
Normas de alimentación
Una vez que el niño abandona la lactancia exclusiva (alrededor del 3.°-4.° mes de vida), sus necesidades en vitaminas, oligoelementos (minerales) y sustancias orgánicas se hacen cada vez mayores.
Hacia el 6.° mes, el niño come alimentos muy variados, ya que su sistema de deglución y digestión así lo permite. Las innovaciones que paulatinamente se introducen en su dieta no siempre son bien toleradas por el niño, al menos desde un punto de vista psicológico. La medida a tomar en estos casos consiste en incluir poco a poco el nuevo alimento o en mezclarlo con otros que el niño ya se ha acostumbrado a ingerir.
La hora de la comida es también un momento esencial en el aprendizaje de una serie de pautas sociales. Del biberón ha de pasarse a la cuchara, y esto no siempre es fácil. Los padres han de armarse de paciencia y nunca han de renunciar a que el niño aprenda habilidades nuevas. Hay que tener en cuenta que, aun cuando al principio rechace los sabores nuevos, el niño terminará por aceptarlos si están gustosamente cocinados.
Por otra parte, el momento de la alimentación debe estar rodeado de condiciones placenteras. Los platos han de ser lo más variados posible y agradables a la vista. No obstante, tampoco es cuestión de sobrevalorar más de lo debido el momento de la comida, pues ello provocaría hábitos inadecuados. Lo importante, en todo caso, es tener presente que el niño se alimenta normalmente menos que el adulto, por lo que no deben exagerarse las cantidades suministradas, ni obligar al pequeño a comer cuando manifiesta no tener apetito.
Ningún niño psíquicamente normal deja de comer si tiene apetito. Es una considerable ventaja con respecto al adulto. Si un niño rechaza el alimento y dirige su interés hacia otros sectores del medio que lo rodea, no se debe forzarlo a que coma. Lo que sí es importante es inculcarle que cuando sienta ganas de comer aproveche aquellos alimentos capaces de satisfacer realmente sus necesidades vitales.
En este sentido, son especialmente recomendables los productos lácteos ligeramente azucarados (yogur de frutas, natillas, etc.), la fruta fresca y cruda y los alimentos ricos en hidratos de carbono (galletas, pan). Las golosinas, tan apetecidas por el niño, deben administrarse con cierta prudencia, ya que, por lo general, están completamente desprovistas de cualquier aporte vitamínico y contienen grandes cantidades de azúcar.

El aseo corporal
Desde que nace, el niño debe recibir diariamente un aseo general lo más completo posible. De todos modos, no hay que bañar al bebé hasta que no haya cicatrizado la herida causada por la caída del cordón umbilical. Hasta entonces, el lavado de la criatura se hará por partes, con agua a temperatura corporal y jabón lo más neutro posible, a fin de evitar irritaciones de la piel.
A medida que crece, el niño debe interiorizar las normas de higiene. Para ello, es conveniente que el baño diario se efectúe a una hora determinada. El momento más adecuado acostumbra a ser el de antes de la última toma alimentaria del día, con el fin de que tras la misma se encuentre el niño lo bastante relajado como para que la inducción del sueño sea más fácil.
El baño —al igual que el sueño o las comidas— favorece el desarrollo rítmico de la vida. En consecuencia, asegura al pequeño un ritmo psicológico estable. Por otro lado, el baño es desde muy pronto una actividad placentera, en la que el niño experimenta largamente con su propio cuerpo. No es exagerado sostener, por lo tanto, que el baño se constituye en una verdadera «escuela» del desarrollo sensorial.
A partir de los 3 o 4 años, muchos niños gustan de permanecer solos en la bañera, dedicados a sus juegos. Esto no debe impedirse; al contrario. Lo único que hay que tener en cuenta es que el baño haya cumplido también sus finalidades higiénicas.
Son importantes, igualmente, otras normas de aseo personal, tales como el peinado, el corte de uñas, etc. Estas prácticas no sólo mantienen más limpio y bonito al niño, sino que sirven para elevar en alto grado su autoestima, elemento fundamental para el equilibrio de su futura vida psíquica como adolescente.
De todos modos, en ningún caso se debe ser coercitivo. Muchos niños, por ejemplo, detestan que se les hurgue en el pelo. En éste y en otros casos parecidos, jamás hay que usar la violencia y sí, en cambio, la persuasión y los alicientes gratificadores.

Importancia del sueño
A partir aproximadamente de las dos o tres primeras semanas de vida, el bebé muestra ya una preferencia por determinadas posiciones para dormir. Éstas no siempre se adaptan lo mejor posible a las condiciones fisiológicas, pues a menudo amenazan con determinar una temprana deformación esquelética o una rigidez muscular. Lo más conveniente es que el niño pequeño sea acostado boca abajo o en decúbito lateral, sin ropas que ciñan en exceso su cuerpo y sin almohada, ya que de lo contrario existe el riesgo de asfixia.
Por otra parte, y como ya se ha señalado, el sueño, distribuido a lo largo de toda la jornada, es un fenómeno que ayuda a favorecer el sentido del ritmo que el niño necesita para su correcto desarrollo psíquico.
Es importante que el niño duerma a horas fijas y durante un tiempo establecido. Al comienzo esto no es difícil, porque el infante suele ocupar las dos terceras partes de su jornada durmiendo. Pero más tarde, a medida que empieza a compartir el mundo de los adultos, puede negarse a dormir, e incluso sobreexcitarse y no lograr en definitiva un descanso todo lo completo que cabría desear.
La actitud correcta por parte de quienes cuidan del niño es poner a éste en la cama poco después de un cierto intervalo tras su última comida. Los niños mayorcitos (de 2 a 4 años) deben sentir bienestar en el hecho de retirarse a su dormitorio y encontrar allí la soledad necesaria que les gusta compartir con sus muñecos y juguetes preferidos, antes de conciliar el sueño.
En ningún caso se deben administrar a los niños fármacos inductores del sueño o tranquilizantes. El insomnio no es una afección propiamente infantil.
Durante el sueño no hay que sobrecargar al niño de pesadas mantas, ni hay que sobreprotegerlo con excesivos sistemas de calefacción (bolsas de agua caliente, etc.). Se trata, simplemente, de adaptarse a las necesidades de la temperatura ambiente.
Por último, el niño ha de dormir en un lugar suficientemente ventilado, sin corrientes de aire y, tan pronto como sea posible, en una habitación propia, cercana a la de sus padres, para que éstos puedan acceder prontamente ante un llanto intempestivo o un accidente.