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Enseñar respeto a nuestros hijos

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Cuando le ordeno algo, me pega

El cariño no está reñido con la autoridad; al contrario: a veces es necesario actuar con energía. Cuando mandes algo a tu luja, está bien que le des explicaciones, pero eso no implica que tengas que entrar en discusiones ni ceder a sus exigencias. Deberás mostrarle tu malestar y explicarle que no puede reaccionar bajo ninguna excusa de esa manera. Esto no impide, por supuesto, que en los buenos momentos, y en general, seas muy cariñosa con ella.

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Enseñar a ir al baño

Pide que le ponga el pañal antes de hacer caca

Nuestro consejo es que le sigas permitiendo a tu hija que haga caca en el pañal. En este asunto, las tensiones y retos complican las cosas en lugar de solucionarlas. Es verdad que, a los tres años, muchos chicos controlan los esfínteres por completo, pero hasta los cuatro no cabe hablar de un auténtico atraso. Deberás darle tiempo al tiempo, tener tacto y paciencia, y no presionar a la nena. Para decidirse a hacer caca en el inodoro o en la pélela, tu hija necesita sentir que es ella quien lo resuelve, no que se lo imponen. Trata de crear las condiciones para que pueda vivirlo así.

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Comportamiento en la escuela

Mi hijo les pega a los otros chicos
Alrededor de los cinco años, y a veces antes, algunos chicos demuestran una gran agresividad hacia los demás pequeños. Esto crea no pocos problemas a sus padres, ya que deben enfrentarse a quejas constantes, pero sobre todo es peligroso para los propios chicos, que suelen quedarse aislados cuando lo que más desean es afecto. Reflexionar sobre el tema. Los padres deben preguntarse si no serán ellos un poco “sueltos de mano” (en estas cosas suele cundir el ejemplo). También puede ser que les digan a cada momento: “Como sigas molestando te voy a dar a un bife”, y de esa forma le den ideas a su hijo. Cómo actuar. Cada vez que un chico les pegue a sus compañeros, debemos separarlo del grupo con firmeza, pero sin violencia y con total tranquilidad. Habrá que decirle además: “Como no sabes jugar con tus amigos, tendrás que jugar solo. Volverás cuando sepas controlarte”. Una vez que se calme lo haremos comprender, con buenos modos, que no puede enojarse a cada momento y menos aún pegar. El niño de esta edad es muy influenciable y en realidad está deseando agradarnos y hacer amigos. Si dice que no puede contenerse o reincide, no nos desanimemos. Debemos mostrarle nuestra confianza en que aprenderá a controlarse y que así se divertirá más y tendrá amigos. Los elogios ayudan. Tan importante o más que lo anterior es reconocerle sus progresos. “Hoy jugaste muy bien”, “Mira qué bien lo pasas y cómo te quieren ahora los otros chicos”. Es bueno elogiarlo por ser amistoso y comunicativo, y explicarle sus ventajas. Apenas está saliendo de su egocentrismo y, a veces, le cuesta adaptarse a las normas del juego compartido.

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Tareas del hogar que los niños pueden hacer

Sacar la bolsa de basura.
Guardar sus juguetes: por supuesto, les facilitaremos la tarea si les proporcionamos un buen sistema de cajas y cestos.
Hacer la cama los fines de semana.
Juntar los diarios de la semana: será más divertido si organizamos una expedición a la búsqueda y captura de revistas y diarios viejos por toda la casa
Ayudar a meter los alimentos en la heladera: sacar los productos
de las bolsas, guardar los congelados, retirar el plástico a los paquetes…
Ordenar, una vez al mes, su ropa y su calzado en el placard. ¿Una ayudita?: los zapatos, por colores; las prendas que más utilizan, abajo; las del fin de semana, arriba; el equipo de gimnasia o de la actividad extraescolar (baile, fútbol…) a mano, en un cajón especial.
Regar las plantas (una vez a la semana): les gustará especialmente si tienen alguna a su cargo, a la que pueden poner nombre y medir cuánto crece (o contar las hojas nuevas).

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Lo que los niños pueden hacer

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Qué les podemos pedir:
Ayudar a poner y levantar la mesa: si los nombramos encargados del pan, el salero y las servilletas, se lo tomarán como un juego.
Hacer de “pinches” en la cocina: con los postres (preparando flanes, gelatinas…) o dando una mano en recetas sencillas (machacar el ajo y el perejil, pelar huevos cocidos, lavar los ingredientes de la ensalada…). Pero ojo, todavía es demasiado pronto para manejar
cuchillos, cocinar con fuego o lavar recipientes
Dar de comer ai perro o al gato (o a la mascota que tengamos en
casa) al menos una vez a la semana o a una hora determinada del día.
Separar la ropa seca (blanca o de color), doblar la que ya está planchada o llevar su ropa sucia al cesto.

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Recompensa por hacer las tareas

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Cuándo hay que premiarlos
Por supuesto que no tenemos que recompensarlos cada vez que nos ayuden, pero de vez en cuando constituye un buen aliciente para que adopten un comportamiento responsable. Los castigos, en cambio, no son efectivos ni proporcionan al chico el sentimiento de ser querido (antes que castigarlo, es mejor retirar el premio que habíamos acordado). Si se niega a guardar sus juguetes, hay que razonar con él y averiguar por qué le cuesta tanto hacerlo, o ensayar un sistema más práctico para llevarlo a cabo. Otra estrategia es hacer desaparecer temporalmente lo que hayamos tenido que ordenar nosotros, aunque brindándole la opción de recuperarlo a cambio de una tarea extra.
Los premios no tienen por qué ser siempre tangibles e inmediatos (juguetes, libritos…). Una actividad divertida, (juegos en familia, ira la plaza con la bici…) o un regalo canjeable (estrellas acumulativas para conseguir algo especial) son también adecuados. Pero el premio más importante es nuestro afecto: interesarnos por cómo hace la tarea y felicitarlo cuando le sale bien (o lo intenta).

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Actividades del hogar

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Colaborarán de buena gana si…
■ Valoramos siempre su aporte, por pequeño que sea. Si se encarga de doblar las servilletas y guardarlas en su sitio, nunca está de más elogiar su buena disposición y su toque personal (su especial cuidado en sacudir las miguitas de pan). De este modo se sentirá recompensado y favorecemos otros comportamientos afines, como llevar el pan a la mesa, preparar la frutera…
■ Manifestamos aprecio por el trabajo bien hecho, pero somos también comprensivos y tolerantes con los errores.
■ Variamos las tareas para evitar el aburrimiento o convertimos alguna labor cotidiana en un juego (por ejemplo, al poner la mesa, él hace de mozo y nosotros de clientes y, al terminar, invertimos los papeles).
■ Predicamos con el ejemplo: todo el mundo ayuda en casa, incluido papá, claro.
■ No criticamos cómo realiza la labor ni la finalizamos por él o la hacemos de nuevo (su cuarto lo arreglamos mejor nosotros, sin duda, y más rapidito, pero hay que darle la oportunidad de mejorar).
■ Elaboramos una lista semanal con las tareas que puede hacer: si incluimos alguna que diga “A saltar en una pata” o “Quién come una galletita”, haremos el trabajo divertido.
■ Le explicamos por qué hay que ordenar o lim-
piar: de esta manera comprenderá su parte de responsabilidad y el lugar importante que ocupa dentro de la familia.
■ Establecemos plazos razonables: “Antes de que mamá regrese a casa” o “Para la hora de la merienda”. No tener que hacerlo inmediatamente le da la opción de realizar la tarea en el momento que él considere oportuno.
■ Definimos claramente el trabajo. Si le pedimos a un chico de cinco o seis años que deje el baño seco después de ducharse, probablemente no sabrá
ni por dónde empezar. Invitarlo a colgar la toalla y llevar la ropa que se ha quitado al lavarropa son, en cambio, instrucciones claras y fáciles de seguir.
Hay muchas tareas con las que los chicos pueden aportar su granito de arena al bienestar familiar (ver recuadro de al lado); pero, por supuesto, no se trata de adjudicarles todas, sino de que les asignemos unas pocas en función de sus predilecciones y habilidades.
Y no olvidemos que con estos ayudantes tan pequeños es necesario reducir las exigencias y el tiempo de ejecución: no se trata de tener la casa mejor cuidada de toda la ciudad, sino de educar chicos responsables, integrados en la familia y, sobre todo, felices.

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Tareas del hogar

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Si lo acostumbramos desde chiquito a seguir una rutina en las actividades que implican cierto compromiso, resultará más fácil en el futuro ir delegando en él nuevas y mayores responsabilidades de forma natural.
Todos los chicos pueden ayudar en el hogar si tenemos paciencia y no esperamos perfección. Antes que nada hay que tener en cuenta sus capacidades y, por supuesto, sus preferencias: es una tontería pedir a nuestro hijo que barra la cocina, por ejemplo, cuando lo que más le gusta es doblar la ropa. Sus pequeños aportes tampoco deben restarle tiempo para las tareas del colé ni, por supuesto, para jugar, descansar o ir a un cumpleaños.
No es tan difícil acertar con lo que le resulta más atractivo: basta con preguntárselo directamente o ser un poco observador. Si le gusta jugar a las ventas, aceptará encantado nuestra sugerencia de meter sus juguetes en cajas, como si los estuviera empaquetando, o de ayudarnos a doblar la ropa como hacen en “su negocio”. Hay que comenzar por acciones sencillas (de ser posible, interesantes), valorando su esfuerzo y la utilidad de su aplicación. Así, poco a poco, irá emprendiendo tareas más laboriosas o de mayor responsabilidad.

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Ayudar con las tareas en casa

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Tenemos que darles nuestra aprobación

A los cinco y seis años, una de las grandes necesidades del chico es recibir el afecto y el consentimiento de los adultos. Como su comportamiento es en gran parte imitativo, no le resultará difícil acercarse a aquellos que más admira (sus papas), dispuesto a ayudar en lo que sea necesario. Y se sentirá muy satisfecho de sí mismo (nos complace y nos es útil) si lo animamos a que colabore en trabajos cotidianos sencillos, como llevar un paquete de las compras o pasar el plumero. Es más: se desenvolverá mucho mejor en clase si previamente ha aprendido parte de las conductas de convivencia y cooperación en casa.

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Ayudar en casa

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Juego y aprendizaje
Que los chicos colaboren en las labores domésticas es un largo aprendizaje, y debe empezar en la primera infancia: si nunca han dado una mano, pretender que lo hagan después (cuando sean más grandes) puede ser una obra de titanes.
Instruir a un chico en las habilidades propias de los trabajos caseros es tan importante como enseñarle a hablar o a caminar con soltura. Cuando nos ayuda a ordenar unos libros o se encarga de separar la ropa blanca de la de color, está aprendiendo una serie de comportamientos simples que darán lugar a una conducta compleja. No es lo mismo cumplir una orden sencilla (“Quiero que dejes la campera en el placard, por favor”) que otra que exige mayor cuidado (“¿Vas a servir el agua en los vasos?”). Este último pedido implica acciones más precisas: abrir la heladera, desenroscar la tapita de la botella, controlar la cantidad de agua…
Al inculcar a nuestros hijos pequeñas responsabilidades, potenciamos otras muchas capacidades clave para su sociabilización y desarrollo: la toma de decisiones, la independencia, la convivencia con los demás, la valoración del propio esfuerzo y el de los otros. Y reforzamos, de paso, su autoestima.

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