
7-9 AÑOS
Probablemente ya tienen claro adonde les gusta ir y con quién. Lo pasan bien con sus juegos, aunque disfrutan mucho más de las anécdotas familiares y de la compañía de adultos. Las tradiciones son sagradas para ellos y quieren que todo sea como siempre.
Es la edad en la que descubren la identidad de Papá Noel y los Reyes Magos, de modo que la decepción por perder parte de la magia se compensa con un entusiasmo ilimitado por hacer sus propios regalos a la familia. Es importante, de todas formas, ayudarlos a descubrir que la magia de esta celebración no surge de las historias en las que antes creían, sino de la fraternidad, el cariño y la ilusión de contribuir a la felicidad de las personas más cercanas a nosotros. Los regalos y las sorpresas deben continuar exactamente igual que antes.
También son bastante grandes para hablarles de otras culturas y otras costumbres, para que entiendan que no todo el mundo festeja del mismo modo, pero que todas las celebraciones son igualmente valiosas. Si les pedimos que nos acompañen a visitar a familiares mayores, aprenderán a disfrutar de sus historias y entenderán que el amor se transmite con algo más que regalos.

4-6 AÑOS
A estas edades es cuando realmente empiezan a comprender el espíritu navideño. Se mostrarán encantados de participar en la decoración y preparativos de la casa, y querrán hacer regalos a todo el mundo. Es una etapa muy importante: las galletitas preparadas con su ayuda, las compras y decoración del arbolito, y las tardes hogareñas con papá y mamá quedarán fuertemente grabadas en su memoria. Son los momentos que aportan la seguridad y el calor que caracterizan a las personas alegres, fuertes y cariñosas.
Para decidir si puede acompañarnos o no a todas las fiestas, debemos ofrecerle la alternativa: “Vamos a ver a los tíos. ¿O te gusta más quedarte con Sandra?” Ya es lo suficientemente grande para recordar si desea estar allí o lo pasa mejor con la niñera. Si la celebración incluye a toda la familia, debemos procurar que haya un cuarto tranquilo donde pueda retirarse cuando se haya cansado.
Y cuidado con andar todo el día detrás de los chicos gritando “no hagas”, “no digas” y “no toques”. Las normas habituales siguen vigentes y los horarios y modales no deben alterarse, pero resulta molesto y contraproducente agregar nuevas condiciones a su lista.

1-3 AÑOS
Ya se han dado cuenta de que viven un momento muy especial. Preguntarán acerca de todo lo relativo a los iconos y tradiciones navideñas, y recibirán con entusiasmo cualquier historia de renos y Reyes Magos. Les encanta ponerse coquetos para hacer vida social, pero no tienen paciencia para permanecer tranquilamente sentados mientras los mayores charlan (lógico).
Es el momento de explicarles en qué consiste el intercambio de regalos y el concepto de generosidad. La manera de que disfruten sin sentirse abrumados es respetar sus horarios habituales, y evitar las comidas de adultos y las situaciones que exijan demasiada quietud, como tomar café y sobremesa durante varias horas en casa de algún familiar o conocido sin chicos.
Pensemos en ellos: llevan esperando el año entero y necesitan toda nuestra atención.

Cuando entienden el motivo de las luces y de los confites, turrones y pan dulce disfrutan más de las Fiestas.
Su ilusión cambia con la edad
Del más diminuto al mayor, todos están encantados con los dulces y el arbolito, pero su capacidad para aguantar todo el tiempo sin cansarse no es siempre la misma, ni mucho menos.
BEBES
Pueden participar siempre que respetemos sus horarios de comida y de sueño. Evitemos sobreestimularlos con juegos excesivos, cambios constantes de brazos e infinidad de mimos familiares. Mientras nuestro bebé esté a gusto, perfecto. Pero, al mínimo síntoma de cansancio o irritación, él es siempre nuestra prioridad. Podemos dar por concluida la visita o retirarnos con él a otro cuarto.

¿El color de la piel es normal o tiene ictericia? El cuerpo médico observa atentamente si la tonalidad de la piel cambia, en qué momento lo hace y cómo… En caso de necesidad se hacen los exámenes correspondientes.
Un pequeño aparato (bilirrubinómetro portátil) informa al médico de si los valores de la bilirrubina suben o bajan sin tener que pinchar al bebé con frecuencia; así se le evita una molestia dolorosa. Para descartar cualquier posible riesgo de ictericia hay que hacer un análisis de sangre.

Lo ideal: mamá y bebé siempre juntos
Los chiquitos sanos que vienen al mundo a término también deben ser observados atentamente, tanto en la maternidad como después, cuando llegan a su casa, pero rara vez los valores de bilirrubina implican un problema para ellos.
Especialistas en este tema, como los pediatras estadounidenses Newman y Maisels, protestan enérgicamente porque, con frecuencia, se somete a los bebés a terapias de luz por si acaso. Y sus quejas son razonables porque en sus investigaciones, de ámbito mundial, sólo en contadísimos casos se produjeron las consecuencias antes descritas, incluso cuando los valores de bilirrubina estaban muy por encima de los 20 mg/dl.
Estos pediatras insisten en los aspectos negativos de las terapias cuando no son realmente imprescindibles, ya que siempre suponen una separación entre madre e hijo en un momento especialmente importante, esto es, cuando ambos se están conociendo.
Con frecuencia, la lactancia natural se ve dificultada porque el bebé debe someterse durante horas a la luz. Una incomodidad agregada es que tiene que permanecer con los ojos tapados debido a la gran intensidad lumínica y también que los análisis sanguíneos son muy frecuentes y, por supuesto, dolorosos para el pequeño. Los padres, lógicamente, sufren y tienen miedo al ver a su hijo en esas condiciones. Todo esto, además, hace que la internación se prolongue.
Para paliar en lo posible estos problemas, en Bensberg, Alemania, han instalado una sala de fototerapia en la cual la mamá puede quedarse junto a su hijo. Y esto es lo que mostramos en el material gráfico. Esperemos que muchos otros centros sigan su buen ejemplo y tanto en este como en otros tratamientos médicos prime la no separación entre los bebés y sus madres.

A veces, la terapia es imprescindible
Aplicar la terapia de luz cuando es necesaria resulta fundamental, ya que, a partir de una cierta concentración de
bilirrubina, los obstetras y pediatras temen que pueda haber complicaciones para el bebé, como, por ejemplo, trastornos auditivos o incluso daños cerebrales.
Pero tampoco hay que extralimitarse; esto es: no conviene prescribir luz para bebés que, en realidad, no la requieren.
Antiguamente, se sometía a los recién nacidos a terapias de luz cuando no era absolutamente necesario. Hoy, si el bebé está sano, la concentración total en la sangre puede llegar hasta los 20 mg/dl de bilirrubina, y sólo a partir de esa cantidad se considera preciso un tratamiento.
La aplicación, lógicamente, cambia cuando se trata de prematuros, de bebés demasiado pequeños o de aquellos cuya salud corre algún riesgo. Cuanto más chiquitos son los bebés, menor es la capacidad funcional del hígado ante el exceso de glóbulos rojos. También hay que prestar mucha atención en el supuesto caso de que exista una incompatibilidad sanguínea entre madre e hijo. Esas criaturas deben someterse sin falta a una fototerapia incluso con valores de bilirrubina más bajos que los anteriormente indicados como de riesgo. En algunos casos, muy contados, es necesario recurrir a una exsangui-notransfusión (es decir, a practicar un recambio de sangre) a estos bebés.

Donde más se nota es en su carita
Dado que la bilirrubina se deposita en el tejido adiposo y los bebés suelen venir al mundo más bien mofletudos, se les suele notar más en la carita; incluso el blanco de los ojos (la esclerótica) con frecuencia adquiere un ligero tono amarillento.
Si la desintegración y eliminación del producto de desecho se retrasa, entonces los valores de bilirrubina van subiendo cada vez más, y el cambio de color se extiende también a todo el cuerpo y, al final, a las manos y los pies.
Pero, por regla general, en todos los centros de salud se procura que el bebé no llegue hasta ese extremo. Para eso, si es necesario, se lo somete a una terapia de luz que acelera la desintegración de la bilirrubina, con el fin de que ésta se transforme y pueda ser eliminada a través de la orina.

El personal que atiende a madre e hijo, sin embargo, está muy atento. En principio, es un fenómeno natural y, por el momento, no hay que alarmarse, sólo observar su evolución. ¿El color amarillento se va intensificando o, por el contrario, va desapareciendo por sí solo poco a poco? Esto último es lo que ocurre en el 90 por ciento de los casos.
La ictericia que los recién nacidos padecen no tiene nada que ver con la temible hepatitis (aunque también interviene el hígado). Se trata de un proceso de adaptación que los bebés sanos superan siempre sin problemas y sin requerir ninguna ayuda.
Lo que causa ese tono amarillento de la piel es la bilirrubina, un producto de desecho de la hemoglobina. Todos los seres humanos tenemos una pequeña cantidad de ella, ya que los glóbulos rojos, que transportan el oxígeno, a los 120 días se desintegran, se eliminan y se renuevan. Este proceso involucra siempre al hígado y a la vesícula, y da a las heces ese color amarillo-marrón característico.
Un adulto no se vuelve amarillo debido a la desintegración de los glóbulos rojos, pero los recién nacidos tienen una cantidad muy grande de estos glóbulos.
Ya al nacer traen un ligero exceso de ellos, porque en el útero, el bebé posee más glóbulos rojos de reserva debido a que sus necesidades de oxígeno se cubren íntegramente a través de la sangre de la madre. Por ahora, los productos de desecho no conllevan ningún problema para el bebé, puesto que son eliminados a través de la placenta y del hígado maternos.
Pero al respirar por sí mismos después de nacer, a los bebés les llega más oxígeno y tienen un gran exceso de glóbulos rojos, de cuya eliminación se tiene que encargar su hígado inmaduro. Por lógica no funciona todavía a pleno rendimiento y necesita un tiempo, de forma que en la sangre circula una cantidad mayor de bilirrubina. Esto se percibe en la mayoría de los recién nacidos.

La mayoría de los recién nacidos presenta la piel algo amarillenta y, como medida preventiva, se los suele someter a un tratamiento. ¿Pero en qué casos es realmente necesario?
Apenas llegan al mundo deben empezar a adaptarse. Los recién nacidos tienen que respirar por su cuenta, succionar, digerir, captar su entorno… Una labor tremenda que los bebés consiguen realizar principalmente mediante tres estrategias: llorar, mamar y dormir.
A los tres o cuatro días de nacer, dos tercios de los bebés padecen ictericia, esto es: su piel se vuelve amarilla. Es una manifestación más del proceso de adaptación de su organismo a la vida extrauterina.
Parece que el pequeño tiene un color hasta saludable, como si hubiera pasado un buen rato al aire libre o hubiera tomado mucho jugo de zanahoria.