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Los amigos de mi hijo

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Los padres deberían mantener una actitud dialogante, pero sin agobiarlo.
No deberían intentar a toda costa hacer hablar al niño, sino transmitirle que ellos están cerca, que lo escucharán cuando necesite contar algo. No tienen que entrometerse constantemente. Por muy auténtico que sea nuestro interés, él se sentirá abrumado.
Algunos padres prefieren que su hijo no traiga amigos a jugar o dormir a casa, porque esto implica un desajuste en la rutina familiar. Hay que preparar más comida, llevar luego al niño a su casa. Sin embargo, para los chicos, estos contactos amistosos son fundamentales. En especial, si se trata, por poner ejemplos evidentes, de un varón de nueve años con una sola hermanita de tres, de una niña de siete con hermanos que le doblan la edad… y no digamos de los abundantes hijos únicos.
Por otro lado, debemos entender que un niño de diez años que se retrae no está en la misma etapa evolutiva que uno de siete. Se encuentra en el umbral de la pubertad y de la revolución emocional que ella implica. Por lo tanto, a veces, precisa aislarse.
Poder rechazar la compañía cuando no se desea es tan importante como poder elegirla cuando se necesita.

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La amistad

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De acuerdo con las tendencias psicopcdagógicas más renovadoras, al tiempo que se estimula la vida de relación en el niño de esta edad, es recomendable también no reprimir la manifestación de sus emociones. Un adecuado desarrollo afectivo exige que el niño pueda llegar a expresar sus sentimientos ante los demás de la forma más espontánea posible. Porque una cosa es la expresión de las emociones, y otra, muy distinta, son los modos de actuación, que, naturalmente, hay que encauzar en la dirección de los hábitos sociales que posibilitan el aprendizaje de la convivencia.
Una vez superado el límite de la primera infancia, el niño entra en una larga etapa en la que consolida sus inclinaciones y tendencias ya adquiridas. Los psicoanalistas denominan a este período que arranca a partir más o menos de los seis años y que concluye en la época adolescente, «etapa de latencia». A lo largo de la misma, el niño intensiñea su vida de relación con los demás. Aunque no establece propiamente amistades en el sentido en que lo hará más tarde, cuando sea adolescente, forma ya su propio núcleo de cama-radas en la escuela y gusta de tener sus compañeros de juego al encontrarse fuera del hogar.
Al margen de las relaciones que el niño establezca en el ámbito escolar, los padres pueden y deben fomentar las amistades de su hijo. Invitar a los amigos a casa, organizar salidas conjuntas, compartir los fines de semana representa algo más que un ritual; significa favorecer la autonomía progresiva de los hijos y preparar la difícil entrada en la adolescencia.

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Amistad

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Relacionarse es un aprendizaje
Las relaciones de amistad entre niños no son fáciles. Con lo cual se quiere decir que no están dadas y que, en consecuencia, se tienen que aprender. Para un niño que ha vivido hasta entonces en la cálida y envolvente atmósfera familiar y en la que se ha sentido único y protegido, el contacto con el mundo de los otros es, por lo menos, dificultoso, y en ocasiones inevitablemente traumático. Es un trance
por el que tiene que pasar y en el que necesita del máximo apoyo y atención de los padres.
El aprendizaje que el niño tiene que realizar no es otro que el de los hábitos sociales. Tiene que aprender a compartir las cosas con los otros niños que son sus iguales; le es necesario desarrollar su capacidad de espera, acostumbrarse a pedir lo que quiere, defender sus legítimos derechos frente a los demás, expresar sus sentimientos con palabras. Este conjunto de hábitos no se adquiere de inmediato. Se trata más bien de una evolución que se desarrolla entre los tres y los seis años.

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Las amistades

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LAS AMISTADES
El comienzo de la edad preescolar, a partir de ios tres años, marca el inicio de la vida de relación social en el niño. Hasta este momento, las necesidades infantiles de afecto y de comunicación están centradas fundamentalmente en la madre y, en segundo lugar, en el padre y en el resto de la familia. Pero cuando un niño ha cumplido los tres años de edad, su vida relacional ya no puede ser colmada por entero por los integrantes del núcleo familiar.
La separación de la madre y el comienzo de relaciones con otros niños constituyen un acontecimiento de gran trascendencia, que coincide con el ingreso del niño en la escuela o jardín de infancia. Sin embargo, en bastantes ocasiones, y por desgracia, las necesidades económicas de la familia —que conllevan el que la madre trabaje— adelantan este hecho. Si es posible, el niño no debe separarse de la madre antes de los tres años. Su estructura emocional así lo exige.
Ahora bien, una vez se ha rebasado esta edad, es conveniente que los padres estimulen la proyección de su hijo hacia el exterior y que refuercen, en tanto puedan, su sentido de independencia, que, por lo general, está mucho más desarrollado de lo que los adultos acostumbran a suponer.

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