
La última Navidad marcó para Guillermo el inicio de un cambio. En el shopping estaban los Reyes Magos y, cuando Guille se acercó al rey negro para recibir su regalo, observó de repente que la mano que le tendía el simpático monarca iba enfundada en un oscuro guante que no alcanzaba a ocultar un reloj en torno a una muñeca blanca y peluda. Es más, parte de las orejas y del cuello también eran blancos.
Guillermo se retiró aturdido. Interrogó a sus padres con la mirada y quizá presintió que todo un mundo se derrumbaba ante sus pies.
Pero no dramaticemos demasiado. Crecer tiene estas cosas; apenas acaba una crisis cuando ya acecha la siguiente. No se trata de algo negativo, sino simplemente natural. Guillermo comienza ahora a despedirse de la edad mágica para abrirse a la lógica y la razón, al imperio de la realidad. Sin embargo, hasta los siete años, los primeros avances de esta nueva fase seguirán conviviendo con las últimas manifestaciones de esa etapa mágica.
Gentiles princesas y piratas Patapalo
La edad hechicera alcanza su apogeo entre los tres y cuatro años, cuando lo real y lo imaginario permanecen muy entrelazados. Los niños descubren y se entregan con intensidad a todo tipo de juegos de simulación: son enfermeras, bomberos, piratas, princesas… Su universo está poblado por amigos imaginarios, muñecos que hablan, lobos feroces, hadas buenas y brujas malas, fantasmas que se ocultan en la oscuridad. ..
Nunca, por mucho que ahora nos emocionemos con un novela o una película, volveremos a vivir las historias de ficción con la credulidad y la auténtica pasión con que nuestros hijos viven el cuento que les contamos por la noche o la aventura infantil que contemplan boquiabiertos a nuestro lado.
¿Dónde está el hechizo? Hasta los seis años, los niños no toman plena conciencia de la línea divisoria que separa lo verdadero de lo falso. Y todavía durante bastantes años, aunque distingan claramente entre realidad y ficción, continuarán transitando con libertad de lo real a lo imaginario, de lo posible a lo imposible. La fantasía, tan rica en estos años, constituye una gran proveedora a la que seguirán recurriendo para la satisfacción de sus deseos. Ella es la que establece los cimientos de nuestra capacidad de crear, imaginar, pensar y proyectar. Y nos libra de la simple y plana percepción de lo presente para ir más allá de lo evidente y lo inmediato.
Pero el progresivo paso que los niños dan, entre los cinco y los siete años, hacia el realismo y la lógica no implica ignorar ni despreciar la fecunda semilla que dejó en ellos la edad de la fantasía.
¿Cuáles son los cambios que ocurren a esta edad? Algunos atañen al pensamiento lógico. El chico trata de construir su mundo y encontrar una respuesta al porqué de las cosas, pero hasta los siete años el mecanismo causa-efecto es aún muy imperfecto. El niño pequeño piensa que todo ha sido hecho o puesto por alguien, por eso puede preguntar: “¿Quién puso ahí el bosque, las montañas y el río?”. En esta misma línea, atribuye intenciones y sentimientos a los seres inanimados: “El sol nos mira para ver si somos buenos”; “Cuando reprenden a las nubes, se echan a llorar”; “Silla, mala; por tu culpa me caí”.
A veces creen que sus deseos pueden cambiar mágicamente los sucesos (“Si lodeseo muy fuerte, desaparecerá la mancha del buzo”) o consideran que todos los hechos tienen un porqué. Si, por ejemplo, se preguntan “¿Por qué hay ahí un monte?” y no encuentran respuestas, trastrocarán sin mayor problema causas y efectos: “Claro, la montaña está ahí porque así podemos ir a esquiar”.
El egocentrismo que preside su visión del mundo, es decir, la dificultad de tomar otra perspectiva que no sea la suya, puede llevar a un niño a afirmar que él tiene una hermana, pero que su hermanita no tiene ningún hermano. Por la misma razón, pensará que, si él cierra los ojos, todo el mundo dejará de ver. Y eso sin hablar de esa especie de ley del embudo por la cual sus juguetes son suyos y los de su hermana también.