Archivos para 'La Infancia' Categoría

Hijos unicos

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¿Son más solitarios los hijos únicos?
Según el psicoanalista Guillermo Kozameh, no es la condición de ser hijo único la que determina que un niño sea más solitario que otro que pertenezca a una familia numerosa. Por el contrario, si a ese chico sin hermanos se le ofrece la oportunidad de estar a menudo con primos, vecinos o amigos de su edad, de asistir a campamentos, de invitar a compañeros del colegio a casa o de ir a visitar a los demás, de participar en actividades de equipo, resultará ser un niño tan sociable como todos y se sentirá perfectamente acompañado.

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Disfrazarse

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Sólo vuela Superman y ése soy yo, ¿sí?
Los juegos de simulación aún se prolongarán durante unos años, sólo que ahora se hacen más reglamentados, y ellos pondrán mucha atención en que el papel de cada uno quede bien definido. Si uno hace de Superman, los demás no podrán empezar a volar también y, si a doctora es quien opera y el enfermero el que aplica inyecciones, no intercambiarán sus funciones así como así. Estos juegos en que se representan profesiones reales son, en realidad, un primer ensayo para los papeles sociales que rigen en el mundo de los adultos. Pero también debemos respetar que sigan disfrutando al imaginar ser personajes fantásticos que viven situaciones extraordinarias. Necesitan sentirse a ratos Batman, Indiana Jones, La Bella o las mismísimas Spice Girls. Transformar la realidad y convertirse en sus héroes favoritos potencia su imaginación y desarrolla su personalidad de un modo placentero.
Aunque los fantasmas y las hadas empiecen ya a tambalearse, los niños de esta edad aún atesoran un riquísimo mundo de fantasía que debemos dejarles desplegar sin trabas. Negarles sus ilusiones e imponerles antes de tiempo un realismo crudo y absoluto equivaldría a cortar las alas de su imaginación y a impedirles vivir con plenitud esta edad encantadora de la que pronto habrán de despedirse.

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Fantasia infantil

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Una realidad todavía muy particular
Esta visión del mundo que llamamos “mágica” -y que abarca un ámbito más amplio que la simple creencia en las brujas o Papá Noel- es la que entra en crisis a partir de los cinco años para dejar lugar, después del séptimo cumpleaños, a la edad de la razón. En estos dos años de transición, magia y lógica conviven en la mente de nuestros hijos. Empiezan a tener una visión más “científica” del mundo, pero esta pretensión sigue conviviendo con importantes lagunas en su interpretación de la realidad. Esto los lleva a decir cosas terriblemente divertidas. Como Mariana, de cinco años, que al saltarle al ojo un poco de jugo, le dijo a su mamá que se le había metido una vitamina en el ojo. O como Sergio, que un día vio la niebla y se fue muy preocupado a decirle a su madre que las nubes se estaban cayendo.
Nada nos impide disfrutar con sus insólitas salidas e incluso festejarles las ocurrencias, pero debemos cuidamos muy bien de burlarnos de nuestros hijos por tenerlas. Sus agudezas corresponden a una etapa en la evolución de su inteligencia, y nuestra actitud debe ser la de conversar con ellos, responder a todas sus preguntas y aclarar sus dudas. Y tengamos siempre en cuenta que su comprensión de la lógica de las cosas es todavía limitada.

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La infancia

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La última Navidad marcó para Guillermo el inicio de un cambio. En el shopping estaban los Reyes Magos y, cuando Guille se acercó al rey negro para recibir su regalo, observó de repente que la mano que le tendía el simpático monarca iba enfundada en un oscuro guante que no alcanzaba a ocultar un reloj en torno a una muñeca blanca y peluda. Es más, parte de las orejas y del cuello también eran blancos.
Guillermo se retiró aturdido. Interrogó a sus padres con la mirada y quizá presintió que todo un mundo se derrumbaba ante sus pies.
Pero no dramaticemos demasiado. Crecer tiene estas cosas; apenas acaba una crisis cuando ya acecha la siguiente. No se trata de algo negativo, sino simplemente natural. Guillermo comienza ahora a despedirse de la edad mágica para abrirse a la lógica y la razón, al imperio de la realidad. Sin embargo, hasta los siete años, los primeros avances de esta nueva fase seguirán conviviendo con las últimas manifestaciones de esa etapa mágica.

Gentiles princesas y piratas Patapalo
La edad hechicera alcanza su apogeo entre los tres y cuatro años, cuando lo real y lo imaginario permanecen muy entrelazados. Los niños descubren y se entregan con intensidad a todo tipo de juegos de simulación: son enfermeras, bomberos, piratas, princesas… Su universo está poblado por amigos imaginarios, muñecos que hablan, lobos feroces, hadas buenas y brujas malas, fantasmas que se ocultan en la oscuridad. ..
Nunca, por mucho que ahora nos emocionemos con un novela o una película, volveremos a vivir las historias de ficción con la credulidad y la auténtica pasión con que nuestros hijos viven el cuento que les contamos por la noche o la aventura infantil que contemplan boquiabiertos a nuestro lado.
¿Dónde está el hechizo? Hasta los seis años, los niños no toman plena conciencia de la línea divisoria que separa lo verdadero de lo falso. Y todavía durante bastantes años, aunque distingan claramente entre realidad y ficción, continuarán transitando con libertad de lo real a lo imaginario, de lo posible a lo imposible. La fantasía, tan rica en estos años, constituye una gran proveedora a la que seguirán recurriendo para la satisfacción de sus deseos. Ella es la que establece los cimientos de nuestra capacidad de crear, imaginar, pensar y proyectar. Y nos libra de la simple y plana percepción de lo presente para ir más allá de lo evidente y lo inmediato.
Pero el progresivo paso que los niños dan, entre los cinco y los siete años, hacia el realismo y la lógica no implica ignorar ni despreciar la fecunda semilla que dejó en ellos la edad de la fantasía.
¿Cuáles son los cambios que ocurren a esta edad? Algunos atañen al pensamiento lógico. El chico trata de construir su mundo y encontrar una respuesta al porqué de las cosas, pero hasta los siete años el mecanismo causa-efecto es aún muy imperfecto. El niño pequeño piensa que todo ha sido hecho o puesto por alguien, por eso puede preguntar: “¿Quién puso ahí el bosque, las montañas y el río?”. En esta misma línea, atribuye intenciones y sentimientos a los seres inanimados: “El sol nos mira para ver si somos buenos”; “Cuando reprenden a las nubes, se echan a llorar”; “Silla, mala; por tu culpa me caí”.
A veces creen que sus deseos pueden cambiar mágicamente los sucesos (“Si lodeseo muy fuerte, desaparecerá la mancha del buzo”) o consideran que todos los hechos tienen un porqué. Si, por ejemplo, se preguntan “¿Por qué hay ahí un monte?” y no encuentran respuestas, trastrocarán sin mayor problema causas y efectos: “Claro, la montaña está ahí porque así podemos ir a esquiar”.
El egocentrismo que preside su visión del mundo, es decir, la dificultad de tomar otra perspectiva que no sea la suya, puede llevar a un niño a afirmar que él tiene una hermana, pero que su hermanita no tiene ningún hermano. Por la misma razón, pensará que, si él cierra los ojos, todo el mundo dejará de ver. Y eso sin hablar de esa especie de ley del embudo por la cual sus juguetes son suyos y los de su hermana también.

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La ilusion de los niños en las fiestas

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7-9 AÑOS
Probablemente ya tienen claro adonde les gusta ir y con quién. Lo pasan bien con sus juegos, aunque disfrutan mucho más de las anécdotas familiares y de la compañía de adultos. Las tradiciones son sagradas para ellos y quieren que todo sea como siempre.
Es la edad en la que descubren la identidad de Papá Noel y los Reyes Magos, de modo que la decepción por perder parte de la magia se compensa con un entusiasmo ilimitado por hacer sus propios regalos a la familia. Es importante, de todas formas, ayudarlos a descubrir que la magia de esta celebración no surge de las historias en las que antes creían, sino de la fraternidad, el cariño y la ilusión de contribuir a la felicidad de las personas más cercanas a nosotros. Los regalos y las sorpresas deben continuar exactamente igual que antes.
También son bastante grandes para hablarles de otras culturas y otras costumbres, para que entiendan que no todo el mundo festeja del mismo modo, pero que todas las celebraciones son igualmente valiosas. Si les pedimos que nos acompañen a visitar a familiares mayores, aprenderán a disfrutar de sus historias y entenderán que el amor se transmite con algo más que regalos.

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Tristeza en el niño

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En ocasiones, observamos que nuestro hijo se muestra taciturno y ensimismado, incluso triste, y esta situación se prolonga durante varios días. Preocupados, con razón, tratamos de averiguar el motivo de su estado y nos encontramos con un persistente no me pasa nada. ¿Qué podemos hacer?

Ni ellos lo saben. Los niños pequeños son muy comunicativos y sus estados de ánimo cambian con cierta frecuencia y facilidad. Si tienen cualquier problema, nos lo harán saber si sabemos sondearlos con habilidad, si es que ellos mismos no nos lo han contado por propia iniciativa. Pero si están raros varios días y no saben decir el porqué, es casi seguro que ni ellos mismos conocen el motivo. ¿Necesitan ayuda? Seguramente aparecerán otros síntomas: llanto más frecuente de lo normal, problemas con la comida o el sueño… Nos toca, entonces, afinar la antena y estar atentos para hallar las causas. Si sintonizamos con nuestro hijo y somos observadores, no tardaremos en encontrarlas. Pero, si no es así y la situación persiste, debemos consultar con un psicólogo infantil. Amigos discretos. Los niños más grandecitos tienen un mundo propio y no siempre acceden a contamos sus preocupaciones. Su intimidad merece respeto y pueden tener crisis pasajeras que necesitan resolver ellos solos. Es difícil que unos padres intuitivos y atentos no tengan la más remota idea de las causas de una crisis de tristeza, sobre todo si ésta se prolonga. Tenemos que mostrarles que pueden confiar en nosotros y que contarán con nuestro apoyo en todo momento. Preguntas, pocas. No es preciso someterlo a un Interrogatorio exhaustivo, pero sí hacerle saber que sus problemas nos importan y que, cuando nos cuente alguno, no se va a encontrar con unos jueces sino con alguien que tratará de comprenderlo y ayudarlo. Esta puede ser la clave que lo anime a contarnos el secreto que lo perturba.

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Juegos simbolicos

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Juegos simbólicos
Hacia los dos años, se inicia una nueva forma de juego que se caracteriza por su simbolismo. La fantasía del niño atribuye entonces a los objetos los más diversos significados imaginarios. Un trozo de madera puede ser una pistola; una escoba se convierte fácilmente en un caballo. El niño, mediante estas fantasías, imita los trabajos del adulto y esta actividad imaginaria favorece el proceso general de socialización, necesario para su integración en la sociedad.
Esta posibilidad de utilizar símbolos de otros objetos o de otras personas es de suma importancia. Los psicólogos y pedagogos han puesto de relieve que el niño, mediante estas formas del juego simbólico, está pasando de la acción a la representación, de lo que en un principio era pura actividad sensorio-motriz, y por tanto experiencia concreta, a unas formas ideacionales en las que se articula la imaginación y el pensamiento abstracto. Para Piaget en particular, esta etapa del juego simbólico, que perdura hasta los siete u ocho años, es la que hace posible la adquisición del lenguaje y su pleno dominio.
Desde el punto de vista psicoanalítico, el juego simbólico sirve para proyectar los diferentes aspectos de la estructura psíquica infantil. Los deseos instintivos, la forma como son vehiculizados por el yo, los rudimentos de una conciencia moral que aprueba o castiga, los distintos estratos, en fin, de la personalidad infantil se vuelcan en el simbolismo del juego y son elaborados en virtud precisamente de los símbolos lúdicos.

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Juegos de ejercicio

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Juegos de ejercicio simple
La primera categoría de juegos se extiende principalmente a lo largo de los dos primeros años de vida. El ejercicio lúdico es. al propio tiempo, ejercicio sensorio-motor en esta época evolutiva. Esto quiere decir que los juegos que el bebé o el niño de pocos años pone en práctica están en relación, en primer lugar, consigo mismo, con el descubrimiento de las posibilidades del propio cuerpo.
En esta etapa, el juego es más que nunca aprendizaje. Desde el punto de vista adulto, conviene aportar, como se indica más abajo.
los juguetes adecuados para la realización de este aprendizaje, pero procurando no interferirse en este proceso. Proporcionar, por ejemplo, «soluciones» a las dificultades de manipulación del niño pequeño es olvidar que el juego infantil es una actividad automotivada, y que el aprendizaje consiste, precisamente, en que el niño encuentre por sí mismo la solución de las dificultades que el juego le plantea.
De este período es importante destacar el juego del escondite, que empieza a ponerse en práctica alrededor del cuarto mes de vida. Si la madre entonces se tapa la cara frente al bebé, éste reacciona con expresiones de alegría cuando aquélla reaparece. Este juego tan simple marca el inicio del juego activo que se irá desarrollando en meses sucesivos. Y es importante —como lo es el agarrar o el chupar objetos— porque supone el comienzo de las nociones elementales del antes y del después y del delante y del detrás, así como el inicio de la capacidad de espera.
Exceptuando el acto de nutrirse o los momentos de miedo o rabia, según Piaget «todo es juego durante los primeros meses de existencia». El impulso a la actividad es tan poderoso, que un niño de pocos años en realidad está jugando prácticamente todo el día.

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El juego

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La función del juego
El juego ha sido definido como una actividad placentera, opuesta al trabajo, y que tiene su fin en sí misma. Su condición es universal, existe en todas las culturas y es. incluso, una actividad que desarrollan los animales superiores.
Durante la infancia, el juego tiene una importancia fundamental. Menospreciado antaño, ha sido rehabilitado por la psicología contemporánea y por la escuela activa, de la que constituye uno de sus componentes principales. Para el pedagogo suizo E. Claparéde, jugar es una «actividad que permite al niño realizar su yo. cuando no puede hacerlo mediante una actividad seria».
Esta idea de la realización de la personalidad infantil a través del juego es de la máxima importancia, ya que pone de relieve la doble función existente en toda actividad lúdica: así, el juego, de un lado, permite la adaptación del niño a la realidad y, por tanto, supone un medio de satisfacción de necesidades inmediatas, y, de otro, es aprendizaje de conductas que le han de abrir paso, evolutivamente, hasta llegar a la condición de ser adulto.
Pero la función del juego no termina únicamente aquí. Como han puesto de relieve Freud y el psicoanálisis, jugar es una actividad que produce placer y que permite dominar la ansiedad. Con el impulso a repetir el mismo juego, un niño elabora los distintos episodios displacenteros que jalonan su evolución y obtiene una salida para sus inevitables frustraciones.
De acuerdo con las distintas etapas del desarrollo infantil, Jean Piaget. uno de los grandes psicólogos de nuestro tiempo, ha clasificado el juego infantil en tres grandes categorías: los juegos de ejercicio simple, los juegos simbólicos y finalmente los juegos con reglas.

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Tiempo libre

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EL TIEMPO LIBRE
La distinción entre un tiempo laboral o escolar, regulado por un horario estricto, y un tiempo libre, contrapuesto a las obligaciones que imponen el trabajo o los estudios, es una conquista de la civilización. La diferenciación entre estas dos formas de vivir el tiempo carece de sentido durante la edad preescolar, pero desde el momento en que el niño ingresa en la escuela, la ocupación del ocio se presenta ante los padres como una cuestión primordial a la que tienen que aportar soluciones.
El tiempo libre varía por lo tanto según sea la edad del individuo. De idéntica manera varían las formas de ocupación de este tiempo libre. Un adolescente necesita diversión para encontrar una vía de escape a problemas que le agobian. Un niño de seis años tiene necesidad de jugar durante sus ratos de ocio a fin de contrapesar las actividades reglamentadas que le imponen en la escuela.
En cualquier caso, el ocio es un tiempo de encuentro con uno mismo, pues permite satisfacer deseos e intereses propios. Es un tiempo igualmente enriquecedor, ya que deja espacio a la formación personal mediante el registro de nuevas experiencias, a través de una actividad específica o de la relación con los demás. Es. finalmente, un tiempo de descanso, que posibilita la relajación física e intelectual
imprescindible para el niño.
En este apartado se tratarán distintas formas de ocupación del tiempo libre. En primer lugar, la del juego, en tanto que actividad primordial del ocio infantil. Los juguetes, medios auxiliares del juego, y actividades tan características del niño como son la lectura, el ver la televisión y los deportes serán tratados a continuación, para concluir con el tema de las amistades, capítulo imprescindible en cualquier consideración acerca del ocio.

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