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Divorcios

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Otra potente amenaza para el desarrollo saludable de los niños es que, como consecuencia del conflicto y el divorcio de sus padres, él se vea privado de satisfacer sus necesidades de tener mamá y papá. Es una disminución en el paren taje que puede tener diferentes expresiones.
Por ejemplo, está la situación de aquellos padres que están tan absorbidos por su propio sufrimiento o turbulencia emocional, que no le queda nada de disponibilidad para el hijo. Le retira la atención porque no puede pensar más que en sí mismo. Esta situación que es casi inevitable durante un breve lapso inicial, es muy perturbadora para el niño si se prolonga. Y puede prolongarse ya sea porque el padre/madre no puede salir de ese estado de “vuelta sobre sí mismo” o porque empieza a llenar su vida con otras relaciones y actividades que compiten con sus hijos o que son incompatibles con ellos. Subrayemos además que esta no disponibilidad afectiva para el hijo sobreviene en un momento en que el niño está más necesitado que nunca de afecto, protección y apoyo.
Otra situación también lamentablemente frecuente por la que disminuye cuantitativamente el paternaje es que luego del divorcio los niños vean mucho menos al padre con quien no conviven, a veces hasta el extremo de perder contacto con él/ella. En algunos casos es el padre o madre que se desentiende y se divorcia también de sus hijos; en otros es uno de los padres que impide que el otro los vea . Nefasta situación que surge del hecho de que muchos padres/madres no se dan cuenta que mantener la relación con el padre ausente NO es un derecho del otro padre sino un derecho del hijo.

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Divorciarse

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¿Cuáles son las amenazas?
Pero hay otros ingredientes que acompañan al divorcio que, en efecto, producen daño en el desarrollo emocional de los niños. Ellos son las verdaderas amenazas para los niños que trae el divorcio de sus padres.
Quiero destacar una vez más que estas amenazas son evitables, y con ellas el daño a nuestros hijos.
Uno de los factores más dañinos para la salud mental de los niños es el conflicto y la discordia parental. Por cierto que ni el conflicto ni la discordia entre los padres comienza con el divorcio ni es exclusiva de parejas que se divorcian. Muchas parejas viven tristemente, en situación de discordia por años y es desde entonces que se está dañando el desarrollo de los niños. El riesgo para la mayor parte de hijos de padres en discordia no empieza cuando se separan sino que existe desde que sus padres pelean, desde que se pegan, desde que se humillan, desde que se engañan, desde que se tratan con desamor.
Sería legítimo suponer que el divorcio tendría que representar una solución a una situación matrimonial de infelicidad y discordia. Lamentablemente, con frecuencia nos encontramos con el hecho de que el divorcio viene a ser una prolongación de la discordia preexistente. Son hombres y mujeres que siguen peleando a pesar de no estar conviviendo más: estas parejas no logran divorciarse emocionalmente y permanecen fuertemente unidos por la hostilidad y la pena. Siguen hablando muy mal uno del otro, siguen buscando y encontrando mil pequeñas y grandes maneras de hacerse daño y, con eso, probablemente no se den cuenta que siguen retaceándose la posibilidad de seguir para adelante con una vida que bien podría ser muy diferente. Pues bien, ésta es la situación que daña a los hijos. No lo es el hecho de que sus padres no vivan en la misma casa, lo es el hecho de que sigan peleando sin poder destrabar la situación.

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Divorcio niños

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En la vida de un niño cuyos padres deciden divorciarse existen situaciones diferentes a las de los niños cuyos padres son felices juntos. Esto hace que tengan más “trabajo emocional” que hacer en su desarrollo. Tienen que adaptarse a cambios, reajustar y reorganizar sus vidas, y seguir haciendo frente a todas las exigencias que la realidad les impone. No es poca cosa, pero sin embargo pueden hacerlo muy bien si se contemplan sus necesidades y sus derechos y no son transformados en víctimas de la discordia de sus padres.
En su vida, entonces, aparecen desafíos y amenazas.
¿Cuáles desafíos debe enfrentar un hijo de padres divorciados?
Los desafíos de esta nueva realidad que se les impone tienen que ver con todos los cambios de afuera y de adentro que el divorcio implica.
Una de las primeras cosas que el niño tendrá que hacer es aceptar la realidad de la separación de sus padres. Esta aceptación no se logra de un momento para otro sino que es un proceso que lleva tiempo y experimentación de los cambios concretos que la separación ha
producido. Al mismo tiempo, deberá lograr no quedar atrapado en el conflicto parental y tendrá que retomar sus rutinas.
Sólo cuando se acepta la realidad de la pérdida es que ésta puede comenzar a ser elaborada. Este verdadero proceso de duelo consume tiempo y energía y está poblada de emociones diversas: tristeza, rabia, culpa. Con el tiempo el duelo se va resolviendo, la situación puede ser conceptualizada en términos realistas y saludables y, a pesar de los pesares, el hijo de padres divorciados es capaz de albergar esperanzas realistas en relación a la vida en pareja.
Por cierto que estas tareas adicionales no son poca cosa pero no dañan la salud mental de los niños. De hecho, la investigación demuestra que la mayoría de los niños de padres divorciados logra desarrollarse saludablemente dependiendo del ambiente familiar que lo rodea y de la capacidad que hallan tenido los padres para rearmarse a sí mismos, luego del divorcio.

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Divorcios

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Consecuencias emocionales en los hijos: desafíos y amenazas

Muchas investigaciones se han realizado y se siguen realizando sobre los efectos emocionales en los hijos de padres divorciados.
Es difícil generalizar, ya que hay tantas situaciones como familias y todos respondemos diferente a los estresores de la vida. Sin embargo hay algunas conclusiones que pueden ser consideradas.
Es frecuente y esperable que, durante el período agudo de la separación, en donde existe importante turbulencia emocional a nivel familiar el niño presente sintomatología. Descenso del rendimiento escolar, inquietud, irritabilidad, tristeza, agresividad, reaparición de conductas que habían sido superadas son algunos de los síntomas posibles. Generalmente, y dependiendo de la evolución familiar, esta sintomatología es transitoria y se resuelve espontáneamente.
A largo plazo, es necesario separar las consecuencias emocionales que se deben al divorcio de las que en realidad se deben a la discordia familiar. En la evolución a largo plazo la mayoría de los niños hijos de padres divorciados se adapta exitosamente a los cambios que se suceden en su vida y no son más afectados desde el punto de vista de su salud mental que los hijos de padres que viven juntos. Muchos de los trastornos que se ven en niños de padres divorciados lo que reflejan son las dificultades familiares que existían antes del divorcio y que a veces no cesan con él.
Esto no significa que los niños no sufran ni añoren tener a sus padres juntos. Aun cuando existe la buena adaptación y la vida feliz, los hijos de padres divorciados siguen experimentando diferentes grados de nostalgia por lo que no pudo ser, aun de adultos.

En otras palabras, el divorcio de los padres puede producir dolor pero no necesariamente enfermedad. Lo que puede producir enfermedad son otros componentes de la interacción familiar que pueden acompañar a la situación de divorcio. Muchas de estas situaciones dañinas son evitables si los padres logran enfrentar la situación con madurez y amor responsable por sus lujos.

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El divorcio

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Una vez superada esa primera etapa viene una fase que podemos llamar de transición en la cual los padres empiezan paulatinamente a desentenderse uno de la vida del otro, y comienzan a poder reorganizar su vida sobre la base de esta nueva realidad. Se generan nuevas amistades, nuevos intereses y actividades. Viejos proyectos se retoman y no es raro que también se produzcan cambios en la apariencia física tanto de los hombres como de las mujeres. Es una etapa que se caracteriza por cierta inestabilidad: la inestabilidad de la búsqueda de un nuevo orden. También esta etapa puede durar un tiempo razonable, o extenderse en una búsqueda que no encuentra el equilibrio.

Finalmente llega la tercera y deseada fase de resolución: tiempo en el cual se logra alcanzar una nueva estabilidad relativa. Cada integrante de la pareja encontró su lugar, ha generado nuevas amistades, nuevos horizontes. Se ha logrado constituir el hogar uniparental, y se enfrentan las dificultades inherentes a esta nueva realidad.

Todos tenemos ejemplos de parejas y personas que no han podido salir de la primera fase y que siguen torturados por emociones que no les permiten avanzar. También conocemos a los que se quedan en la segunda, y afortunadamente también conocemos quienes recorren el camino y se encuentran o se reencuentran consigo mismos al final del proceso.

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Divorcio

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La vida familiar hoy en día es bien diferente a lo que era hace unas pocas décadas. Muchos aspectos han ido cambiando: los roles de la madre y del padre, y aun de los hijos, se han reformulado; los estilos de comunicación son distintos, la estructura de las familias es más diversa. El divorcio, por ejemplo, se ha convertido en una experiencia común hoy en día para muchas familias uruguayas.

¿Qué es el divorcio realmente?
El divorcio no es un hecho del que fácilmente podamos identificar el principio ni el fin. El divorcio es un proceso de cambio psicológico y social en los individuos y en la familia. Es un proceso que no empieza en la decisión de divorciarse, sino que empieza mucho antes. No termina tampoco cuando el juez extiende la sentencia de divorcio, ni cuando se conforma una nueva pareja… ¿termina alguna vez?
En este proceso, como en todos, podemos identificar diferentes etapas. Por cierto que separarlas y describirlas es una arbitrariedad que nos permitimos para intentar entender mejor lo que sucede. Estas fases tienen duración y características distintas en cada caso.
La primera fase es la llamada fase aguda, dramática, caracterizada por la existencia de emociones muy fuertes. Es en este tiempo en que se toma la decisión de separarse. A veces, ésta es una decisión unilateral; a veces suceden hechos desencadenantes muy fuertes; a veces se hacen y se sienten cosas, en esta etapa, que nunca se habían experimentado. Es a veces la culminación de mucho tiempo de infelicidad y, en otros casos, la irrupción brusca en la vida de una realidad que no se imaginaba para uno mismo. Aun en el mejor de los casos, en la más tranquila, civilizada y flemática pareja, éste es un período de mucho dolor, un tiempo emocionalmente muy difícil. La depresión y la rabia son sentimientos frecuentes en los padres en esta etapa, en sus diferentes grados: desde leve a muy severa. Esta fase tiene duración variable: puede ser muy breve o muy extensa. Lamentablemente hay parejas que quedan fijadas, en esta fase, durante años, y siguen peleando apasionada y destructivamente en tantas arenas como pueden, incluyendo la de los hijos.

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