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Escuela para ciegos

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Integración en aulas de videntes
En estos últimos años ha aparecido una fuerte tendencia a integrar al niño ciego en aulas de videntes. Esto es explicable, por cuanto una auténtica integración educa al niño en función de sus posibilidades, respetando su ritmo y su evolución como invidente y potenciando su desarrollo como persona y no como niño que está incapacitado para ver.
El centro integrador debe asegurar una constante relación padres-maestro-especialista. Los dos últimos trabajan en estrecho contacto. El especialista prepara el material (textos en Braille, gráficas en relieve, grabaciones) en función del programa que les presenta el maestro, de manera que el niño pueda seguir los mismos temas y a un idéntico ritmo que sus compañeros.
El maestro y el resto del equipo han de estimular la participación e integración del niño ciego. Y a menudo deben evitar la sobrepro-tección que recibe de sus compañeros. Por otra parte, la convivencia con un niño ciego tiene un gran valor educativo para los niños videntes.

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Ciego

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La educación del niño ciego

Durante la primera etapa de la vida del niño, es conveniente estimular todos los reflejos no visuales, acercándole a los objetos que puede chupar, tirar, lamer… En la etapa que va de los 3 meses a los 3 años (guardería), la estimulación tiene los siguientes objetivos:
—Conocimiento de los objetos a partir del adulto, de las relaciones espaciales y de sí mismo, así como de sus posibilidades motrices.
—Gateo, primeros pasos y todo el proceso exploratorio que debe ser provocado por el adulto.
—Adquisición de hábitos personales y de relación. La imitación que realiza el vidente ha de ser sustituida en este caso por la orientación y la estimulación constante por parte del adulto.
En el período preescolar (3-6 años), en el que predomina la conducta simbólica o representativa, la incapacidad de imitación produce un retraso evidente: pasividad, egocentrismo y aparición de cieguismos (giros de cabeza, manoseo de los ojos y otros hábitos se-mivoluntarios que compensan la falta de actividad hacia el mundo exterior). El dibujo debe ser sustituido por el modelado, pues la representación visual ha de reemplazarse por la tangible. El juego simbólico, primordial en esta etapa, se verá potenciado si el niño ciego convive con niños videntes.
Respecto al niño amblíope. es suficiente que en el aprendizaje de la lectura use letras de mayor tamaño. No obstante, y como prevención de pérdidas posteriores, es aconsejable el aprendizaje mediante el sistema Braille.

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Ceguera

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Actitudes de los padres
Muchos padres a menudo están más preocupados por la deficiencia del hijo que por el desarrollo global de la personalidad del niño. Las aptitudes familiares ante un caso de ceguera pueden tipificarse así: sobreprotección, aceptación y rechazo.
La sobreprotección, ligada al sentimiento de lástima, conlleva un exceso de ayuda y, por lo tanto, falta de exigencia, con lo cual la autonomía del niño queda bloqueada.
Sólo la total aceptación permite una adecuada integración. Los padres deben recibir apoyo psicológico con el fin de evitar las crisis y posibilitar aquella aceptación. Asimismo, deben buscar el sostén de educadores especializados que permita iniciar cuanto antes la estimulación de las fases de evolución del niño.

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Niño ciego

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Ceguera y ambliopía
Según la Organización Mundial de la Salud (O.M.S.), es ciego el niño que no supera un décimo de agudeza visual o un ángulo de visión de 30°. La ceguera puede estar originada en alteraciones del desarrollo, anomalías congénitas o enfermedades como el glaucoma. las cataratas, la retinitis, la neuritis óptica y otras.
Es amblíope el niño que presenta una agudeza visual de una a tres décimas y un ángulo de visión de unos 10°. Algunas de sus causas son el glaucoma, la miopía grave y la diabetes. Y sus síntomas, la desgana en la lectura, el salto de letras, los dolores frecuentes de cabeza, la hinchazón y el manoseo de los ojos, etc.

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