
Precauciones a tener en cuenta
Para evitar este último aspecto, es necesario que el ocio se reparta entre diversas actividades. La televisión debe tener su lugar en la vida del niño, como lo tienen el dibujar, el saltar y el correr, el oír música o el leer cuentos. Lo que resulta perjudicial es que el niño consuma todo su tiempo libre sentado frente al televisor, cosa que por desgracia ocurre a menudo. En España, el número de horas que los niños dedican a ver la televisión presenta índices muy altos y, en consecuencia, alarmantes. Los padres tienen que plantearse muy seriamente esta cuestión.
En primer lugar, tienen que decidir cuánto tiempo están dispuestos a compartir con sus hijos. Lo que quiere decir jugar con ellos. Y en segundo lugar, han de desterrar la práctica, tan extendida, de considerar la televisión como una especie de «canguro» que mantiene quietos a los chicos.
Otra costumbre que hay que desechar es la de mantener encendido el televisor con el fin de «tener compañía», o porque se está aburrido, o simplemente por pura inercia. Hay que mirar la televisión con espíritu crítico y manejarla siempre de forma selectiva, para no caer en la mera actitud pasiva.
Si los niños son mayores, los padres deben estimularlos a que ellos mismos elijan sus programas. No es recomendable la idea de racionamiento que algunos adultos practican con sus hijos. Una cosa es limitar el tiempo que se consume delante del televisor. Otra muy distinta fijar «dosis» rígidas de consumo, que. paradójicamente, crean el efecto contrario: una mayor avidez televisiva por parte de los niños.
Si éstos tienen menos de 6 o 7 años, es conveniente no dejarlos solos viendo la televisión. El padre, la madre o el familiar que acompañe al niño puede explicarle entonces qué es lo que está ocurriendo en la pequeña pantalla. Este papel mediador es muy necesario porque fomenta la distancia con respecto al medio televisivo y habitúa al niño a la crítica. El problema que plantea siempre la televisión es que constituye una manera solapada de abandonar a los niños. La adicción televisiva es, en la mayoría de ocasiones, una compensación por la falta de afecto que el niño resiente.

LA TELEVISIÓN
Al igual que el automóvil, la radio o los ordenadores, la televisión es un elemento fundamental de la cultura de nuestro tiempo. De ahí que suponer que la vida familiar sería mejor sin la presencia en casa de la pequeña pantalla sea un contrasentido. Los padres que rechazan la televisión y se niegan a adquirir un televisor no por eso evitan la influencia del medio en sus hijos. A través de sus amigos, éstos
están al corriente de los programas televisivos. Si a un niño de hoy en día se le privara por completo de la televisión, tendría serias dificultades para entender buena parte del lenguaje, de las fantasías y de los juegos propios del grupo. Es necesario, pues, aprender a convivir con la televisión, considerándola como un medio que proporciona cierto tipo de actividades interesantes. Hacer un buen uso de este medio es la única manera de evitar el control y la tiranía que puede ejercer en la vida de los niños.

CÓMO LEER AL NIÑO
Con la lectura, el niño descubre conocimientos y placeres. Pero saber leer le otorga ante todo una gran confianza en sí mismo e impulsa su independencia. Para crear el hábito de la lectura, es necesario leerle libros y cuentos al niño a partir de los tres años. Cómo han de leerle los padres es lo que se indica a continuación: —Conviene sentarse el niño en las rodillas o situarse muy cerca de él a fin de que la comunicación, además de intelectual, sea también afectiva.
—Antes de iniciar la lectura, se pueden mencionar el autor y el título de la obra, indicar si ésta cuenta o no con ilustraciones, etc. Se trata de despertar el interés del niño por el libro en su totalidad, puesto que este hábito, posteriormente, le será de gran utilidad.
—El niño debe ver las imágenes del libro si las hay, mientras el padre o la madre leen. De esta forma, participa activamente en la lectura. Los detalles de las ilustraciones deben remarcarse. Con ello se estimula el sentido de la observación.
—Hay que modular la voz, elevarla y bajarla, un poco como si se estuviera haciendo una representación teatral. Se tiene que evitar el leer con voz monótona. —Las sesiones de lectura deben efectuarse periódicamente, de forma regular. La historia que se empieza a contar debe terminarse.

La selección de libros
En el momento de elegir un libro no hay criterios estrictos a los que amoldarse. En principio, es muy positivo que el niño participe en la elección, ya sea acompañando a los padres a la librería o a la biblioteca infantil, ya sea mirando los catálogos de editoriales. El niño debe sentir que el momento de la elección es importante y que él toma parte en el mismo. Si el libro gusta al padre o a la madre, si les dice algo, también le dirá algo al niño. En caso contrario, se corre el riesgo de que éste no manifieste interés alguno por aquello que se le lee.
Cuando el niño ya sabe leer, lo más probable es que él mismo elija el tipo de lectura que desee. Entonces ha llegado el momento en el que los padres no deben inquietarse demasiado por el contenido de las lecturas de sus hijos. Éstos, con toda seguridad, leerán cómics y gustarán de un tipo de literatura que a los adultos les parecerá tal vez de escasa calidad. Pero ésta es una apreciación equivocada. Los cómics, y en general los productos infantiles que a los adultos les parecen una banalidad, satisfacen alguna necesidad psicológica del niño en un momento dado. En consecuencia, hay que aceptarlos.
Otra cosa distinta es orientar el gusto lector del niño. Un buen criterio es el de equilibrar las obras de imaginación con las obras que cuentan historias verdaderas. Si el niño lee únicamente historias reales, su imaginación creadora se desarrollará con dificultades. Si, en contrapartida, se limita a leer sólo historias imaginarias y fantásticas, la lectura le será poco útil para comprender la realidad que le rodea.
Hay que permitir que los niños tengan sus libros. Y que, al igual que con los juguetes, los puedan pintar, rayar o estropear. Si es posible instalar unas estanterías en su propia habitación, el niño experimentará el placer de contar con su biblioteca, que irá en aumento con los años. Al igual que con sus juguetes preferidos, los niños releen infinidad de veces sus historias favoritas. Un libro que de verdad guste a un niño es como un viaje muy largo, que puede durar meses, e incluso años.

La motivación del niño
Una regla de oro a respetar siempre por los padres es la de no forzar este aprendizaje. Ocurre, no obstante, que algunos niños, a la edad de cuatro o cinco años, desean empezar a reconocer las letras o encuentran sumamente divertidos los ejercicios fonéticos. Partiendo de esta motivación inicial, no ha de ser difícil crear los fundamentos sobre los que se asentarán en el futuro el amor a los libros y el hábito de leer.
Motivar al niño para el aprendizaje de la lectura: he aquí la meta a alcanzar antes de los 6 años. Para ello, lo más indicado es que. a partir de los 3 años, se le compren libros al niño y, sobre todo, que se le lean historias y cuentos de forma regular. Es importante que los niños asocien la lectura y los libros y cuentos a momentos que deparan placer y que satisfacen la curiosidad. Los niños aman los libros si se sienten estimulados y recompensados por los padres.

LA LECTURA
Entre los 6 y los 10 años, el niño realiza el aprendizaje básico de la lectura, la escritura y el cálculo. De la importancia primordial de la lectura, baste decir que, sea cual fuere lo que el niño quiera llegar a ser de mayor, siempre tendrá necesidad a lo largo de sus años de escolarización de manejar la técnica de la lectura. Si además de la comprensión —factor básico en el proceso de leer—, se posee rapidez y corrección o exactitud, la lectura será buena.
Para alcanzar estos tres factores, nada mejor que estimular el aprendizaje de la lectura antes de que el niño inicie sus estudios primarios. El papel de los padres es entonces fundamental. Todos los trabajos que han investigado el aprendizaje de la lectura en niños de edad preescolar constatan invariablemente el papel determinante de la madre en el momento de crear un ambiente estimulante para este tipo de actividad.

Juguetes de los tres a los cinco años
En esta época, la de la edad preescolar, el niño empieza a asistir a una escuela maternal. Es recomendable que los padres presten atención a los juguetes con que cuenta la misma y que sepan, por tanto, a qué juega su hijo.
Además de los tipos de juguetes ya mencionados, conviene adquirir en esta edad aquellos que estimulan el desarrollo del lenguaje. El juego ya es de cooperación, por lo que son interesantes los juguetes que. como los aeropuertos, garajes, ciudades en miniatura, o teléfonos, marionetas, títeres, etc., crean «situaciones» para el intercambio verbal.

Juguetes del tercer año
Época de afirmación de la propia individualidad, el período que va de los dos a los tres años conlleva la plasmación del juego “simbólico, así como el inicio del juego paralelo.
El desarrollo de la capacidad simbólica concede preponderancia, en las preferencias infantiles de esta época, a muñecos, animales y objetos similares. La elección de un muñeco varía según el gusto de cada niño. No obstante, si es el primero que se adquiere, conviene que su tamaño no sea muy grande, de manera que el niño pueda abrazarlo con facilidad. Las muñecas con aspecto de mayores es mejor adquirirlas en años sucesivos.
Triciclos, bicicletas, patinetes, columpios… Hay un largo etcétera de juguetes apropiados para el desarrollo muscular del tercer año (siempre que se utilicen bajo la supervisión de los adultos), a los que deben añadirse los ya mencionados en el apartado anterior.
Los bloques o módulos que permiten la construcción de pilares, torres y casas son muy recomendables. Se trata de un juguete que exige al niño precisión en sus músculos, coordinación entre sus manos y ojos, concentración y perseverancia. Estos juguetes, de indudable valor educativo, son muy valorados por los pequeños.
En esta edad, es apropiada la introducción de lápices, colores de cera, cola (no tóxica), tijeras (de punta roma) y papel. Dibujar es una forma expresiva mediante la cual el niño libera su imaginación, se divierte y desarrolla la psicomotricidad fina de los dedos de la mano. La pintura y la pasta para modelar pertenecen al mismo capítulo de actividades lúdicas.
Los juguetes rítmicos y musicales —tambores, címbalos, triángulos— constituyen otra posibilidad, y es interesante la adquisición de un espejo irrompible, pues estimula al niño a tomar conciencia de su identidad.

Juguetes del segundo año
Los juguetes de esta época deben estar en relación con el hecho de que el niño empieza a andar. Deben estimular por tanto su capacidad de exploración activa y su desarrollo sensorio-motor.
Los juguetes que ruedan, como las pelotas, balones, muñecos con ruedas, etc., cobran un especial interés cuando el niño empieza a desplazarse y es capaz, por tanto, de seguirlos. Una vez que el andar se ha consolidado aparece el momento de adquirir juguetes para arrastrar y empujar: camiones, cochecitos, carretas, barcos con ruedas… Cualquier objeto sirve para jugar con la condición de que sea rodante. Hay que asegurarse, con todo, que no vuelquen con facilidad, y que si se trata de juguetes para empujar, las asas sean lo suficientemente sólidas.
Dada la incesante actividad motora del niño que ya ha aprendido a andar, en general es recomendable cualquier juguete que favorezca el saltar, trepar, correr, gatear, etc. Los juegos al aire libre son indispensables, y particularmente el jugar con tierra y con agua: palas, cubos, camiones volquete, cajas y, en fin, toda clase de recipientes que permitan llenar y vaciar son convenientes.
Hacia el año y medio se pueden introducir juguetes que estimulan el desarrollo de la inteligencia. Están indicados en este momento los objetos que se ensamblan unos con otros, como cajas con agujeros para encajar piezas, muñecos con clavijas de inserción, sencillos rompecabezas, tazas que se introducen unas dentro de otras, cubos que se apilan, etc.

Juguetes del primer año
En este período, que va desde el nacimiento hasta que el niño comienza a dar los primeros pasos, los juguetes deben contribuir a la estimulación sensorial, en particular al desarrollo de la aptitud de fijación visual y de la capacidad para alcanzar y asir objetos. La manipulación de los objetos es fundamental, pues el bebé experimenta sin cesar con todo lo que forma su entorno.
Son muy adecuados los juguetes oscilantes y giratorios, como los colgantes móviles que se suspenden en la cuna, en el parque infantil o en ei cochecito, las campanitas que tintinean, los pequeños tiovivos, etc. Los sonajeros, las cajitas de música y en general los juguetes que estimulan el sentido del oído deben figurar en el repertorio de juguetes de esta época. Sin olvidar los animales de peluche, que permiten ser acariciados, y todos aquellos juguetes que, con un material apropiado, pueden ser mordidos, estrujados, etc.
Además de estos juguetes y otros similares, no hay que olvidar que el bebé juega con sus manos y sus pies, es decir, con los movimientos de su propio cuerpo. Y que una de sus actividades lúdicas preferidas es el baño. Los juguetes que flotan en el agua son también por ello muy indicados.