
4-6 AÑOS
A estas edades es cuando realmente empiezan a comprender el espíritu navideño. Se mostrarán encantados de participar en la decoración y preparativos de la casa, y querrán hacer regalos a todo el mundo. Es una etapa muy importante: las galletitas preparadas con su ayuda, las compras y decoración del arbolito, y las tardes hogareñas con papá y mamá quedarán fuertemente grabadas en su memoria. Son los momentos que aportan la seguridad y el calor que caracterizan a las personas alegres, fuertes y cariñosas.
Para decidir si puede acompañarnos o no a todas las fiestas, debemos ofrecerle la alternativa: “Vamos a ver a los tíos. ¿O te gusta más quedarte con Sandra?” Ya es lo suficientemente grande para recordar si desea estar allí o lo pasa mejor con la niñera. Si la celebración incluye a toda la familia, debemos procurar que haya un cuarto tranquilo donde pueda retirarse cuando se haya cansado.
Y cuidado con andar todo el día detrás de los chicos gritando “no hagas”, “no digas” y “no toques”. Las normas habituales siguen vigentes y los horarios y modales no deben alterarse, pero resulta molesto y contraproducente agregar nuevas condiciones a su lista.

Mis dos hijos mayores se llevan 14 meses, y muchas veces he dejado en el corralito al mayor, mientras atendía al pequeño. No tenía más remedio, igual que cuando trajinaba en la cocina. Existen algunos modelos con ruedas que se trasladan fácilmente de una habitación a otra. El mío ni siquiera entraba en la cocina; se atascaba en la puerta. Pero aún así mi hijo mayor se quedaba tan contento pudiendo asomar la cabeza al lugar donde estaba yo. Le alcanzaba cucharas de madera, tapaderas para hacer ruido o botes de plástico. Mientras daba la comida al pequeño, sentado en su trona. o preparaba la papilla para lo dos, hablaba o cantaba a ambos. Sin un poco de imaginación, una madre está totalmente perdida. Los sistemas rígidos no funcionan nunca. Aunque sean sistemas amplios no dejan de ser sistemas. El mobiliario de la casa es precioso, los niños son preciosos, la madre es preciosa: el equilibrio consiste en reconocer prioridades y obrar tal como las necesidades de cada momento lo requieran.

En algunas circunstancias, el corralito no es tan malo como estos educadores lo pintan. Hemos hablado de acondicionar la casa quitando de enmedio todas las fuentes de peligro para los niños. En la cocina esto no es posible. Me parece mucho más humano que la madre que está preparando la comida tenga al niño a su lado en el corral, en vez de al otro lado del pasillo en un cuarto de niños más amplio y estupendamente acondicionado.





Algunos educadores, conscientes de que el corralito limita el afán de descubrir cosas y moverse, recomiendan darle al niño esta libertad de movimientos acondicionando una habitación entera para él y poner luego una reja en la puerta. A mí me parece que con ello se quedan a mitad de camino. Sólo amplían un poco los límites de la cárcel. Los niños, entre excursión y excursión a lo desconocido, siempre vuelven a buscar la presencia de la madre, y sería una crueldad poner una reja entre medias.

La cuestión de la vivienda juega un papel importantísimo en la educación de un niño. La mera existencia de determinados objetos lleva a los padres a emplear medidas represivas, aun en contra de su voluntad.
El estilo de vivir, la manera de amueblar la vivienda, nos dice mucho acerca de las cualidades como padres de la pareja. Podríamos distinguir entre tres tipos: Los primeros —posiblemente más extendidos de lo que parece— no se casan hasta que tengan todo «bien puesto». Su orgullo es mostrar a los amigos y familiares un pisito «mono», decorado con gusto y en el que no falta nada. La llegada de un niño estropea inmediatamente el esquema. Empieza a oler a pañales y todo deja de estar tan ordenado como antes. Al principio, esto todavía se puede camuflar, pero cuando el bebé empieza gatear y andar, necesariamente aparecen las represiones. Comienzan las prohibiciones, los cachetes, el constante «no». El tener que estar «siempre encima» pone nerviosos tanto a la madre como al niño.

El corralito y los muebles
A medida que el niño vaya creciendo, tratará de ampliar cada vez más su horizonte. Su deseo de comunicación le hace seguir a la madre o a la persona que le cuida a todas las partes de la casa, y su espíritu de investigación le lleva a tocar y desarmar todo lo que hay dentro de ella. Cuando el bebé empieza a gatear, a los padres les llega su hora de la verdad, en la que tienen que demostrar dónde está su corazón, en los muebles o en su hijo.
Si dan preferencia al mobiliario, encerrarán al niño en un corralito, le darán unos cuantos juguetes y asunto concluido. Si aman más a su hijo, tendrán que prepararse para una serie de cambios. Lo primero que tienen que hacer es poner la casa a prueba de niños en lo que se refiere a su seguridad:
—cubrir todos los enchufes eléctricos con una tapa de seguridad, para que no pueda hurgar en ellos (a los niños les encanta meter cosas en los agujeros);
—quitar todos los cables sueltos, cortinajes largos, manteles (se pueden enredar, ahogar, tirarse encima toda la galería de las cortinas o la cafetera caliente que hay encima de la mesa);
—guardar bajo llave medicamentos, detergentes, bebidas alcohólicas, tabaco, cerillas, etc. (algunos niños se beben también el agua de los floreros, que puede resultar igualmente peligrosa);
—levantar una malla de tela de alambre en balcones, terrazas y ventanas (los niños aprenden a trepar antes de lo que se piensa);
—en caso de que el niño tenga acceso a la calle o a una escalera, poner algún tipo de barrera;
—no dejarle entrar sin vigilancia en la cocina; aquí acechan tantos peligros que es imposible eliminarlos todos.

JUGAR CON EL NIÑO
El mejor juguete del bebé, se ha dicho y con razón, es la madre. Todo es juego en esta relación simbiótica de los primeros meses de la vida. Mirar, tocar, hablar, cantar… Todos los procedimientos que una madre utiliza con el objeto de hacer durar algo que es interesante para el bebé son juego.
Pero el bebé crece. Ya es un niño que gatea y que empieza a balbucear las primeras palabras. ¿Tiene que jugar solo o acompañado? En una primera etapa, que se prolonga hasta los dos años, el niño no tiene aún capacidad para jugar con los otros. El juego es, por tanto, solitario. Es inútil en este momento empeñarse en que se compartan los juguetes, y mucho más tratar de organizar juegos entre dos o más niños.
En una etapa subsiguiente, el juego se hace paralelo. Al niño le gusta entonces estar con otros niños, pero jugando individualmente con sus cosas. Una variante de este jugar en paralelo es el juego asociativo. En esta modalidad, los niños gustan de hacer todos la misma
actividad —por ejemplo, jugar con la arena—, pero sin que se produzca intercambio entre ellos.
A partir de los 3 años, dan comienzo los juegos de cooperación. Entonces ya es posible intercambiar juguetes y compartir en suma el tiempo del ocio, pero teniendo en cuenta que el jugar colectivamente es un hito que el niño alcanza poco a poco. De ahí que una regla a tener en cuenta por los adultos sea la de invitar a un solo compañero a que comparta el juego con el pequeño.
Otra cosa muy distinta es que los padres jueguen con sus hijos. Esto es posible y necesario desde los primeros meses de vida, aunque a muchos padres les cueste abandonar su esfera adulta para rebajarse al nivel del juego infantil. Sea como fuere, hay que aprender a jugar con un niño, a idear juegos espontáneos, a contar historias fantásticas, etc. Los niños aprenden jugando, ciertamente, pero no es menos cierto que también los adultos pueden aprender tanto como ellos.

Juegos con reglas
Jugar adquiere progresivamente con la edad mayor riqueza. El simbolismo Indico, presente durante la mayor parte de la infancia en mayor o menor grado. va abriendo paso paulatinamente a los juegos con reglas, cuya complejidad crece con el paso del tiempo y la mayor apertura hacia los demás. Éstos empiezan a manifestarse en torno a los siete u ocho años de edad y persisten hasta los once u doce. En la adolescencia, los juegos con reglas dan lugar a la práctica de los deportes y de otras actividades cada vez más socializadas.

Los valores éticos
¿Qué valores éticos deben potenciarse en el seno de la familia? Es fundamental, desde luego, la creación de hábitos de raciocinio, de orden, de trabajo, de higiene. Y no lo es menos el fomentar la adquisición de los valores éticos reconocidos en una sociedad democrática, que posibilitarán la integración activa del hijo en la misma, de un modo no forzado, sin producirse elementos de choque. Estos valores fundamentales pueden resumirse así:
—La tolerancia, la actitud de diálogo, el respeto a las ideas de los demás.
—La cooperación, que conducirá al niño cuando sea adulto a intercambiar lo que pueda ofrecer de sí mismo con lo que reciba de los demás, y que le hará reaccionar solidariamente ante las injusticias y los sufrimientos ajenos.
—El esfuerzo, el gusto por lo bien hecho.
—La responsabilidad y la sinceridad.
—El espíritu crítico ante la realidad, motor de una actitud creativa y constructiva.
—La alegría de vivir, la ilusión, el interés por el mundo que le rodea, la lucha contra la apatía y el inmovilismo.
La escuela, por su parte, debe fomentar también estos valores. De nuevo aparece aquí la colaboración familia-escuela como imprescindible para una equilibrada educación de los hijos. Padres y educadores deben seguir una misma línea coherente. Para ello es necesario que los padres elijan una escuela con la que compartan objetivos y procedimientos, con la que puedan establecer, en fin, un diálogo cómodo y enriquecedor que les permita un exacto seguimiento de la evolución de su hijo.

Autoridad y afecto
La gran aportación de estos últimos decenios ha sido la liberación de la mujer y su inserción en el mundo del trabajo, que han modificado la función del padre y de la madre en el seno de la familia. Así, la autoridad y el afecto ya no son exclusivos ni del uno ni del otro. La autoridad, que debería entenderse sólo como indicadora de límites referenciales que ayuden al hijo en la evolución de su libertad y la adquisición de su autonomía, proviene actualmente del padre y de la madre. Y. asimismo, el afecto es ofrecido por ambos.
Este trasvase de funciones es impulsado por las distintas responsabilidades que el hombre y la mujer tienen en la sociedad actual. El trabajo de la mujer fuera de casa conlleva el compartir a menudo, entre los dos miembros de la pareja, las tareas y responsabilidades del hogar. Cuando el padre juega con el hijo, le da el biberón o le baña establece con él una relación más afectiva que autoritaria. Por otra parte, el trabajo de la madre le confiere una autonomía y una autoridad que antes no tenía.
A veces, los padres se ven obligados, por falta de otros recursos, a utilizar castigos y premios. El castigo es utilizado para corregir al niño sus conductas negativas. En muchas ocasiones, sin embargo, es impuesto como represalia, como muestra de la impotencia del adulto frente al comportamiento del niño. En este caso, el castigo genera, sin duda, culpabilidad y agresividad.
Da mejores resultados, y no daña la relación con los hijos, la actitud de escuchar al niño, dialogar y razonar con él, estimular la superación de sus fallas, concederle un margen de confianza, conseguir mediante el afecto un progresivo cambio en su conducta. En todo caso, si se impone una sanción, ésta debe ser coherente con la falta, ha de tener un sentido que el niño comprenda y debe evitarse siempre el resentimiento.
Los premios, pensados en principio para estimular al niño, pierden con frecuencia este carácter de estímulo y se convierten para él en el único objetivo a conseguir. El interés se centra entonces en el premio como fin y no en la actividad misma.