
JUGAR CON EL NIÑO
El mejor juguete del bebé, se ha dicho y con razón, es la madre. Todo es juego en esta relación simbiótica de los primeros meses de la vida. Mirar, tocar, hablar, cantar… Todos los procedimientos que una madre utiliza con el objeto de hacer durar algo que es interesante para el bebé son juego.
Pero el bebé crece. Ya es un niño que gatea y que empieza a balbucear las primeras palabras. ¿Tiene que jugar solo o acompañado? En una primera etapa, que se prolonga hasta los dos años, el niño no tiene aún capacidad para jugar con los otros. El juego es, por tanto, solitario. Es inútil en este momento empeñarse en que se compartan los juguetes, y mucho más tratar de organizar juegos entre dos o más niños.
En una etapa subsiguiente, el juego se hace paralelo. Al niño le gusta entonces estar con otros niños, pero jugando individualmente con sus cosas. Una variante de este jugar en paralelo es el juego asociativo. En esta modalidad, los niños gustan de hacer todos la misma
actividad —por ejemplo, jugar con la arena—, pero sin que se produzca intercambio entre ellos.
A partir de los 3 años, dan comienzo los juegos de cooperación. Entonces ya es posible intercambiar juguetes y compartir en suma el tiempo del ocio, pero teniendo en cuenta que el jugar colectivamente es un hito que el niño alcanza poco a poco. De ahí que una regla a tener en cuenta por los adultos sea la de invitar a un solo compañero a que comparta el juego con el pequeño.
Otra cosa muy distinta es que los padres jueguen con sus hijos. Esto es posible y necesario desde los primeros meses de vida, aunque a muchos padres les cueste abandonar su esfera adulta para rebajarse al nivel del juego infantil. Sea como fuere, hay que aprender a jugar con un niño, a idear juegos espontáneos, a contar historias fantásticas, etc. Los niños aprenden jugando, ciertamente, pero no es menos cierto que también los adultos pueden aprender tanto como ellos.

Juegos con reglas
Jugar adquiere progresivamente con la edad mayor riqueza. El simbolismo Indico, presente durante la mayor parte de la infancia en mayor o menor grado. va abriendo paso paulatinamente a los juegos con reglas, cuya complejidad crece con el paso del tiempo y la mayor apertura hacia los demás. Éstos empiezan a manifestarse en torno a los siete u ocho años de edad y persisten hasta los once u doce. En la adolescencia, los juegos con reglas dan lugar a la práctica de los deportes y de otras actividades cada vez más socializadas.

Los valores éticos
¿Qué valores éticos deben potenciarse en el seno de la familia? Es fundamental, desde luego, la creación de hábitos de raciocinio, de orden, de trabajo, de higiene. Y no lo es menos el fomentar la adquisición de los valores éticos reconocidos en una sociedad democrática, que posibilitarán la integración activa del hijo en la misma, de un modo no forzado, sin producirse elementos de choque. Estos valores fundamentales pueden resumirse así:
—La tolerancia, la actitud de diálogo, el respeto a las ideas de los demás.
—La cooperación, que conducirá al niño cuando sea adulto a intercambiar lo que pueda ofrecer de sí mismo con lo que reciba de los demás, y que le hará reaccionar solidariamente ante las injusticias y los sufrimientos ajenos.
—El esfuerzo, el gusto por lo bien hecho.
—La responsabilidad y la sinceridad.
—El espíritu crítico ante la realidad, motor de una actitud creativa y constructiva.
—La alegría de vivir, la ilusión, el interés por el mundo que le rodea, la lucha contra la apatía y el inmovilismo.
La escuela, por su parte, debe fomentar también estos valores. De nuevo aparece aquí la colaboración familia-escuela como imprescindible para una equilibrada educación de los hijos. Padres y educadores deben seguir una misma línea coherente. Para ello es necesario que los padres elijan una escuela con la que compartan objetivos y procedimientos, con la que puedan establecer, en fin, un diálogo cómodo y enriquecedor que les permita un exacto seguimiento de la evolución de su hijo.

Autoridad y afecto
La gran aportación de estos últimos decenios ha sido la liberación de la mujer y su inserción en el mundo del trabajo, que han modificado la función del padre y de la madre en el seno de la familia. Así, la autoridad y el afecto ya no son exclusivos ni del uno ni del otro. La autoridad, que debería entenderse sólo como indicadora de límites referenciales que ayuden al hijo en la evolución de su libertad y la adquisición de su autonomía, proviene actualmente del padre y de la madre. Y. asimismo, el afecto es ofrecido por ambos.
Este trasvase de funciones es impulsado por las distintas responsabilidades que el hombre y la mujer tienen en la sociedad actual. El trabajo de la mujer fuera de casa conlleva el compartir a menudo, entre los dos miembros de la pareja, las tareas y responsabilidades del hogar. Cuando el padre juega con el hijo, le da el biberón o le baña establece con él una relación más afectiva que autoritaria. Por otra parte, el trabajo de la madre le confiere una autonomía y una autoridad que antes no tenía.
A veces, los padres se ven obligados, por falta de otros recursos, a utilizar castigos y premios. El castigo es utilizado para corregir al niño sus conductas negativas. En muchas ocasiones, sin embargo, es impuesto como represalia, como muestra de la impotencia del adulto frente al comportamiento del niño. En este caso, el castigo genera, sin duda, culpabilidad y agresividad.
Da mejores resultados, y no daña la relación con los hijos, la actitud de escuchar al niño, dialogar y razonar con él, estimular la superación de sus fallas, concederle un margen de confianza, conseguir mediante el afecto un progresivo cambio en su conducta. En todo caso, si se impone una sanción, ésta debe ser coherente con la falta, ha de tener un sentido que el niño comprenda y debe evitarse siempre el resentimiento.
Los premios, pensados en principio para estimular al niño, pierden con frecuencia este carácter de estímulo y se convierten para él en el único objetivo a conseguir. El interés se centra entonces en el premio como fin y no en la actividad misma.

La evolución de la familia
La historia de la humanidad ha establecido en todas las civilizaciones unas pautas de relación entre padres e hijos, que han ido evolucionando con los cambios estructurales que se suceden en cada cultura. Los vínculos familiares han sido considerados, desde hace siglos, como la base para un buen orden político-social. Y estos vínculos han tenido un esquema propio en las modernas sociedades: la jerarquía familiar, con la incuestionada autoridad del cabeza de familia, el padre.
Actualmente se habla de una crisis de valores, de una crisis de la institución familiar. ¿Es eso cierto? ¿Qué ha sucedido realmente? Los cambios económico-sociales originados por la urbanización y la industrialización —junto con la evolución de la ciencia y de la moral— han generado nuevas formas de vida que han alterado tanto las relaciones en el seno de la familia como el rol de ésta en la sociedad. Hoy en día se está a años-luz de aquella comunidad patriarcal y rural, que fue modelo arquetípico durante siglos. Y, sin embargo, parece cierto que no se ha encontrado alternativa alguna al papel desempeñado por la familia; de ahí que no pueda sustituirse de ningún modo la labor del padre o de la madre.

FAMILIA Y EDUCACIÓN
Es en el seno de la familia donde el niño realiza su primer contacto con el mundo que le rodea. Ya al nacer, recibe del entorno familiar los primeros estímulos que condicionarán el desarrollo de su personalidad. Pero el hecho de nacer en un entorno o en otro, en un medio social elevado o en uno de nivel inferior, en la ciudad que dispone de una infraestructura cultural sólida o en un medio rural con deficiencias de todo tipo de recursos, etc., constituye un hecho diferencial que sitúa al niño en el comienzo de un engranaje que le conducirá a un determinado nivel de cultura y a un concreto status social.
Sin embargo, si bien es cierto que el medio a que pertenece la familia es determinante de la futura formación del niño, no hay que olvidar que es precisamente en el interior del núcleo familiar donde se cultivan más estrechamente los restantes condicionamientos de la evolución de la personalidad: el afecto, el cuidado físico, el aprendizaje del lenguaje, la progresiva autonomía, la imitación de unas conductas, etc. La guardería, el parvulario y la escuela complementarán más tarde esta labor familiar, pero sus logros dependerán en parte de ésta.