos, carencias sociales y familiares, nivel mental) y que plantee una rehabilitación será útil para la educación y la integración del niño deficiente.
La deficiencia mental proviene de muchos factores a menudo interrelacionados. En 1968, la O.M.S. estableció la siguiente clasificación por lo que respecta a la incidencia de tales factores:
—Anteriores a la concepción (genéticos, cromosómicos, etc.). —Prenatales (infecciones; factores químicos, nutricionales, físicos, inmunológicos, alteraciones de la placenta…).
—Perinatales (asfixia, lesión en el parto y prematuridad). —Postnatales (infecciones, traumatismos; privaciones de distintos tipos: sensoriales, paternas, sociales…). —Desconocidos.
Es frecuente diagnosticar como débiles mentales a niños que presentan sólo retraso escolar por causas diversas: poca estimulación ambiental, escolaridad interrumpida, dificultades instrumentales o afectivas, etc.