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La socialización

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La socialización
Por lo que respecta a los padres, es preciso que tengan en cuenta que la progresiva incorporación de su hijo en la escuela supone una «pérdida» afectiva para ellos. De pronto ocurre que el pequeño ya no está todo el día en casa y además, cuando llega, puede pasar que sus intereses giren en torno a otros polos afectivos, que hable de otras personas, etc. En una palabra: llega un momento en que el niño precisa una cierta separación de los padres, pero a éstos les ocurre algo parecido —aunque, claro está, no de forma tan crítica.
Todo lo que sea fomentar la autonomía del niño es bueno, de idéntica manera a como no es conveniente que el niño quede prendido de una fuerte dependencia emocional con respecto a sus padres.
Entre las muchas responsabilidades que les incumben a éstos, también está, en fin, la de que favorezcan la independencia de sus hijos.

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Desarrollo social

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El desarrollo afectívo-social
Uno de los hitos más importantes en el desarrollo afectivo que da comienzo a los 4 años es el de la separación de la madre —que socialmente viene indicada por el comienzo de la edad preescolar— y el de la aparición en escena, desde el punto de vista psicológico, del padre.
No es que éste haya estado ausente del horizonte de los primeros años de la vida del niño. Ahora bien, la presencia paterna, hasta esc momento de menor importancia que la presencia materna, adquiere en esta etapa su plena importancia.
Esto tiene conexión con el hecho de que el niño ya es capaz de comprender las ausencias; ahora ya sabe que un objeto, aunque no esté a su lado, puede existir igualmente.

Por otra parte, el niño de esta edad experimenta las diferencias sexuales, que incorpora como elementos decisivos, en uno u otro sentido, de su propia identidad. En este proceso de diferenciación, la referencia al padre es muy importante.
El padre, además, representa el orden exterior, y el niño afronta ahora unas exigencias de autonomía y emancipación que le llevan a indagar con extrema curiosidad las características de este mundo exterior cuyo representante es precisamente el padre.
Después de los 5 años, la orientación afectiva del niño empieza a diversificarse de manera cada vez más rotunda. La identificación con los padres se amplía orientándose hacia otros modelos, como por ejemplo los maestros. La capacidad afectiva del niño, al mismo tiempo, se canaliza hacia otros niños de su edad, con los que comienza a anudar relaciones amistosas.
Este proceso de orientación hacia el exterior no impide que coexista un proceso inverso, que apunta a la construcción y fortalecimiento del propio Yo. El niño aspira a hacerse valer en todo lo que hace y su necesidad de afirmación necesita todavía del caluroso afecto de los padres. En este momento, como en pocos, el niño está muy sensibilizado hacia la opinión de los demás y se inquieta al saber que puede cometer equivocaciones.

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Desarrollo del niño

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Al iniciarse este período, el niño atraviesa lo que se ha dado en llamar «la edad de los porqués». Ya con anterioridad había atravesado por una etapa semejante —hacia los 2 años—, pero entonces el interés del niño era por saber el nombre de las cosas, mientras que lo que ahora desea saber está en relación con la causa y la finalidad de las cosas.

El pensamiento infantil continúa siendo en un principio un pensamiento todavía concreto, todavía incapaz de abstracción. Pero con una particularidad, y es la de un aumento de la capacidad de simbolización ligada al desarrollo de un lenguaje cada vez más evolucionado.
A través del lenguaje, el niño adquiere ya nuevos conocimientos, sin que éstos tengan necesariamente que ser experimentados. Para un niño de 4 o 5 años es ya de por sí una experiencia aquello que oye decir a sus padres o a sus maestros, o simplemente lo que oye cuando ve la televisión.
Hacia los 6o7 años, no obstante, la inteligencia del niño produce un salto cualitativo. Es el momento en que tiene lugar el aprendizaje
de la lectura y de la escritura, que marca un hito en la evolución intelectual infantil.
El pensamiento en esta época se va haciendo cada vez más positivo y se indagan las causas racionales de los hechos que se observan. Al propio tiempo, el egocentrismo característico de las etapas anteriores va cediendo el paso a un sentido crítico que no hace sino aumentar con la edad. También remite la antigua proyección mágica que hacía que las cosas estuvieran animadas. A los 6, a los 7 y a los 8 años, un niño distingue ya claramente qué es lo que pertenece al ámbito de la fantasía y cuáles son los hechos que corresponden a la realidad tangible.
Las adquisiciones intelectuales de este período son muchas. En primer lugar, la atención y la memoria se desarrollan de una forma extraordinaria. Esto posibilita al niño el concentrarse en aquellos temas que son de su interés —aunque no de forma sostenida como un adulto—. Por otra parte, es capaz de recordar cosas increíbles, aunque de forma mecánica, sin saber explicar todavía lo que quieren decir y sin llegar a desentrañar su conexión lógica.
Esto no quiere decir que el niño no se preocupe por saber si su pensamiento es correcto o no. En realidad, es en este momento cuando se ponen las bases de lo que constituye una de las cualidades esenciales de la inteligencia adulta: la reversibilidad.
La reversibilidad constituye el primer eslabón del pensamiento lógico y consiste en la posibilidad de pensar las acciones al revés. Para el niño de esta edad, esta adquisición le es muy útil para aprender las primeras operaciones matemáticas.
Por último, hay que señalar otra de las adquisiciones fundamentales de esta etapa. Se trata de la maduración de las nociones objetivas de tiempo y de espacio. Esto supone para el niño tomar conciencia de las distancias, de las medidas y del tiempo en que vive, siempre y cuando todo ello no se presente de forma muy abstracta.

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El niño

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EL NIÑO DE 4 A 8 AÑOS
En esta etapa, que comienza cuando el niño se encuentra en edad preescolar y que concluye con su plena integración en el mundo socializado de la escuela, culminan los distintos desarrollos evolutivos de la primera infancia. Psicomotricidad, inteligencia, lenguaje, hábitos, afectividad…, todo confluye en la formación de una personalidad que hacia los ocho años ya aparece consolidada en sus líneas de fuerza.

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Formacion de habitos

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La formación de hábitos
Ya se ha hablado de la importancia de que los padres enseñen a sus hijos a distinguir lo que es bueno de lo que es malo, esto es, de que impongan normas. No hay que esperar que los niños entiendan éstas, pero sí es importante que sean claras y coherentes, que no se contradigan unas con otras.
Las normas son límites absolutamente necesarios para el crecimiento del niño, que le dan seguridad y le permiten afrontar las ansiedades. Las normas llevan implícitas un castigo —si no se cumplen— o una aprobación. El castigo jamás debe ser desproporcionado (basta con una simple reprobación, muchas veces), puesto que provocaría una mayor ansiedad que la que se trata de evitar; pero tampoco es bueno que se prescinda del mismo, porque esto tampoco ayudaría al desarrollo del niño.
En estrecha conexión con las normas está la formación de hábitos, cuya adquisición es necesaria cuando el niño comienza a estar en la edad preescolar.
Hay que tener en cuenta que en el momento en el que el niño empieza a ir a la escuela se inicia su proceso de socialización, a la par que se produce la separación con respecto a la madre y el entorno familiar. Para encarar la magnitud de estos cambios un niño debe gozar ya de un considerable grado de autonomía. Puesto que ya sabe correr, conversar y manipular con destreza los objetos, esta autonomía está en buena parte garantizada. Pero es necesario que a la nnsma se le sume el control de los esfínteres.

Los hábitos de limpieza han de fomentarse a partir del año y medio. Ésta es una edad en la que la mayoría de los niños ya cuentan con los medios adecuados para controlar sus esfínteres. Por lo tanto, se puede acostumbrar al niño a unas horas fijas, siguiendo el criterio semejante al que se sigue con las comidas.
Nunca hay que ser rígido en este aspecto, aunque tampoco hay que fomentar el desorden. Conviene tener en cuenta que el control de los intestinos se consigue con mayor facilidad que el de la vejiga, y que el control diurno suele ser más asequible que el nocturno.

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Desarrollo infantil

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El desarrollo afectivo-social
La necesidad de afecto continúa siendo esencial en el segundo, tercero y cuarto año de vida. Todo lo que un niño hace en esta época está impregnado de afectos. Las cosas son buenas o malas, divierten o aburren, se las quiere o se las odia. Incluso las acciones que se hacen o se dejan de hacer están en relación con la buena o la mala cara que pondrán papá o mamá.
Puesto que todo aparece teñido todavía por las emociones, es lógico que el niño no pueda defenderse de las mismas con éxito. Y que. en consecuencia, pase de la risa al llanto o viceversa en un momento, olvidándose por completo de lo que acaba de suceder. Un niño de esta edad es incapaz de estar a un tiempo alegre y triste. Su estado de ánimo se inclina hacia un extremo o hacia otro, sin conexión alguna entre ambos.
Esta gran capacidad afectiva es determinante para el desarrollo de otros aspectos de la personalidad infantil. No hay que olvidar que el niño pone un mayor o menor interés en las cosas, según los estímulos que reciba de sus padres. Si éstos lo alaban por lo que hace, el niño se sentirá estimulado a repetir su acción, mejorándola cada vez más.
Resalta aquí de nuevo la importancia primordial que tienen los padres en la vida infantil de este período. A ellos les corresponde enseñar al niño qué es bueno y qué es malo, cómo tiene que comportarse, qué cosas están permitidas y cuáles quedan sujetas a prohibición.
Es fundamental que un niño de 3 o 4 años aprenda a manejar sus emociones. Quiere ello decir que ha de ser capaz de esperar a que se atiendan sus demandas. Para evolucionar y hacerse adulto, un niño tiene que aprender a tolerar un cierto grado de frustración de sus deseos.
Con el fin de facilitar este aprendizaje, es importante que los padres no dejen de cumplir las promesas que han hecho a sus hijos. Una promesa es el aplazamiento de un deseo, y una manera, por tanto, de que el niño aprenda que hay ciertas cosas que. aunque no se obtienen de inmediato, se pueden alcanzar.

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Desarrollo del lenguaje

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Los progresos en el lenguaje
El desarrollo de la inteligencia en este período se sustenta en los avances extraordinarios que el niño realiza a nivel de lenguaje.
Hacia los 2 años, un niño conoce unas cincuenta palabras. En el periodo que va del segundo al tercer año su vocabulario aumenta prodigiosamente hasta llegar a las mil palabras y su conversación se asemeja bastante a la del adulto.
Es característico de esta etapa que el niño emplee dos tipos de lenguaje. En el primer caso, se trata de un lenguaje social cuya finalidad es la de comunicarse con los demás. El niño lo utiliza para darse a entender cuando lo desea. Pero, al propio tiempo, utiliza también un lenguaje privado que es egocéntrico. Cuando esto ocurre —y es bastante frecuente en esta edad— es que el niño no tiene en cuenta la capacidad de comprensión de los demás, y literalmente habla para sí mismo.

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Desarrollo intelectual

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El desarrollo intelectual
Todos los psicólogos están de acuerdo en señalar que hacia los 2 años se produce un cambio importante en la inteligencia del niño. No es que «piense» todavía como los adultos, pero se muestra capaz de resolver problemas concretos sin tener delante todos los datos. Es decir que ya no actúa simplemente, sino que le es posible imaginar un objeto aun cuando éste no esté presente.
Se trata de una forma de pensamiento que los psicólogos han dado en llamar «preconceptual» y que se caracteriza porque los objetos pueden representarse simbólicamente.
La actividad simbólica es factible ya desde los 2 años porque el niño es capaz de retener en la memoria imágenes y palabras. En consecuencia, el mundo ya no se reduce simplemente al presente y las nociones de antes y de después comienzan a ser operativas en la mente infantil.

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Desarrollo del lenguaje

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El desarrollo del lenguaje
A las formas de comunicación primarias representadas por la risa y por el llanto, suceden muy pronto unas primeras vocalizaciones o sonidos guturales que inician el desarrollo del lenguaje. Hacia el medio año. el niño gusta ya de jugar con los sonidos que emite con la boca. No se trata todavía de palabras, sino de meras repeticiones de sonidos.
Es hacia los 10 meses cuando el niño pronuncia su primera palabra realmente significativa y cuando, además, atiende por su nombre cuando le llaman. Pero la verdadera facultad del lenguaje, la que permite atribuir una palabra a una acción o a un objeto, comienza más tarde, hacia los quince meses. Entonces puede decirse con propiedad que el niño ya habla y que su relación con el mundo empieza a estructurarse por medio de las palabras.
Como en todas las adquisiciones que un niño efectúa, es realmente esencial que. por lo que concierne al lenguaje, se le estimule a hablar, se le digan cosas por parte de quienes le rodean y se le den muestras de afecto evidente cada vez que realiza un progreso en su aprendizaje lingüístico.

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Amamantar

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El destete
Es fácil, pues, comprender que, desde un punto de vista psicológico, el amamantamiento —siempre y cuando sea posible— colma las necesidades afectivas del niño de una manera mucho más completa que otras formas de alimentación. El pecho es mejor que el biberón. No obstante, si. por las razones que fueren, debe emplearse la lactancia artificial, se ha de procurar que exista igualmente el contacto físico.
Un momento crucial para todo bebé es cuando se produce el destete (o cuando se reemplaza el biberón por otro tipo de alimentación), es decir, hacia los seis meses. Este es un momento en que empieza la dentición, que se manifiesta por la necesidad de morder que tiene el bebé. Es importante que la madre renueve entonces sus manifestaciones de cariño, porque lo que en el fondo se está dando es una separación que, aunque dolorosa, le permite experimentar al niño que es un ser diferenciado, distinto de su madre.

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