
Cuerpos extraños en las vías digestivas
Si el objeto tragado accidentalmente pasa a las vías digestivas -aunque el peligro de asfixia no exista-, es imprescindible acudir al médico. Lo normal es que los objetos lisos y pequeños hagan el recorrido gastrointestinal sin producir ningún síntoma y se expulsen a través de las heces en un plazo de dos a siete días, aproximadamente. El pediatra suele recomendar una dieta rica en fibra para ayudar a arrastrarlos. Cuando se trate de piezas puntiagudas o que contengan productos tóxicos, el tracto digestivo puede dañarse; en ciertos casos es necesaria una intervención quirúrgica. También los cuerpos extraños -legumbres, cuentas de collares, carozos de aceitunas, trocitos de esponja…-pueden introducirse en la nariz, los oídos y, en casos excepcionales, vagina y recto. No suelen traer consecuencias serias; es posible que no nos demos cuenta hasta días después, cuando aparezca una supuración, mal olor, etc., en el lugar donde se ha alojado… Es preciso acudir al especialista, generalmente el otorrino, quien procederá a extraer el objeto.
Según las estadísticas, la mayoría de los accidentes de este tipo ocurren por la tarde en días laborables; quizá influya un descenso de vigilancia debido al trabajo doméstico. Sin duda, debemos tener presente que, sin caer en un exceso de protección, no hay que bajar la guardia con nuestros pequeños exploradores.

Es posible prevenir
Estar preparados para prevenir este tipo de accidentes, y saber cómo actuar con rapidez, no significa que tengamos que preocupamos en exceso pensando que el pequeño corre el riesgo de atragantarse en todo momento. Tampoco debemos privarlo de la experimentación a través de la boca; como es lógico, tenemos que proporcionarle un entorno seguro y alejar de su alcance los objetos peligrosos.
Otro aspecto muy importante es nuestra reacción ante estos accidentes. Es importante no gritarle ni asustarlo, porque podríamos desencadenar una aspiración del objeto a las vías aéreas.
Las medidas de seguridad que debemos tomar se resumen en estos puntos: No hay que darle alimentos sólidos al bebé hasta que no lo indique el pediatra.
Alimentémoslo con calma, sin llenarle la boca y nunca cuando esté llorando.
Los chicos imitan el comportamiento de los adultos; no debemos dar la imagen de metemos objetos en la boca (alfileres, lapiceras, etc).
No se les debe permitir que jueguen con objetos pequeños ni manipular juguetes con piezas pequeñas desmontables.
Es necesario vigilarlo y mantener fuera de su alcance cualquier cosa que pueda resultar un peligro.

Las causas que lo provocan
Según el doctor De Santiago, las más frecuentes son:
Fisuras del paladar. Si está abierto, se produce una dificultad para la deglución.
Quistes o inflamación localizados en la base de la lengua.
Reflujo gastroesofágico. Debido a que el esófago no se cierra bien, los alimentos suben y llegan hasta la boca. En caso de que las vías respiratorias no estén cerradas, pueden pasar a ellas.
Fístulas traqueoesofágicas, las cuales producen una unión del esófago con las vías respiratorias.
Exceso de flemas. Todos estos trastornos son detectados claramente por el pediatra en los controles periódicos que tienen que pasar todos los bebés. En estos casos, el especialista explica a los padres que el pequeño necesita que los alimentos estén más triturados de lo habitual y que debe comer despacio. También deben tener la precaución de no hacerlo reír mientras come, porque se incrementa la posibilidad de que se atragante.
Cuando el cuerpo extraño pasa a las vías respiratorias, a la laringe, aparecen unos síntomas claros: tos, ronquera y dificultad para respirar. Es posible que, mediante el mecanismo defensivo de la tos, el bebé lo expulse con rapidez. Si no es así, hay que ayudar a que lo haga poniéndolo boca abajo y dándole unas palmadas en la espalda o en el pecho. Si el bebé es mayor de 12 meses, es preciso agarrarlo por detrás y darle unos golpecitos con fuerza, utilizando las dos manos, entre el esternón y el ombligo. Todos deberíamos ensayar esta maniobra para saber ponerla en práctica en caso de emergencia. Este movimiento provoca que el cuerpo extraño se expulse. Tanto si la pieza sale como si no y se comprueba que el chico respira con dificultad, es necesario practicarle la respiración artificial mientras llega ayuda médica. Acostado, tenemos que deslizar una mano debajo de su cuello para sujetar y mantener inclinada su cabeza hacia atrás; con la otra mano le sujetamos la frente. Después, se hace una inspiración profunda, se colocan los labios alrededor de su nariz y boca, y se espira suavemente. Si su tórax se eleva, nos retiramos para permitir que descienda y se repite la operación varias veces.

¿Por qué se producen?
El pediatra Florencio de Santiago explica que “existe un paso que comunica las vías digestivas con las vías respiratorias. El organismo tiene un mecanismo reflejo por el cual las vías respiratorias se cierran cuando están pasando los alimentos; si este mecanismo falla, es decir, si no se cierran bien las vías respiratorias durante la deglución, se produce el atragantamiento“.
Puede suceder a cualquier edad, pero es más frecuente a partir de los seis meses y hasta los tres años. Tres factores son decisivos: la ausencia de molares para una buena masticación, falta de coordinación del reflejo de deglución y tendencia a llevarse todo a la boca.
¿Por qué a algunos bebés les ocurre con mayor facilidad que a otros? Es posible que presenten ciertas patologías relacionadas con una mayor vulnerabilidad a este problema.

A Lautaro le encantan las papas fritas. Desde que tenía ocho meses le dábamos una y se entretenía chupándola durante un buen rato. Un día nos llevamos un susto tremendo; de repente, empezó a toser y a congestionarse. Sin pensarlo, le metí la mano en la boca y saqué la papa”. “Tuvimos que ir a emergencias porque se tragó una moneda; menos mal que pasó a las vías digestivas y no le causó un atra-gantamiento”. “Estaba jugando y de pronto tuvo dos arcadas; de su boca salió una dimiñuta medita del autito de su hermano mayor”.
Estos sustos suelen ser frecuentes. La mayoría de las veces se quedan sólo en un pequeño sobresalto, pero entrañan un riesgo para el bebé. Hay que diferenciar los atra-gantamientos que se producen durante la alimentación y los que ocurren en forma accidental. Cuando el objeto tragado se queda en las vías respiratorias, obstaculizando el paso del aire, puede causar una asfixia si no se actúa con rapidez para que se expulse.

Picaduras de aguas vivas
Producen dolor y quemazón en la zona afectada y el tratamiento debe iniciarse lo antes posible y con sumo cuidado.
En algunas playas de la costa atlántica, abundan las aguas vivas, unos pequeños animales invertebrados que se pegan a la piel con sus tentáculos y provocan intensas molestias. Al principio causan dolor con quemazón, poco más tarde aparece un edema y una hinchazón como la que produciría un latigazo y, después, prurito. Conviene actuar pronto.
1. Quitar los restos de aguaviva que hayan quedado pegados a la piel, protegiéndose con unos guantes o, en su defecto, con la ayuda de cualquier prenda o de la toalla.
2. Limpiar la lesión con agua de mar, ya que el agua dulce reactiva los tentáculos y provoca más picazón.
3. Aplicar una pomada con corticoides. Si no se dispone de una, ir al puesto de primeros auxilios o acudir a una farmacia. Los resultados son mejores cuanto antes se trate la lesión.
4. Si el pequeño tiene dolor, podemos darle paracetamol (la aspirina podría aumentar la alergia). No conviene cubrir la lesión, pero hay que vestir al chico para protegerla del sol.

Sé por propia experiencia cuánto dolor causa a una persona con un mínimo sentido de la estética tener que prescindir de todas esas pequeñas cosas que hacen agradable el hogar. Pero un niño es un niño. Si no queremos reprimir constantemente su afán de investigación ni estar todo el día en danza para salvar lo que para nosotros representa un valor, tenemos que simplificar la casa al máximo. (Más tarde hablaremos sobre el acondicionamiento de la casa para niños mayores). El sofá se cubrirá con una manta, si es necesario, incluso con una sábana; la mesa baja de esquinas agudas desaparecerá o se cubrirá con un tapete grueso: las cerámicas se guardarán…
También los padres se beneficiarán con esta decisión por la extrema sencillez. Ningún objeto de valor —real o sentimental— se romperá; pueden leer tranquilamente el periódico o dedicarse a sus tareas mientras su hijo gatea por toda la casa. No le pasará nada, ni a él ni a los muebles debidamente protegidos. No tienen por qué ponerse nerviosos ni levantarse para regañar y prohibir. Su hijo está contento de poder hacer lo que quiere, y el ambiente relajado y libre hace que les moleste y lloriquee mucho menos. Y cuando reclame su atención por una necesidad real, los padres, después de haberse podido dedicar durante un buen rato a sus cosas, están más dispuestos a darle lo que necesite.

La segunda clase de padres —quizá profesionales de la educación o más avispados por el ejemplo de amigos— decide desde el principio amueblar lo más sencillo posible: lo más necesario de armarios y por lo demás mucha goma espuma, moqueta y cojines. Si el bebe lo estropea, no se ha perdido mucho; más tarde, cuando el niño vaya al colegio —y la madre vuelva a ganar dinero— aún estarán a tiempo para comprar los muebles definitivos y decorar la casa a su gusto.
La tercera clase —esperemos que la mayoría, porque a pesar de haberse equivocado al principio, no ha sido por maldad sino por ignorancia— constata después de uno o dos años que su vivienda no es la más adecuada para albergar niños. Esto puede ser una experiencia amarga, tanto más cuanto menos ingresos económicos tenga la pareja en cuestión. Seguramente han ido ahorrando durante mucho tiempo para pagar ese sofá color crema que pronto empieza a acusar manchas sopechosas que no se quitan con ninguna de las espumas anunciadas, y esa mesa baja de cristal cuyas esquinas agudas están justo a la altura de un bebé gateante.

En cuanto a la seguridad física del pequeño todos los padres estarán de acuerdo en que se deben tomar todas las precauciones necesarias para evitar accidentes, pues es evidente que no se puede vigilar al niño las veinticuatro horas del día. Pero un bebé en edad de gatear no sólo se pone en peligro a sí mismo, sino a todos los objetos que para los padres representan algún valor. Y ahí es donde empieza a peligrar el bienestar psíquico del niño.
Una madre que nueve veces dice pacientemente a su hijo que no debe coger el florero de cerámica, sin que el pequeño alborotador le haga el menor caso, la décima explotará y le dará un cachete en la mano, por mucho que antes se haya jurado que nunca (¡nunca!) pegaría a su hijo. Para defender su propiedad terminará por agredir al niño.

Artículos de seguridad
Los niños de corta edad son especialmente propensos a sufrir toda ríase de accidentes domésticos. Para ellos, la casa, hecha a la medida ic los mayores, es un lugar lleno de peligros.
Algunos de ellos son absolutamente imprevisibles. Pero otros pueden evitarse; basta con tener la precaución de instalar pequeños sistemas de seguridad en los puntos más peligrosos.
En el mercado, aparecen continuamente pequeños artilugios para hacer el hogar más seguro.
—Protecciones de goma para los cantos de las mesas. Pueden evitar más de un chichón, cuando el niño alcanza la misma altura de la mesa.
—Topes para los cajones. Cuando el niño descubre que es capaz de abrir y cerrar cajones, corre el peligro de que alguno de ellos le caiga encima. Colocando un simple tope, es imposible.
—Dispositivos para ventanas. Impiden que el niño pueda abrirlas y cerrarlas a su antojo y se asome peligrosamente.
—Barreras de seguridad. Impiden el paso del niño por aquellos lugares que pueden representar un peligro para él: acceso a la cocina, a una escalera, etc.
—Tapas protectoras para los enchufes. Son absolutamente indispensables para proteger cualquier enchufe que quede al alcance de los dedos del niño. No deben manipularse nunca delante de él.
—Bandas adhesivas para puertas de cristal. Sujetan el cristal por detrás y son invisibles. Sirven para que en caso de rotura, los vidrios queden pegados a la banda adhesiva y no caigan sobre el niño produciéndole alguna herida.
—Enchufes de luz. Proyectan una luz tenue, y pueden dejarse encendidos toda la noche, para que el niño se sienta más acompañado.
—Interfonos. Permiten oír al niño de una habitación a otra sin necesidad de ir a cada momento a ver qué hace.
—Graduadores de luz. Permiten regular la intensidad de la luz ambiental en la habitación del niño. Viendo simplemente un poco de luz. él se siente más tranquilo, y al mismo tiempo se ahorra energía.