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La pareja

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Solidaridad en la pareja
El papel de la pareja es insustituible para ayudar a superar esta frustración. El hombre y la mujer han sufrido una pérdida, pero él aunque pueda ser el responsable, debido a las características de nuestra sociedad, que
siempre carga las tintas de estos problemas en la mujer, no pone en duda su valía personal y ella sí. El no padece una alteración hormonal y ella sí. A él le corresponde, sin embargo, solidarizarse, acompañar, desculpabilizar.
Los padres y los allegados no pueden suplirlo en esta función; ellos protegen y arropan a ese miembro de la familia que está débil, pero no ejercen tanta influencia en su autoestima. Ella siente que el cariño de los suyos es incondicional, pero que el de su compañero tal vez esté en entredicho. A veces la frustración no se supera completamente hasta que se produce otro embarazo, que suele vivirse con mucha más ansiedad. Principalmente, hasta que se supera ese fatídico momento en que la maternidad anterior quedó interrumpida.

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Ayuda del psicólogo

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A veces es necesario la ayuda del psicólogo
En determinadas ocasiones, la mujer necesita ayuda psicológica, recurra a ella o no. La conveniencia de un tratamiento depende de la estructura de personalidad de cada una y de su capacidad para elaborar mecanismos defensivos frente a los componentes de angustia. Depende también de la idea que sobre la maternidad tiene cada mujer, puesto que para algunas significa el centro de su vida, mientras que otras le dan un valor relativo. Depende de las posibilidades de tener más hijos… Pero no siempre el hecho de tenerlos previamente implica un trauma menor.
Este es el caso de María Elena, profesora de historia, quien tras un aborto espontáneo fue sometida a tratamiento psicológico y farmacológico, a pesar de que era madre de dos adolescentes de 14 y 16 años. “Deseaba a ese bebé, ya que la infancia de mis otros hijos pasó demasiado rápido. Era muy joven y me los criaron las abuelas mientras yo estudiaba en la universidad. Además, esta tercera vez tardé mucho en quedar embarazada y era mi última oportunidad.”
María Elena había vivido esa nueva gestación como el “ahora o nunca”. Un ginecólogo no especializado en fertilidad, sin estudio alguno le desaconsejó intentarlo de nuevo y ella sintió que su historia se dividía en un antes y un después, que se le pasaban los años. La doctora Peiro explica que “cuando los padres son demasiado jóvenes, prestan atención a muchos otros estímulos y la maternidad queda solapada dentro de ese cúmulo de proyectos. Y a veces, de grandes, se plantean tener otro hijo, muy deseado, para recuperar el tiempo perdido”.

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Embarazo interrumpido

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Una realidad oculta
El pacto de silencio parece ser otra de las características inherentes al aborto espontáneo, aunque no se oculte: apenas se cuentan detalles y, pasados unos meses, no se menciona, es como si se olvidara… En la Argentina no existen estadísticas oficiales en cuanto al número de abortos espontáneos, pero se calcula que en los países desarrollados entre el 15 y el 25 por ciento de los embarazos confirmados se ven interrumpidos invo-luntareamente. Ante estas cifras, todos nosotros deberíamos conocer a un porcentaje similar de parejas que hubiera pasado por este trance y, sin embargo, no sucede así. Las mismas mujeres que cuentan todos los datos de sus embarazos y partos suelen pasar por alto una anterior gestación frustrada. Los especialistas coinciden en afirmar que de las experiencias negativas se habla menos, dado que a nadie le gusta recordar hechos en que nuestra autoestima ha sufrido un golpe.

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Aborto espontaneo

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Un cambio hormonal similar al del puerperio
Por otro lado, nadie parece recordar que después de un aborto espontáneo se producen cambios metabólicos que conllevan un episodio depresivo, similar al puerperal. Las alteraciones hormonales empiezan cuando el óvulo es fecundado y todo el cuerpo de la futura mamá se dispone para recibir el embrión. Y continúan cuando el proceso se interrumpe y ese organismo debe volver a su estado anterior. La mujer entonces sufre una depresión agravada en su mayor parte por causas bioquímicas. “Si a este factor se agrega la sensación de duelo, nos encontramos ante un período de depresión, cuyo grado y duración en el tiempo dependen de las circunstancias de cada persona: si ha tenido otros abortos espontáneos o no, si la pareja se lleva bien, si era un niño deseado…”, señala la psicóloga.
Débora, empleada de banco en un pueblo de Córdoba, abortó a la semana siguiente de haber confirmado que se encontraba encinta, justo el mismo día que su hija cumplía cinco meses. “No me sentí tan mal porque no podía asumir que iba a tener en casa a otro bebé llorando por las noches. .. -dice tratando de negar la realidad frustrante-. Yo, en realidad, estaba muy preocupada por el trabajo, porque me acababa de reincorporar después de una licencia por maternidad a la que uní las vacaciones.” Según la doctora Peiro, cuando se trata de una gestación no buscada y de muy poco tiempo, “la razón nos consuela pensando que ese bebé nos habría complicado demasiado la vida. No obstante, aunque se verbalice de esa manera, si profundizáramos encontraríamos la evidencia de una pérdida. El sentido común lo justifica, pero existe un sentimiento de pérdida. Naturalmente mucho menos doloroso que cuando la madre ya ha notado los movimientos del feto”.

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Perder el embarazo

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Dolor y disminución de la autoestima
La opinión generalizada considera que la mujer se repone muy pronto de este percance, tanto física como psicológicamente. Incluso quienes comprenden la destrucción afectiva que supone uní maternidad frustrada creer que la afectada puede sobre ponerse con facilidad. “Sin embargo, la superación de pende de muchos factores -afirma la psicóloga María Peiro-. Existe una línea di visoria entre la primeriza y 1a que ya tiene hijos. Para la primera representa, además de la tristeza natural, una disminución de su autoestima, al no-ser capaz de pasar la prueba de la maternidad. La segunda, que ya ha demostrado que ha cumplido su papel, no suele experimentar una reducción de su estima personal, pero sí un dolor más profundo por la pérdida afectiva, cuyo alcance ya conoce por el cariño a otros hijos.”
La mayor parte de las interrupciones espontáneas de la gestación tiene lugar durante el primer trimestre. Aunque en ese tiempo la mujer está más pendiente de sí misma y de los cambios que experimenta que del futuro niño, en el caso de la primeriza ha quedado claro algo fundamental: es capaz de quedar embarazada. Cuando pierde el que podría haber sido su primer hijo, se cuestiona si va a lograr quedar embarazada otra vez y, por lo tanto, se cuestiona su función como mujer. Empieza a cobrar una gran relevancia el ¿podré?, ¿no podré? Algo que ella vive como un reto frente a su propia pareja, a sus padres (sobre todo, su madre), frente a la sociedad y principalmente frente a ella misma. Ahora racionalizamos mucho más las cosas y valoramos más el ser persona, el desarrollo profesional…, pero en el fondo sigue latente la asociación del binomio mujer-madre.
El sentimiento de culpabilidad hace acto de presencia. Ella cree que, si se hubiera cuidado mejor, si hubiera dormido más, si hubiera evitado conducir tanto…, no le habría pasado. Se hace responsable no sólo porque ha perdido algo propio, sino también porque era un proyecto de su pareja, algo común cuya viabilidad le competía sólo a ella.

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Perder un hijo

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Pérdida irreparable
Ocurre que no sólo se ha perdido físicamente un embarazo. Se trata de algo mucho más serio: se ha frustrado una esperanza. Y eso trae aparejado un costo emocional que será mayor o menor de acuerdo con lo que ese hijo significaba para la mujer o la pareja; así como el estado psicoemocional en que se encontraban ambos padres en potencia. Es frecuente que la mujer que ha perdido un embarazo sienta que nadie la comprende -a veces ni siquiera su marido (que también ha perdido la posibilidad de tener un hijo)-

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Perdida de un hijo

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Cómo podemos ayudar

Los que rodean a una mujer que ha perdido un embarazo deben tener en cuenta que esa persona está de duelo. Un duelo que implica un proceso por el que ella debe pasar. Para ayudarla a salir del túnel se aconseja seguir las siguientes normas:
• Intentar que se desahogue, que llore, que se explaye. Hablar con ella sin restarle importancia al trance pasado.
• Impedir que se culpabilice. Si, como sucede a menudo, se desconoce el motivo, hay que evitar que ella busque en supuestas conductas personales o en las herencias de su familia o de su pareja la causa de esa situación.
• En caso de que existan grupos de autoayuda en el lugar donde ella vive, recurrir a ellos.
• Si ya tiene algún hijo, ayudarla a centrarse en esa maternidad.
• Estimularla a aumentar el número y el nivel de actividades placenteras: salir, ir al cine, viajar, reunirse con amigos…
• En caso de que la tristeza no remita, aconsejarle que acuda a una consulta psicológica.

No conviene decir…

Jamás debemos pensar que el sufrimiento es menor porque
lo que ha perdido la mujer era algo desconocido y con lo que aún no había tenido oportunidad de encariñarse. Numerosos estudios han demostrado que resulta mucho más doloroso deshacerse del recuerdo de un bebé cuando no se lo ha podido ver ni tocar. Existe una mayor aceptación del duelo cuando el niño se ha conocido, se ha tocado, se ha acunado.
• Sobre todo, conviene no decirle que lo que perdió era sólo un embrión. Probablemente ella ya le estaba buscando nombre y quizás hasta guardería, para la mujer se trataba de su bebé, único e irrepetible.
• No hay que decirle que ya tendrá otros hijos. Ese argumento no la consuela y produce el efecto contrarío: se siente sola e incomprendida ante su dolor.
• No busquemos responsables con el fin de evitar que sea ella quien se culpabilice. Tampoco podemos confirmar las posibles hipótesis que a ella le ronden por la cabeza (“Si no hubiéramos retrasado la cita con el médico por ir al casamiento… Si no hubiera trabajado tanto el fin de semana anterior…”).

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Perdida de embarazo

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Quien ha pasado por el lamentable trance de la pérdida involuntaria de un embarazo ha debido soportar -además del hecho en sí- los comentarios casi siempre bien intencionados pero a veces crueles de quienes lo rodean. Por lo general, estos pretenden ser un consuelo, aunque pocas veces logren su objetivo. Lo tremendo -para quien está aún de duelo por la pérdida-es que ni la sociedad, ni la familia, ni la mayoría de los médicos le conceden a ese hoy proponen algunos estudios mínimos, considerando las características y los antecedentes de cada familia. Si se han perdido dos en forma consecutiva, la buena medicina obliga a encarar de lleno un estudio serio y formal para tratar de descubrir alguna causa posible que sea remediable.

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