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Tareas del hogar que los niños pueden hacer

Sacar la bolsa de basura.
Guardar sus juguetes: por supuesto, les facilitaremos la tarea si les proporcionamos un buen sistema de cajas y cestos.
Hacer la cama los fines de semana.
Juntar los diarios de la semana: será más divertido si organizamos una expedición a la búsqueda y captura de revistas y diarios viejos por toda la casa
Ayudar a meter los alimentos en la heladera: sacar los productos
de las bolsas, guardar los congelados, retirar el plástico a los paquetes…
Ordenar, una vez al mes, su ropa y su calzado en el placard. ¿Una ayudita?: los zapatos, por colores; las prendas que más utilizan, abajo; las del fin de semana, arriba; el equipo de gimnasia o de la actividad extraescolar (baile, fútbol…) a mano, en un cajón especial.
Regar las plantas (una vez a la semana): les gustará especialmente si tienen alguna a su cargo, a la que pueden poner nombre y medir cuánto crece (o contar las hojas nuevas).

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Lo que los niños pueden hacer

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Qué les podemos pedir:
Ayudar a poner y levantar la mesa: si los nombramos encargados del pan, el salero y las servilletas, se lo tomarán como un juego.
Hacer de “pinches” en la cocina: con los postres (preparando flanes, gelatinas…) o dando una mano en recetas sencillas (machacar el ajo y el perejil, pelar huevos cocidos, lavar los ingredientes de la ensalada…). Pero ojo, todavía es demasiado pronto para manejar
cuchillos, cocinar con fuego o lavar recipientes
Dar de comer ai perro o al gato (o a la mascota que tengamos en
casa) al menos una vez a la semana o a una hora determinada del día.
Separar la ropa seca (blanca o de color), doblar la que ya está planchada o llevar su ropa sucia al cesto.

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Recompensa por hacer las tareas

Escrito por admin en La familia y educacion

Cuándo hay que premiarlos
Por supuesto que no tenemos que recompensarlos cada vez que nos ayuden, pero de vez en cuando constituye un buen aliciente para que adopten un comportamiento responsable. Los castigos, en cambio, no son efectivos ni proporcionan al chico el sentimiento de ser querido (antes que castigarlo, es mejor retirar el premio que habíamos acordado). Si se niega a guardar sus juguetes, hay que razonar con él y averiguar por qué le cuesta tanto hacerlo, o ensayar un sistema más práctico para llevarlo a cabo. Otra estrategia es hacer desaparecer temporalmente lo que hayamos tenido que ordenar nosotros, aunque brindándole la opción de recuperarlo a cambio de una tarea extra.
Los premios no tienen por qué ser siempre tangibles e inmediatos (juguetes, libritos…). Una actividad divertida, (juegos en familia, ira la plaza con la bici…) o un regalo canjeable (estrellas acumulativas para conseguir algo especial) son también adecuados. Pero el premio más importante es nuestro afecto: interesarnos por cómo hace la tarea y felicitarlo cuando le sale bien (o lo intenta).

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Actividades del hogar

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Colaborarán de buena gana si…
■ Valoramos siempre su aporte, por pequeño que sea. Si se encarga de doblar las servilletas y guardarlas en su sitio, nunca está de más elogiar su buena disposición y su toque personal (su especial cuidado en sacudir las miguitas de pan). De este modo se sentirá recompensado y favorecemos otros comportamientos afines, como llevar el pan a la mesa, preparar la frutera…
■ Manifestamos aprecio por el trabajo bien hecho, pero somos también comprensivos y tolerantes con los errores.
■ Variamos las tareas para evitar el aburrimiento o convertimos alguna labor cotidiana en un juego (por ejemplo, al poner la mesa, él hace de mozo y nosotros de clientes y, al terminar, invertimos los papeles).
■ Predicamos con el ejemplo: todo el mundo ayuda en casa, incluido papá, claro.
■ No criticamos cómo realiza la labor ni la finalizamos por él o la hacemos de nuevo (su cuarto lo arreglamos mejor nosotros, sin duda, y más rapidito, pero hay que darle la oportunidad de mejorar).
■ Elaboramos una lista semanal con las tareas que puede hacer: si incluimos alguna que diga “A saltar en una pata” o “Quién come una galletita”, haremos el trabajo divertido.
■ Le explicamos por qué hay que ordenar o lim-
piar: de esta manera comprenderá su parte de responsabilidad y el lugar importante que ocupa dentro de la familia.
■ Establecemos plazos razonables: “Antes de que mamá regrese a casa” o “Para la hora de la merienda”. No tener que hacerlo inmediatamente le da la opción de realizar la tarea en el momento que él considere oportuno.
■ Definimos claramente el trabajo. Si le pedimos a un chico de cinco o seis años que deje el baño seco después de ducharse, probablemente no sabrá
ni por dónde empezar. Invitarlo a colgar la toalla y llevar la ropa que se ha quitado al lavarropa son, en cambio, instrucciones claras y fáciles de seguir.
Hay muchas tareas con las que los chicos pueden aportar su granito de arena al bienestar familiar (ver recuadro de al lado); pero, por supuesto, no se trata de adjudicarles todas, sino de que les asignemos unas pocas en función de sus predilecciones y habilidades.
Y no olvidemos que con estos ayudantes tan pequeños es necesario reducir las exigencias y el tiempo de ejecución: no se trata de tener la casa mejor cuidada de toda la ciudad, sino de educar chicos responsables, integrados en la familia y, sobre todo, felices.

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Tareas del hogar

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Si lo acostumbramos desde chiquito a seguir una rutina en las actividades que implican cierto compromiso, resultará más fácil en el futuro ir delegando en él nuevas y mayores responsabilidades de forma natural.
Todos los chicos pueden ayudar en el hogar si tenemos paciencia y no esperamos perfección. Antes que nada hay que tener en cuenta sus capacidades y, por supuesto, sus preferencias: es una tontería pedir a nuestro hijo que barra la cocina, por ejemplo, cuando lo que más le gusta es doblar la ropa. Sus pequeños aportes tampoco deben restarle tiempo para las tareas del colé ni, por supuesto, para jugar, descansar o ir a un cumpleaños.
No es tan difícil acertar con lo que le resulta más atractivo: basta con preguntárselo directamente o ser un poco observador. Si le gusta jugar a las ventas, aceptará encantado nuestra sugerencia de meter sus juguetes en cajas, como si los estuviera empaquetando, o de ayudarnos a doblar la ropa como hacen en “su negocio”. Hay que comenzar por acciones sencillas (de ser posible, interesantes), valorando su esfuerzo y la utilidad de su aplicación. Así, poco a poco, irá emprendiendo tareas más laboriosas o de mayor responsabilidad.

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Ayudar con las tareas en casa

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Tenemos que darles nuestra aprobación

A los cinco y seis años, una de las grandes necesidades del chico es recibir el afecto y el consentimiento de los adultos. Como su comportamiento es en gran parte imitativo, no le resultará difícil acercarse a aquellos que más admira (sus papas), dispuesto a ayudar en lo que sea necesario. Y se sentirá muy satisfecho de sí mismo (nos complace y nos es útil) si lo animamos a que colabore en trabajos cotidianos sencillos, como llevar un paquete de las compras o pasar el plumero. Es más: se desenvolverá mucho mejor en clase si previamente ha aprendido parte de las conductas de convivencia y cooperación en casa.

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Ayudar en casa

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Juego y aprendizaje
Que los chicos colaboren en las labores domésticas es un largo aprendizaje, y debe empezar en la primera infancia: si nunca han dado una mano, pretender que lo hagan después (cuando sean más grandes) puede ser una obra de titanes.
Instruir a un chico en las habilidades propias de los trabajos caseros es tan importante como enseñarle a hablar o a caminar con soltura. Cuando nos ayuda a ordenar unos libros o se encarga de separar la ropa blanca de la de color, está aprendiendo una serie de comportamientos simples que darán lugar a una conducta compleja. No es lo mismo cumplir una orden sencilla (“Quiero que dejes la campera en el placard, por favor”) que otra que exige mayor cuidado (“¿Vas a servir el agua en los vasos?”). Este último pedido implica acciones más precisas: abrir la heladera, desenroscar la tapita de la botella, controlar la cantidad de agua…
Al inculcar a nuestros hijos pequeñas responsabilidades, potenciamos otras muchas capacidades clave para su sociabilización y desarrollo: la toma de decisiones, la independencia, la convivencia con los demás, la valoración del propio esfuerzo y el de los otros. Y reforzamos, de paso, su autoestima.

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Los niños en las fiestas

4-6 AÑOS
A estas edades es cuando realmente empiezan a comprender el espíritu navideño. Se mostrarán encantados de participar en la decoración y preparativos de la casa, y querrán hacer regalos a todo el mundo. Es una etapa muy importante: las galletitas preparadas con su ayuda, las compras y decoración del arbolito, y las tardes hogareñas con papá y mamá quedarán fuertemente grabadas en su memoria. Son los momentos que aportan la seguridad y el calor que caracterizan a las personas alegres, fuertes y cariñosas.
Para decidir si puede acompañarnos o no a todas las fiestas, debemos ofrecerle la alternativa: “Vamos a ver a los tíos. ¿O te gusta más quedarte con Sandra?” Ya es lo suficientemente grande para recordar si desea estar allí o lo pasa mejor con la niñera. Si la celebración incluye a toda la familia, debemos procurar que haya un cuarto tranquilo donde pueda retirarse cuando se haya cansado.
Y cuidado con andar todo el día detrás de los chicos gritando “no hagas”, “no digas” y “no toques”. Las normas habituales siguen vigentes y los horarios y modales no deben alterarse, pero resulta molesto y contraproducente agregar nuevas condiciones a su lista.

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Corralitos

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Mis dos hijos mayores se llevan 14 meses, y muchas veces he dejado en el corralito al mayor, mientras atendía al pequeño. No tenía más remedio, igual que cuando trajinaba en la cocina. Existen algunos modelos con ruedas que se trasladan fácilmente de una habitación a otra. El mío ni siquiera entraba en la cocina; se atascaba en la puerta. Pero aún así mi hijo mayor se quedaba tan contento pudiendo asomar la cabeza al lugar donde estaba yo. Le alcanzaba cucharas de madera, tapaderas para hacer ruido o botes de plástico. Mientras daba la comida al pequeño, sentado en su trona. o preparaba la papilla para lo dos, hablaba o cantaba a ambos. Sin un poco de imaginación, una madre está totalmente perdida. Los sistemas rígidos no funcionan nunca. Aunque sean sistemas amplios no dejan de ser sistemas. El mobiliario de la casa es precioso, los niños son preciosos, la madre es preciosa: el equilibrio consiste en reconocer prioridades y obrar tal como las necesidades de cada momento lo requieran.

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Corralitos bebes

Escrito por admin en La familia y educacion

En algunas circunstancias, el corralito no es tan malo como estos educadores lo pintan. Hemos hablado de acondicionar la casa quitando de enmedio todas las fuentes de peligro para los niños. En la cocina esto no es posible. Me parece mucho más humano que la madre que está preparando la comida tenga al niño a su lado en el corral, en vez de al otro lado del pasillo en un cuarto de niños más amplio y estupendamente acondicionado.

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