La edad del porque

Escrito por at 1:36 en La Infancia

Todo el día preguntando:
No necesitan un tratado, sino respuestas sencillas y coherentes que alimenten sus ganas de saber.
Hace unos cuantos años, un actor y humorista hacía un sketch consistente en representar a un padre que estaba con su hijo en la orilla de un río:
-Papá, ¿qué son las ranas?
-Bueno, las ranas son…
-Papá, ¿y por qué saltan?
-Bueno, las ranas saltan…
-Papá, ¿y por qué cantan?
-Bueno, las ranas cantan…
-Papá, ¿y qué son las ranas?
“Y no tuve más remedio que tirar al chico al agua”, concluía el abrumado padre.
Este sketch caricaturiza bastante bien el desconcierto de muchos papas ante la avalancha de preguntas que a veces se les viene encima. Hasta 400 diarias pueden Llegar a hacer los chicos entre los tres y los cuatro años. Y en algunas ocasiones resultan casi tan apremiantes e inconsecuentes como las reflejadas en este chiste. Pero incluso estos extremos son una bendición si los comparamos con el caso hipotético y penoso de un chico que no preguntase nada.
¿Por qué? Porque a esta edad bombardear a los padres a preguntas es lo más natural y saludable. Un brote casi biológico que, entre los tres y seis años hace a los chicos preguntar todo y que constituye una manifestación genuinamente humana de la llamada conducta exploratoria.
Desde que son bebés su entorno los intriga.
Esta conducta es común con otros seres vivos y se manifiesta ya antes de esta edad, sobre todo de un modo físico, con la incesante manipulación de objetos y la investigación exhaustiva del entorno material, actividades tan propias de los chicos de un año.
En esto no hay grandes diferencias con las especies animales más próximas a la nuestra. Pero de pronto florece el lenguaje, esa poderosa herramienta a disposición de los humanos, que también es, entre otras cosas, un eficaz instrumento de exploración. Así que con el lenguaje vienen las preguntas.
Y precisamente porque el lenguaje es una adquisición reciente, los chicos quieren ejercitar la habilidad para preguntar y responder, con la entonación y la forma gramatical correspondiente. Este juego, por sí mismo, los divierte, y en determinadas ocasiones ni siquiera esperan la respuesta y se producen situaciones parecidas a la que, con exageración, iniciaba esta nota.
Pero hay más motivos para preguntar. Tanto por qué se debe a que a esta edad la noción causa-efecto está construyéndose y es aún confusa. El niño trata de organizar su mundo y todo tiene que tener un porqué. Para él todo ha sido hecho o puesto por alguien (“¿Quién puso ahí el bosque?”), atribuye sentimientos e intenciones a seres inanimados (“¿Las nubes son amigas?, ¿y adonde van todas juntas?”), no entiende que existan hechos debidos al azar (“¿Por qué hay ahí una montaña?”) y puede trastrocar causas y efectos (“Claro, para ir a esquiar”). En fin, trata de clasificar el mundo con sus propias categorías (pensamiento egocéntrico), y de ahí que a veces nos sorprenda con preguntas tan inexplicables.
Y las dudas, por supuesto, se dirigen sobre todo a los padres. Recordemos que los chicos no asimilan la realidad de un modo inmediato y directo, sino que lo hacen a través de intermediarios, de guías: los padres.
Ellos son las auténticas ventanas a través de las cuales los hijos se asoman al mundo. De la calidad y disponibilidad de ese mirador va a depender en gran medida el modo en que un chico se relacione con la realidad después, durante toda su vida.
La curiosidad y el espíritu investigador son un “instinto” básico, el instrumento más valioso con que tanto la especie humana como el propio individuo cuentan para su progreso. Para poder enfrentarse con recursos mentales a los múltiples retos que plantea la vida, es preciso una “cabeza” abierta e inquieta. La famosa edad de las preguntas es una de las primeras y más importantes manifestaciones de una “cabeza”, que puede o bien cultivarse y potenciarse, o bien marchitarse y secarse para siempre.

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