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Preguntas de niños pequeños

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Cuándo decir “basta”:
Ante una norma o prohibición, pueden dirigirnos una cadena interminable de porqués. Toda orden debe ir acompañada de una explicación, pero eso no quiere decir que entremos en discusiones interminables. Si tenemos la convicción de que debe ser cumplida, es mejor mostrarnos firmes para que sea ejecutada sin cuestionamientos.
Y puede ocurrir también que, por cansancio o por lo que sea, no estemos disponibles para ese juego de preguntas. Entonces es lícito decir: “Cuando termine esto te contesto a todas las preguntas” o “Una más, y lo dejamos para mañana”. Lo importante es dejar abierta la línea de comunicación y no transmitirles que sus preguntas nos desagradan.

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Las preguntas de los niños

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No hay preguntas feas:
No lo son las que se refieren al sexo, a las funciones corporales, a la muerte. También tienen una respuesta adecuada para cada edad. Cuando un chico se da cuenta de que algunas cosas no se pueden preguntar, que hay sectores enteros de la realidad que son objeto de tabú, puede iniciarse en él una auténtica inhibición intelectual. La represión de la curiosidad sexual, por ejemplo, puede bloquear el interés normal por conocer y pensar en general.
Hay maneras de comunicarse con los hijos que no favorecen el desarrollo de la curiosidad. Existen hogares en los que predomina un estilo de comunicación imperativo: “Trae”; “Hace”;… (y quizá cuando hay preguntas: “¡Callate!”). Este estilo ignora lo enriquecedor y educativo que resulta dedicar tiempo a conversar, a comentar hechos y cosas, de modo que ambas partes puedan contar, describir, opinar… Los chicos tienen que ser tratados como interlocutores, no como meros subordinados. Sólo en este clima puede florecer el juego de las preguntas.
Un chico que ha renunciado a preguntar quizá tenga una familia que no considera las preguntas infantiles como algo saludable (como el tesoro que en realidad son) o, al menos, como algo natural, sino más bien como una molestia.

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Los niños preguntones

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Los adultos creativos fueron preguntones:
Algunas de las preguntas de los más chiquitos pueden parecer disparatadas, carentes de lógica y de difícil respuesta, por no hablar, a veces, de la pesadez y la reiteración. ¿Y qué? Se ha demostrado que los adultos más creativos son aquellos cuya familia fomentaba una expresión abierta y sin trabas y, además, aceptaba las manifestaciones propias de la conducta infantil. Es posible que sus preguntas sean difíciles, absurdas, innumerables, cansadoras, cómicas…, pero esto no nos autoriza a menospreciarlas, ignorarlas ni ridiculizarlas, ya que ése es el mejor camino para que el chiquito deje de preguntar.

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La edad del porque

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Todo el día preguntando:
No necesitan un tratado, sino respuestas sencillas y coherentes que alimenten sus ganas de saber.
Hace unos cuantos años, un actor y humorista hacía un sketch consistente en representar a un padre que estaba con su hijo en la orilla de un río:
-Papá, ¿qué son las ranas?
-Bueno, las ranas son…
-Papá, ¿y por qué saltan?
-Bueno, las ranas saltan…
-Papá, ¿y por qué cantan?
-Bueno, las ranas cantan…
-Papá, ¿y qué son las ranas?
“Y no tuve más remedio que tirar al chico al agua”, concluía el abrumado padre.
Este sketch caricaturiza bastante bien el desconcierto de muchos papas ante la avalancha de preguntas que a veces se les viene encima. Hasta 400 diarias pueden Llegar a hacer los chicos entre los tres y los cuatro años. Y en algunas ocasiones resultan casi tan apremiantes e inconsecuentes como las reflejadas en este chiste. Pero incluso estos extremos son una bendición si los comparamos con el caso hipotético y penoso de un chico que no preguntase nada.
¿Por qué? Porque a esta edad bombardear a los padres a preguntas es lo más natural y saludable. Un brote casi biológico que, entre los tres y seis años hace a los chicos preguntar todo y que constituye una manifestación genuinamente humana de la llamada conducta exploratoria.
Desde que son bebés su entorno los intriga.
Esta conducta es común con otros seres vivos y se manifiesta ya antes de esta edad, sobre todo de un modo físico, con la incesante manipulación de objetos y la investigación exhaustiva del entorno material, actividades tan propias de los chicos de un año.
En esto no hay grandes diferencias con las especies animales más próximas a la nuestra. Pero de pronto florece el lenguaje, esa poderosa herramienta a disposición de los humanos, que también es, entre otras cosas, un eficaz instrumento de exploración. Así que con el lenguaje vienen las preguntas.
Y precisamente porque el lenguaje es una adquisición reciente, los chicos quieren ejercitar la habilidad para preguntar y responder, con la entonación y la forma gramatical correspondiente. Este juego, por sí mismo, los divierte, y en determinadas ocasiones ni siquiera esperan la respuesta y se producen situaciones parecidas a la que, con exageración, iniciaba esta nota.
Pero hay más motivos para preguntar. Tanto por qué se debe a que a esta edad la noción causa-efecto está construyéndose y es aún confusa. El niño trata de organizar su mundo y todo tiene que tener un porqué. Para él todo ha sido hecho o puesto por alguien (“¿Quién puso ahí el bosque?”), atribuye sentimientos e intenciones a seres inanimados (“¿Las nubes son amigas?, ¿y adonde van todas juntas?”), no entiende que existan hechos debidos al azar (“¿Por qué hay ahí una montaña?”) y puede trastrocar causas y efectos (“Claro, para ir a esquiar”). En fin, trata de clasificar el mundo con sus propias categorías (pensamiento egocéntrico), y de ahí que a veces nos sorprenda con preguntas tan inexplicables.
Y las dudas, por supuesto, se dirigen sobre todo a los padres. Recordemos que los chicos no asimilan la realidad de un modo inmediato y directo, sino que lo hacen a través de intermediarios, de guías: los padres.
Ellos son las auténticas ventanas a través de las cuales los hijos se asoman al mundo. De la calidad y disponibilidad de ese mirador va a depender en gran medida el modo en que un chico se relacione con la realidad después, durante toda su vida.
La curiosidad y el espíritu investigador son un “instinto” básico, el instrumento más valioso con que tanto la especie humana como el propio individuo cuentan para su progreso. Para poder enfrentarse con recursos mentales a los múltiples retos que plantea la vida, es preciso una “cabeza” abierta e inquieta. La famosa edad de las preguntas es una de las primeras y más importantes manifestaciones de una “cabeza”, que puede o bien cultivarse y potenciarse, o bien marchitarse y secarse para siempre.

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La opinion de los niños

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Su opinión también cuenta:
Otra estrategia es acudir con ellos al supermercado e indicarles que existen artículos de excelente calidad a más bajo precio por una sola razón: no aparecen en la televisión. Y algo fundamental: permitirles que participen en las decisiones del hogar; hacerlos sentir que sus sugerencias tienen valor dentro de casa.
«El dinero y la forma de gastarlo es diferente para un niño africano o sudamericano que para un niño norteamericano o europeo -explica el psicoanalista Juan Jiménez, de la Clínica Montserrat de Bogotá (Colombia)-, pues el poder adquisitivo varía. Los niños con carencias económicas y aun afectivas son más mesurados en gastar. Ellos siempre están pensando: “Quiero esta cosa, pero todavía no la puedo tener”. Justo al revés que los otros, que la quieren, y la quieren ya». Esto nos da pie para comprobar que, si bien cada niño se comporta de forma diferente, todos aprenden de su entorno, del afecto y de cómo los tratamos.
La educación es un juego inteligente que debemos vivir a diario. Es inevitable gastar dinero: la clave está en saber hacerlo. No tenemos por qué privar a nuestros hijos de muchos objetos, pero sí enseñarles a enfrentarse a algo tan importante y cotidiano como el manejo del dinero, porque de ello dependerá la administración de sus finanzas.

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Miedos de los niños

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Nuevos miedos a los seis años.
A esta edad surge un nuevo temor: la capacidad de estudio y el rendimiento. Antes de los seis años la mayor parte de los niños piensa que son capaces de jugar a la pelota o de dibujar tan bien como cualquiera y, sin embargo, en primero de primaria empiezan a compararse con sus compañeros, y esto puede llegar a ser un motivo de angustia.
Susana Blanco se sorprendió cuando la maestra le dijo que su hijo no terminaba los problemas de matemáticas. «Temí que el trabajo fuera
demasiado para él -recuerda Blanco-. Pero un día, mientras estábamos sentados, yo leyendo y él resolviendo problemas de matemáticas, vi que los hacía rapidísimo. Cuando le pregunté cómo era capaz de terminar tan aprisa en casa pero no en la escuela, me contestó: “Es que allá no me puedo equivocar”».
Según los expertos, este tipo de perfeccionismo es un síntoma típico de la ansiedad de rendimiento. Susana Blanco le explicó a su hijo que no pasaba nada si se equivocaba: «A la escuela se va a aprender, no se llega sabiéndolo todo. Y la única manera de aprender es, precisamente, equivocándose».

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Conocer la maestra del niño

Una cita con el maestro.
Conocer a quien les va a dar clase antes de que empiece el curso puede reducir la ansiedad de los niños. Rosa Enciso, mamá de dos niñas gemelas, cuenta que, tras llevar a sus hijas a conocer a la maestra y ayudarla a organizar la clase, «se sintieron más seguras de sí mismas al haberle puesto cara y nombre a la profesora y colocado las grapas a las hojas con el programa de la clase». ¡Ojalá esto fuera siempre posible!

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El coleccionismo

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Una afición que hay que respetar.
El coleccionismo es algo normal, siempre que se mantenga dentro de unos límites. Hay que estar atentos si el chico no se desprende nunca de sus tesoros o se obsesiona por terminar la colección. Tampoco es bueno que haga muchas colecciones a la vez y esté siempre intentando completarlas. Lo mejor sería proponerle que escoja la que más le gusta y descarte las otras.
Aunque no nos gusten mucho los objetos que atesora, debemos respetarlos. “No podemos entrar en su cuarto y arrasar con lo que no nos guste, ni hurgar en sus bolsillos y tirar lo que creamos inservible. Tiene derecho a poseer un territorio privado, y no debemos invadirlo”, afirma Mará Cuadrado.
Es importante que los padres dejemos a nuestros hijos desarrollar sus aficiones. Igual que ocurre con los adultos, un hobby puede ayudarlos a relajarse del estrés diario y a favorecer amistades. Es, además, un buen ejercicio de concentración que abre las puertas hacia otros ámbitos de conocimiento. Y es, en definitiva, una buena oportunidad para que los padres conozcamos y nos involucremos en las aficiones de nuestros hijos, compartamos sus logros y les demostremos qué importante es todo lo que emprenden.

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Los niños de 10 años

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10 años.
Básicamente, las colecciones son las mismas que en los años anteriores, aunque ahora se han hecho más expertos y las cuidan más. También intercambian figuritas, sellos, fósiles y minerales, CD de música, juegos de computadora…

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Los varones de 8 y 9 años

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8-9 años
Los deportes acaparan la mayor parte de su tiempo y las colecciones están relacionadas con los deportistas o personajes que admiran. Ocupan un lugar de honor las colecciones relacionadas con la serie de televisión o película de moda: Spiderman, Bay Blade, Power Rangers.

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