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El mito de la estimulación temprana.

El mito de la estimulación temprana.
Para algunos chicos con problemas neurológicos, la estimulación precoz en manos de un profesional competente resulta útil y necesaria. El mito consiste en pensar que todos los chicos sanos y normales necesitan una “estimulación precoz”, y que eso va a desarrollar su inteligencia y convertirlos en genios.
Para desarrollarse correctamente, los pequeños necesitan muchísima atención: brazos, compañía, juegos, caricias, canciones… La falta de estos estímulos produce problemas, a veces irreversibles, en el desarrollo del cerebro.
Pero si el cerebro necesita estos factores externos para desarrollarse, si no tiene la capacidad de desarrollarse por sí solo, es precisamente porque estos factores son universales. El chico no necesita algo que sólo puede proporcionar un experto, o alguien que ha hecho cursos o leído libros especializados, o que decide estimular a un chico para que sea superinteligente. Si fuera así, durante millones de años ninguno se hubiera desarrollado correctamente. No, lo que un chiquito necesita es lo que cualquier madre, padre o abuelo dará a su hijo, de forma espontánea e inconsciente.
Sabemos, por ejemplo, que los chicos cuyos padres y abuelos les cuentan cuentos tienen un vocabulario más amplio. El saber unas pocas palabras más a los dos años, ¿seguirá marcando una diferencia aprecia-ble a los 20 ó a los 50? Y, sobre todo, ¿el efecto es el mismo cuando le contamos un cuento a nuestro hijo para hacerlo feliz, que cuando lo hacemos para estimular su inteligencia? ¿Estamos jugando con nuestro hijo, o estamos “sacrificándonos por su futuro”? Si al final no es un genio, ¿pensaremos que todo el tiempo dedicado a jugar con él fue tiempo perdido?
Lo que es perder el tiempo (y a veces el dinero) es abrumarse y abrumar al hijo intentando ser su psicopedagoga, su docente o su entrenadora, cuando lo que él quiere es que sea su madre. El objetivo es disfrutar, la sonrisa de tu hijo te indicará que lo estás haciendo bien.
Todavía hay algo más grave: a algunos padres que no tienen ninguna necesidad de llevar a su hijo a la guardería los convencen de que tienen que hacerlo para que “se despabile” o “se suelte a hablar”. Eso es absurdo. Para criar a un hijo, lo más importante no es haber estudiado pedagogía, sino quererlo mucho y dedicarle mucho tiempo.
Los chicos crecen muy rápido, y si no se los acaricia y los mima ahora que son pequeños, después no se van a dejar. No perdamos el tiempo comparándolos con sus primitos y vecinos. Al fin y al cabo, tu hijo es el más lindo, simpático y cariñoso del mundo; y si otros padres quieren consolarse pensando que los suyos han aprendido antes a hacer la “o” con un crayón, ¿por qué quitarles la ilusión?

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Lo atractivo para los chicos

Lo prohibido ejerce aún mayor atractivo
A menudo los incitamos a divertirse con juguetes que emiten luces, música y sonidos y, al mismo tiempo, no les permitimos manipular otros artilugios más interesantes. Para ellos no existe diferencia alguna Debemos decirles no cuantas veces sea preciso, pero sin perder la calma. Si persisten en su actitud, una retirada a tiempo será el método más convincente. Y algo que nunca falla: jugar con ellos (a la escondida, a hacer torres, a tocar el tambor con tapas de cacerolas y cucharas de madera…).
A esta edad, no se aventura así como así a probar algo desconocido. Ante una situación nueva, nuestro pequeño echará una miradita a papá o mamá para confirmar si lo que intenta hacer está bien. Por eso es fundamental que sepa que siempre puede contar con nuestro cariño y protección. Si se cae, no nos precipitemos. Esperemos a ver cómo reacciona; si se levanta solo, quiere decir que no nos necesita. En cambio, cuando llore o nos llame, acudamos de inmediato.
Tan importante como protegerlo es transmitirle que su alrededor es un medio seguro donde puede investigar a su antojo. No le infundamos temores innecesarios. Y cuando se sienta frustrado porque ha errado el intento, brindémosle una ración extra de cariño. Para seguir explorando, necesita muchos mimos.

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Ninos investigadores

Investigadores natos
Ese conocimiento sólo se logra desenrollando el papel higiénico por todo el pasillo, observando qué cantidad tan enorme de dentífrico sale de un tubo tan pequeño o trazando caminitos de yogur en la alfombra.
Los niños necesitan tocar, manosear y probar las cosas; ver qué sucede con ellas. Así comienzan a descubrir las reglas que rigen su entorno para, más tarde, llegar a comprenderlas. Si el vaso de jugo se derrama, el líquido no puede atraparse; si se cae un jarrón, estalla en pedacitos. Llegar a estas “científicas” conclusiones, tan obvias para nosotros como complejas para ellos, sólo es posible ensayando una y otra vez.
Y de nada sirve desesperarse. Hay que guardar a buen recaudo cualquier objeto peligroso (productos tóxicos, bolsas de plástico, medicamentos, elementos cortantes…) y acondicionar la casa para sus inevitables correrías.
Los botones -la lavadora, el video, el horno, la radie-son su punto flaco. Cuando menos lo esperemos, girarán el disco del lavarropas y estaremos lavando la ropa de color a 90°, apagarán el horno precisamente el día en que esperamos invitados o la estupenda película que pensábamos grabar se habrá transformado en un partido de fútbol.

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Impresionante capacidad para aprender

Impresionante capacidad para aprender
Hace pocas semanas, la UNESCO aconsejó en forma mundial la enseñanza de un segundo idioma a los niños de edad preescolar para complementar, en el colegio secundario, con una tercera lengua.
Las consideraciones científicas de una indicación de tanta importancia se basan en la impresionante capacidad para aprender que tienen los seres humanos en la etapa que va del nacimiento a los cinco años. Los bebés que practicaron y practican Matronatación han demostrado desde hace 40 años que esa asombrosa capacidad alcanza por igual a lodos los chicos. Es decir, que todos pueden aprender a nadar desde temprano, aun aquellos que tienen alguna desventaja psico-física.
Los beneficios de la iniciación acuática a tierna edad son muy variados y abarcan tanto el despertar de la inteligencia como los logros que significan una buena postura, huesos y músculos fuertes y una capacidad circulatoria y respiratoria cada vez mayor en la medida en que la ejercitación progresa.
Las bondades del juego en grupo también son muy interesantes porque los chicos comienzan a socializarse favorablemente desde pequeños sin sufrir ninguna forma de agresión, dado que sus padres los protegen todo el tiempo de algún imprevisto manotón o empujón de otros niños.
Mucho antes de llegar a la edad del jardín de infantes, los bebés nadadores gozan de la compañía de sus compañe-ritos de clase y van ganando cada vez más confianza para acercarse a otros niños o adultos. Esta situación ayuda a quienes no tienen familiares cercanos para que sus hijos intercambien experiencia y juegos y encuentren en las clases de Matronatación nuevas amistades.

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El maestro

El papel del maestro
El bajo rendimiento del alumno, además de pesar en el concepto de sí mismo que éste va construyendo, influye también en el concepto —cuando no en la etiquetación— que el maestro tendrá del alumno. Y esto conlleva, a menudo, un trato diferente y unas expectativas diferentes del educador en relación a los demás alumnos. Así, la marginación empieza en la propia aula.
Diversos estudios realizados han demostrado que la mayoría del profesorado tiende a atender y a estimular más a los alumnos de alto rendimiento que a los de bajo. Atenuantes a esta actitud, consciente o no, del profesor serían, claro está, el elevadísimo número de alumnos por aula y la urgencia de cumplir unos programas demasiado densos c inadecuados para la totalidad de sus alumnos.
Con el objeto de evitar esta marginación. el maestro, a pesar de las dificultades que le impone la estructura educativa, tiene en su mano diversas posibilidades de actuación:
—Observación diaria y en profundidad de todos los alumnos.
—Mantener una actitud positiva hacia todos los alumnos. Evitar la culpabilidad en el alumno retrasado, valorando su esfuerzo y su progreso y eludiendo las comparaciones con el resto de la clase.
—Atender a la totalidad de la persona, individualizando el trato con los alumnos y reforzando la relación maestro-alumno.
—Mantener una estrecha colaboración con el psicólogo, cuando lo haya, puesto que el trabajo de éste, para ser positivo en el marco de la escuela, debe quedar totalmente integrado en la actividad pedagógica del claustro. Ambos, maestro y psicólogo, unirán sus perspectivas, observando y analizando al niño y su dinámica en el interior del grupo-clase.

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La familia

El papel de la familia
En el seno de la familia el niño realiza sus primeros y más importantes actos de conocimiento, de relación, de descubrimiento de sí mismo, de comunicación. Los primeros afectos, rechazos, estímulos, proceden del núcleo familiar.
La imagen que el niño tendrá de sí mismo comienza a formarse (más tarde se modificará o no en la escuela) al lado de padres, hermanos y abuelos. Los primeros contactos con el lenguaje (motor principal del conocimiento), así como con las costumbres y usos sociales, los realiza el niño desde su cuna, en su casa, en su barrio.
Según estadísticas del Ministerio de Educación, el 95 % del fracaso escolar tiene su origen en la falta de estímulo familiar. Un 60 % de los padres desconsideran a los maestros y a la escuela en el ámbito familiar. En muchos casos, influye también el bajo nivel sociocultural de la familia.
En el extremo opuesto, existen hogares donde se ejerce una presión tremenda sobre el niño. En la mayoría de casos, y por frustración del padre, se presiona al hijo para que obtenga la carrera o la ascensión social que aquél no pudo obtener. En casos extremos, cuando el niño constata que su nivel académico no corresponde a las exigencias familiares, éste puede llegar al suicidio, inducido, entre otras razones, por el pánico al castigo o al descrédito.
El papel que la familia puede desempeñar en la prevención y el tratamiento de las dificultades y del fracaso escolar es muy considerable. He aquí algunas sugerencias a este respecto:
—Estimular las actividades educativas del niño, valorando positivamente desde los primeros meses todo cuanto haga, tanto en casa como en la escuela.
—Mantener un constante contacto con el maestro y con el centro escolar, con el objeto de seguir de cerca las evoluciones del niño y poder unificar al máximo criterios y actitudes.
—Fomentar el conocimiento del entorno y la relación con el barrio de resistencia.
—Estimular en el niño la adquisición del lenguaje, así como el hábito de leer.
—Fomentar el gusto por la reflexión y el contraste de pareceres.
Existen, además, una serie de factores individuales a considerar en los casos de aparición eje dificultades: —Trastornos orgánicos o funcionales.
—Importancia de la edad dentro del grupo. Entre los más pequeños se observa un mayor número de retrasos que entre los nacidos a principios del año escolar.
—El lugar del niño en la familia (número y orden de hermanos). —Momento en que se inicia la escolaridad, asistencia o no a la guardería y al parvulario.
—Emigración (momento en que. dado el caso, se ha realizado el cambio de habitat).
—Ambiente cultural de la familia.

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Dificultades en el aprendizaje

Las dificultades de aprendizaje

El fracaso viene motivado por factores de diverso orden. Por una parte, la escuela provoca, frecuentemente, un divorcio entre los intereses y las capacidades del alumno, que repercute de forma muy negativa en el aprendizaje. Por otra, a lo largo del desarrollo el niño puede manifestar déficits que originan dificultades en el aprendizaje.
A veces las dificultades son leves y, con las debidas atención y corrección en el momento de su detección y la repetición de algún curso, puede llegar a evitarse el fracaso escolar.
No hay duda de que las dificultades y el fracaso se producen día a día. pero también es cierto que se hacen palpables en los momentos claves de cambio: en el paso del Parvulario (si el niño lo ha cursado) a la E.G.B.; en el paso del Ciclo Medio al Superior; y, sobre todo, al inicio del B.U.P. y. especialmente, de la Formación Profesional, cajón de sastre, en un buen número de casos, de alumnos inadaptados al sistema escolar.
A menudo, la familia o el centro detecta el fracaso al final de la E.G.B., cuando el niño debe integrarse bien que mal al mundo adulto y laboral. Otros centros, en cambio, así como las familias más sensibilizadas, observan de cerca al niño e inciden en su reeducación desde el Parvulario, etapa en la que, normalmente, puede iniciarse con garantías la corrección. De esta manera, se logra evitar la etiquetación del niño y su sentimiento de culpabilidad e inseguridad, que le provocarían nuevas regresiones en su proceso evolutivo.
Cada niño nace con unas potencialidades y unas aptitudes innatas que ha heredado de sus padres y de toda la especie humana. Pero sus capacidades concretas, sus destrezas, su personalidad, no nacen con el sino que se irán desarrollando a medida que su organismo se relacione con su entorno, es decir, con su familia, su escuela, su barrio, su medio social.
Así, con la actividad que realice en estos ámbitos, irá formando sus capacidades, su aprendizaje y su conocimiento del mundo. Las causas de los problemas que pueda hallar en este largo aprendizaje habrá que buscarlas precisamente ahí: en su familia, en su escuela, en el sistema educativo de su sociedad, en el nivel económico y cultural de la clase social a la que pertenece.

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Fracaso escolar

Este tema plantea numerosos interrogantes: ¿A qué alumnos y a qué situación cabe referirse al hablar de fracaso escolar? ¿Qué niño fracasa? ¿El que no rinde lo que podría rendir, el que no sigue el ritmo de los demás, el que suspende, el que invierte letras al escribir, el conflictivo en clase, el marginado del resto de compañeros? En realidad, todos ellos fracasan en una u otra medida. Pero cada uno de estos aspectos requiere un análisis y un tratamiento distintos.
Todos los estamentos (la familia, la escuela, el propio alumno) tienden a delimitar el fracaso solamente con criterios de rendimiento académico, de aprobados, de repeticiones de curso. El concepto más aceptado y difundido es éste: presentan fracaso escolar los alumnos que, sin padecer anomalías importantes de carácter fisiológico, no pueden seguir con normalidad el ritmo de clase y van quedando rezagados en relación a los demás y a los programas.
Y lo cierto es que, visto únicamente desde esta perspectiva académica, el panorama educativo español es francamente desolador. España es uno de los países con mayor porcentaje de alumnos fracasados. Durante el curso 1981-82, por ejemplo, de cada cíen alumnos de E.G.B., nueve repitieron curso; de los alumnos de las nueve provincias de Castilla-León, sólo el 48 % obtuvo el título de Graduado Escolar en el año que le correspondía por la edad.
Los casos de abandono de la escolarización en E.G.B. y, sobre todo, en B.U.P. y F.P. son muy frecuentes. Se ha comprobado, por otra parte, que se produce un mayor fracaso escolar en los centros públicos que en los privados. El fracaso es también mayor en las escuelas grandes que en las pequeñas, entre los niños que entre las niñas y es superior en alumnos de nivel económico bajo en relación con los de nivel medio a alto. Hay más fracasos en las zonas rurales que en las urbanas y, dentro de las escuelas comarcales, entre los alumnos que se desplazan para asistir a la escuela que entre los que permanecen en su población.
Estos datos, apuntados a título indicativo, centran siempre su punto de mira en el aspecto académico del proceso escolar. En cambio, relegan otras facetas quizá más relevantes de la personalidad del alumno, como su capacidad de adaptación, su sentido crítico, su autonomía o su global maduración evolutiva.
Algún día habrá que empezar a considerar que el verdadero fracaso escolar, en el marco de una educación integral, sería finalizar la escolaridad sin haber adquirido un suficiente grado de madurez ante cualquier situación de la vida, al margen de las calificaciones de junio y septiembre.

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Guarderias de niños

La adaptación del niño
Durante los primeros días de asistencia a la guardería, el niño manifestará lógicamente muestras de inseguridad y recelo. El espacio es distinto al de su casa y puede llegar a resultarle hostil. Deberá compartir un nuevo adulto con otros niños que ni siquiera conoce. Tendrá que aceptar que sus padres lo dejen en la guardería, imaginándose que el abandono es definitivo cada día. Tendrá que reconquistar el entorno y, además, compartirlo. Los primeros días son realmente duros.
La familia deberá jugar, en este proceso de adaptación, un papel importante. Puede estimular al niño hablándole de lo que hace o hará en la guardería. En los más pequeños la adaptación se hará de forma gradual. Durante los primeros días, es aconsejable que los padres puedan quedarse un rato con el niño, rato que se irá acortando progresivamente.
Pero el papel fundamental en este proceso de adaptación —y durante toda la escolarización del niño en la guardería— lo desempeña el maestro, el educador, que debe:
—Tener un buen equilibrio emocional.
—Ser un especialista con unos objetivos claros que tengan en cuenta la educación global del niño.
—Estar coordinado con los demás educadores del centro.
—Ser capaz de crear en la guardería un ambiente sereno.
—Saber dar al niño la afectividad necesaria.
—Ser capaz de observar y seguir las reacciones del niño y de actuar en consecuencia.
—Potenciar tanto las actividades que tienen por objeto la creación de hábitos —actividades que se repiten periódicamente y que crean un ritmo en la jornada escolar—, cuanto las actividades que, siendo diferentes cada día, estimulan al niño, evitando la rutina y el aburrimiento.

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Las guarderias

LAS GUARDERÍAS
Las guarderías empezaron siendo lugares donde literalmente eran «guardados» los hijos de las madres que trabajaban. Por eso surgieron al amparo de fábricas y empresas y contaron, por consiguiente, con el apoyo del Ministerio de Trabajo.
Más tarde, ante los problemas sanitarios que aparecían (diseminación epidémica de ciertas enfermedades, deficiencias de salubridad e higiene, etc.), muchas de ellas se convirtieron en centros asistenciales, asistidos, a su vez, por el Ministerio de Sanidad. Otro ministerio, el de Justicia, tomó también cartas en el asunto en el momento de controlar y tutelar a los niños huérfanos y abandonados.
Tutela, asistencia, control del niño, pero en ningún caso educación. Se suponía, y aún muchos así lo creen, que el niño debe ser educado en sus primeros años por sus padres (especialmente por la madre). El Ministerio de Educación, mientras tanto, no embarcaba al niño en la nave escolar hasta los 6 años.
Sin embargo, está admitido que la educación del niño empieza desde el momento de su nacimiento. Incluso —y son muchos los psicólogos y pedagogos que así lo afirman— los primeros años de la vida del niño son determinantes para su educación y para el grado de madurez del futuro adulto.
Cabe preguntarse entonces si para esta educación que el niño debe recibir desde que nace (¿cómo?, ¿dónde?, ¿cuándo?) es suficiente el marco familiar.
El padre y la madre son, desde todas las perspectivas, imprescindibles para el niño. Pero, ¿pueden ellos solos abarcar todos los aspectos de la educación del pequeño?
El entorno físico familiar —la casa—, estructurado en función de los adultos, ¿debe ser el único espacio de desarrollo de las aptitudes y habilidades del hijo?
Y la relación con los miembros de la familia, ¿es para el niño lo bastante rica como para conseguir una adecuada socialización?

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