
ESTRATEGIAS MÁGICAS
Aveces hay que hacer uso de la imaginación para que dejen de pensar en el dolor. Algunos trucos de toda la vida funcionan muy bien, sobre todo si los utilizamos de forma habitual:
• El “Sana sana, colita de rana, si no sana hoy, sanará mañana” seca las lágrimas de los pequeños por arte de magia.
• Otra fórmula infalible consiste en retar al mueble culpable del golpe.
• Si, además, anudamos un pañuelo en su dedito o le ponemos una cunta (las venden con dibujitos), tendrá un buen motivo para sentirse mejor y contárselo a todos.

Responder con mimo, pero sin excederse Aunque para nosotros se trate de una simple excusa para llamar la atención, no podemos pasar por alto lo que el chiquito nos está solicitando: una dosis extra de mimos.
Por supuesto, tampoco es cuestión de caer en la exageración y tratarlo como si volviera de la guerra. Tanto si se ha hecho daño de verdad como si se trata de un pequeño truco, no es conveniente amplificar la magnitud de lo sucedido. Otorgar demasiada importancia al suceso sólo servirá para que se asuste de verdad o piense que no lo tomamos en serio.
Supongamos ahora que la herida es real y el niño se queja con motivo. Como primera medida debemos averiguar el verdadero alcance de la lesión y, a continuación, tranquilizarlo y curarlo.
En casa conviene contar con un buen botiquín. No deben faltar yodo, gasas, paracetamol (o cualquier otro analgésico o antitérmico), curitas, termómetro, alcohol, agua oxigenada y vendas.
A veces, los niños se asustan mucho, pero en otras ocasiones nos sorprenden y se comportan como auténticos valientes. No lloran y hasta se permiten el lujo de consolar a sus papas durante el trayecto: “No me pasa nada, mamá, no te preocupes”.
También puede ocurrir que no tengamos claro si la lesión es lo bastante importante como para llevar al pequeño al hospital. En caso de duda, siempre es mejor presentarse allí.
Si sufre alguno de estos percances, tendremos que acudir sin dudarlo: Traumatismos cráneo-encefálicos, aunque sean leves. Heridas producidas en lugares sucios o contaminados que puedan causar una infección de la lesión. Cortes profundos y lesiones con desgarro de la piel o pérdida de sustancia (falta un trozo de carne, se arranca una uña…). Mordeduras de animales y picaduras de insectos susceptibles de producir alergias o envenenamientos, como abejas, avispas o escorpiones.
A veces, cuando los chicos pasan por una experiencia difícil en la guardia médica (puntos, curas complicadas) pueden necesitar proyectar sus emociones. Si los dejamos jugar libremente, el osito de peluche o la muñeca se convertirán en los pacientes perfectos de su hospital particular.

Un vendaje para enseñar a todos
Mientras alguien cura su herida, se sienten protagonistas del acontecimiento. Además, no cabe duda de que un vendaje en el dedo es suficiente motivo de orgullo para presumir durante unos cuantos días. Tal vez por eso, los pequeños explotan un poco el truco de vez en cuando.
Es curioso que, en algunas ocasiones, el llanto varíe en función de los asistentes al golpe. Si la persona que los cuida (la madre, la abuela, la niñera…) se encuentra presente en ese momento, llorarán aún con más ganas, con más confianza. Claro que otros chicos hacen justo lo contrario: en cuanto aparece un adulto en escena, las lágrimas se acaban y el dolor se les pasa antes.
También hay casos en que extrañan un mimo y utilizan el ¡pupa! para conseguirlo. A lo mejor la mamá lleva mucho tiempo regando las plantas y el papá está demasiado entretenido viendo un partido en la televisión. En ese momento nadie le hace al chiquito tanto caso como él quisiera y empieza a aburrirse
un poco de jugar sólito. ¿Cómo resolver tan tediosa situación? Lo mejor es inventarse otro juego en el que pueda involucrar a los demás.
Así que, sin mayor vacilación, de pronto aparece el chico en el jardín, quejándose de un dolor rarísimo que le ha entrado de repente en el dedo gordo…
En cuanto mamá lo mira, ya sabe que no se ha hecho ni siquiera un rasguño. Se da perfecta cuenta de que sólo pretende llamar su atención. Por supuesto, le da un beso y le canta el Sana, sana. Después le dice que no ha sido nada y lo invita a ayudarla con las plantas. De inmediato, el chiquito agarra con entusiasmo la regadera y el inexplicable dolor desaparece en un instante.
Restarle importancia al golpe como primera estrategia no siempre es buena idea. Es mejor ofrecerles una caricia o un abrazo afectuoso, incluso aunque sospechemos que las lágrimas del contuso son de cocodrilo.

Ayer Guille estaba en su cuarto jugando cuando, de repente, pegó un grito que puso los pelos de punta a su mamá. Ella salió corriendo a buscarlo, pensando que se podía haber dado un buen golpe y, cuando llegó, lo encontró llorando a lágrima viva porque no podía sacar el dedo de la arandela del sonajero. ¡Qué susto por una tontería!
Lo que le pasa a Guille es muy frecuente a su edad. Cualquier pequeño accidente lo impresiona. Mamá piensa que el suceso no tiene importancia, pero para él es una tragedia sentir el dedito aprisionado. En su mundo infantil, el inocente sonajero se ha convertido en una trampa mortal de la que no ve manera de salir. Sus habilidades son limitadas todavía y no logra sacar el dedo de la arandela. Por eso tiene la sensación de que la experiencia lo sobrepasa y no puede evitar sentirse perdido ante algo así.
Como no paran ni un momento, los accidentes están a la orden del día. Rasponazos, magulladuras, alguno que otro chichón… Y claro, lo peor es cuando brota un poco de sangre. Además de sentir dolor, se asustan de la mancha roja. Aunque sólo aparezca en escena media gota, para ellos es prueba indudable de la gravedad de su herida.
Una forma de ayudarlos a superar este temor es solicitar su colaboración cuando haya que curar a otros miembros de la familia. Así aprenderán a restar importancia al hecho.
Por supuesto, a nadie se le escapa que las lesiones ofrecen a los pequeños una oportunidad de oro para llamar la atención. En cuanto se hacen un corte y gritan ¡pupa!, alguien se presenta al instante y les pone una preciosa curita.

Las normas están para cumplirías
En las piletas públicas, la normativa se limita a fomentar un clima de mutuo respeto. Nada de utilizar la pileta como si fuera un inodoro ni molestar al resto de los bañistas con pelotas o colchonetas. Tampoco puede usarse calzado de calle dentro de las instalaciones, comer o beber en las zonas no habilitadas para eso, poner la música demasiado alta… La normativa de los natatorios privados puede variar, pero suele ser similar.
Así como les enseñamos a comportarse en la mesa o cuando juegan con sus amigos, también deben aprender a ser respetuosos con los otros cuando se divierten en la pileta. Además, éste es un buen método para prevenir accidentes.

Para velar por su salud, también debemos insistir en que no se olviden de:
• Respetar las dos horas de digestión (los cambios bruscos de temperatura son peligrosos).
• Unas ojotas de goma (los hongos se contagian con suma facilidad).
• La crema solar con el factor de protección adecuado.
• Unas antiparras de natación y pomada contra picaduras de insectos.

Prohibido hacer locuras (en la pileta)
Durante los meses de verano, cuando el sol amenaza con transformarnos en charcos de transpiración, las piletas se llenan de chicos bulliciosos e incansables. Todos con ese tono tostado que ya quisiéramos tomar nosotros, jugando durante horas dentro del agua y divirtiéndose de lo lindo.
Nunca deben ir sin un adulto No hay que dejarlos solos, incluso aunque naden a la perfección. Y no sólo por los riesgos que implica: también es muy importante que les enseñemos a comportarse bien con los demás usuarios. Si nos es imposible ir con ellos, podemos buscar a algún vecino, amigo o familiar que los acompañe.
¿Quién no ha sufrido la caída de un chico que se lanza al agua mientras nadamos tranquilamente? Esto, además de molesto, puede ser peligroso.
Los guardavidas suelen llamar la atención a los chicos que juegan de forma agresiva (se tiran al agua de golpe cuando no deben, hacen torres -algo que está rigurosamente prohibido- o juegan a la pelota sin importarles a quién golpean), pero ésta no es su verdadera función. Su trabajo es atender las posibles situaciones de peligro que puedan surgir, no vigilar el comportamiento de nuestros hijos.
No se trata de que no les permitamos jugar libremente. Acatar una serie de normas elementales permite que tanto los adultos como los chicos disfrutemos del natatorio. • Lo primero que hay que exigirles es que se duchen antes de entrar en la pileta. Prediquemos con el ejemplo.
Sería aconsejable el uso de gorra de natación (una medida higiénica excelente), ya que los filtros de las depuradoras pueden tener problemas con los cabellos, pero sólo son obligatorias en las piletas climatizadas.
• Los juegos más peligrosos para la integridad física de los chicos son las tonterías que cometen afuera del agua: empujones junto al borde, golpes con las escaleras, porrazos en el cemento… Y, sobre todo, las lesiones que provoca tirarse de cabeza donde el nivel de agua es bajo. Pueden sufrir un simple golpe, un esguince cervical o la temida cuadriplejia.
No obstante, los primeros auxilios más habituales en una pileta son los puntos de sutura.
• Debemos llamarles la atención si vemos que alborotan y molestan. Y si no nos hubiéramos percatado de sus travesuras y el guardavidas los retara, tienen que saber por nosotros que se lo han merecido.
• Por supuesto, si sufren algún percance (corte, golpe, raspadura…), hay que llevarlos de inmediato a la salita de primeros auxilios del establecimiento.

Sé por propia experiencia cuánto dolor causa a una persona con un mínimo sentido de la estética tener que prescindir de todas esas pequeñas cosas que hacen agradable el hogar. Pero un niño es un niño. Si no queremos reprimir constantemente su afán de investigación ni estar todo el día en danza para salvar lo que para nosotros representa un valor, tenemos que simplificar la casa al máximo. (Más tarde hablaremos sobre el acondicionamiento de la casa para niños mayores). El sofá se cubrirá con una manta, si es necesario, incluso con una sábana; la mesa baja de esquinas agudas desaparecerá o se cubrirá con un tapete grueso: las cerámicas se guardarán…
También los padres se beneficiarán con esta decisión por la extrema sencillez. Ningún objeto de valor —real o sentimental— se romperá; pueden leer tranquilamente el periódico o dedicarse a sus tareas mientras su hijo gatea por toda la casa. No le pasará nada, ni a él ni a los muebles debidamente protegidos. No tienen por qué ponerse nerviosos ni levantarse para regañar y prohibir. Su hijo está contento de poder hacer lo que quiere, y el ambiente relajado y libre hace que les moleste y lloriquee mucho menos. Y cuando reclame su atención por una necesidad real, los padres, después de haberse podido dedicar durante un buen rato a sus cosas, están más dispuestos a darle lo que necesite.

La segunda clase de padres —quizá profesionales de la educación o más avispados por el ejemplo de amigos— decide desde el principio amueblar lo más sencillo posible: lo más necesario de armarios y por lo demás mucha goma espuma, moqueta y cojines. Si el bebe lo estropea, no se ha perdido mucho; más tarde, cuando el niño vaya al colegio —y la madre vuelva a ganar dinero— aún estarán a tiempo para comprar los muebles definitivos y decorar la casa a su gusto.
La tercera clase —esperemos que la mayoría, porque a pesar de haberse equivocado al principio, no ha sido por maldad sino por ignorancia— constata después de uno o dos años que su vivienda no es la más adecuada para albergar niños. Esto puede ser una experiencia amarga, tanto más cuanto menos ingresos económicos tenga la pareja en cuestión. Seguramente han ido ahorrando durante mucho tiempo para pagar ese sofá color crema que pronto empieza a acusar manchas sopechosas que no se quitan con ninguna de las espumas anunciadas, y esa mesa baja de cristal cuyas esquinas agudas están justo a la altura de un bebé gateante.

En cuanto a la seguridad física del pequeño todos los padres estarán de acuerdo en que se deben tomar todas las precauciones necesarias para evitar accidentes, pues es evidente que no se puede vigilar al niño las veinticuatro horas del día. Pero un bebé en edad de gatear no sólo se pone en peligro a sí mismo, sino a todos los objetos que para los padres representan algún valor. Y ahí es donde empieza a peligrar el bienestar psíquico del niño.
Una madre que nueve veces dice pacientemente a su hijo que no debe coger el florero de cerámica, sin que el pequeño alborotador le haga el menor caso, la décima explotará y le dará un cachete en la mano, por mucho que antes se haya jurado que nunca (¡nunca!) pegaría a su hijo. Para defender su propiedad terminará por agredir al niño.