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Cambiar una dependencia por otra

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Cambiar una dependencia por otra

Un error frecuente entre muchos padres que ven a su hijo sometido a un pequeño dictador es intervenir directamente y decir: “No quiero que te juntes más con ese chico”. Si son ellos los que cortan la relación desde arriba, no permiten que el chico, en un momento dado, sea capaz de cortarla por sí solo. Se cambiaría así una dependencia por otra, y los padres se convertirían en unos nuevos manipuladores. Además, lo más probable es que el niño, que tiene “un pacto de fidelidad” con el compañero, se oponga a sus papas.
Lo verdaderamente operativo es que los padres ayuden á su hijo a entrar en contradicción, a hacer su propia crisis. Hay que preguntarle, por ejemplo: “¿Qué pasó con tus gustos? ¿Cómo es que ya no juegas al básquet con lo mucho que te divertía?”. “¿Por qué ya no vas a casa de Sofía o de Federico?”.
Hacerlo reaccionar es una tarea lenta y difícil para la que hace falta serenidad y respeto. No hay que abrumarlo con estos cuestionamientos ni pronunciarlos en un tono impaciente y de reproche, dado que sería contraproducente. Tengamos en cuenta a nuestro contrincante. Se trata de un pequeño manipulador. Un niño narcisista, seductor y egocéntrico, que está acostumbrado a hacer lo que desea, al que no se le han puesto límites, y al que le guste tener a los otros chicos seducidos y tiranizados como si se tratara de esclavos. No es fácil que un pequeño admirador incondicional se separe de un chico con estas características.
También es fundamental que los padres hagamos examen de conciencia, que reflexionemos sin miedo para descubrir algún posible error que estuviésemos cometiendo en su educación. ¿Le damos suficiente independencia? ¿Le
dedicamos el tiempo, el amor y la atención que precisa? ¿Qué nos está queriendo decir esta actitud?

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Ni muy agresivos ni muy sumisos

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Ni muy agresivos ni muy sumisos
La capacidad de una persona para expresar sin ansiedad sus propios sentimientos y opiniones se denomina asertividad.
■ Esta forma de actuar está tan lejos de la timidez excesiva como de la agresividad o la desconsideración.
■ Ser asertivo es saber, en el tono justo, defender los propios derechos, expresar acuerdo o desacuerdo, hacer o recibir cumplidos, manifestar afecto o amistad, o bien enojo si está justificado.
■ Enseñar a nuestros hijos a ser asertivos es uno de los mejores regalos que podemos darles para defenderse con éxito en la vida.

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Poner disciplina a nuestros hijos

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Probando, probando, ¿me recibes, mamá?
No hay ningún chico que no trate de imponerse de vez en cuando, que no dé alguna mala contestación o se pase alguna temporada poniendo a prueba todas y cada una de nuestras normas y deseos. Hay que armarse de paciencia y hasta de humor, y entender que son crisis propias de la edad, pero eso no implica ceder por sistema. La disciplina es necesaria, porque da estabilidad emocional al niño y le enseña a qué atenerse. Si no cuenta con normas claras, se sentirá confuso e inseguro.
Siempre es posible combinar firmeza con amabilidad y, si se pasa de la raya, tratar de relativizar su actitud desde la perspectiva que nos otorga nuestra madurez. A veces, expresiones como “Mamá, mala” o “No te quiero” pueden herir a padres inseguros, pero no hay que dejarse impresionar, ni tampoco ceder sino nos parece oportuno. Después de uno de estos estallidos ocasionales, puede ayudar mucho decirle que todo el mundo se enoja alguna vez, pero que nosotros lo queremos igual y sabemos que él también nos quiere.
Sin embargo, tampoco les conviene habituarse a expresar sus enojos de modo descontrolado. A los chicos los desborda y angustia su propia cólera, tanto si la guardan por completo como si la expresan de un modo desconsiderado. Por eso necesitan sentir que los ayudamos a dominarla y a expresarla aceptablemente: decir que están furiosos, por qué, contra quién, y mostrarles que pueden desahogarse sin dañar gravemente a nadie.
No podemos esperar de ellos un autocontrol que, a veces, ni siquiera logramos nosotros mismos. Pero sí debemos saber que nuestro ejemplo, el modo de tratarnos que reine en nuestra familia, es lo que se irá incorporando en ellos y modelando su manera de ser.

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Aprendiendo a educar a nuestros hijos

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Ya puede aprender a mostrarse cortés
Los dos años no es demasiado pronto para empezar a enseñarles a a ser considerados. No podemos pretender que se comporten con una correción extrema, pero sí ofrecerles un buen modelo, confiando en su gran capacidad de aprendizaje por imitación. Si, por ejemplo, nuestra hija nos dice: “¡Quiero salir ahora!”, no necesitamos ponernos a su nivel (“¡Saldremos cuando yo te lo diga!”). Podemos decirle algo como “Ya sé que tienes muchas ganas de salir, pero tenemos que esperar a que venga la abuela; vas a ver qué bien lo pasamos las tres”. Incluso, si a pesar de todo, su impaciencia la conduce a una rabieta (nada chocante a su edad), habremos elegido la mejor respuesta. Los efectos de un buen modelo pueden no ser inmediatos pero, tarde o temprano, se terminarán notando.
Cuando un chico no tiene claro qué puede hacer y qué no, se pondrá a patalear para averiguarlo. Por eso, es importante dejarle muy bien definido dónde están los límites y, además, mostrarnos coherentes y firmes. Si algo no está permitido, no debe quedar ningún lugar a dudas.
Pero dentro de esos límites claros podemos ofrecerle un margen de libertad. A esta edad ya puede tomar algunas decisiones. No podemos dejarlo decidir a qué hora debe acostarse ni elegir entre la comida fuerte del día y una golosina, pero sí entre dos prendas de vestir, o ir a la plaza o a casa de los abuelos. Si le damos un margen razonable de autonomía, dentro de unos límites bien marcados, estaremos satisfaciendo su necesidad de ejercer un cierto control y no necesitará estar siempre luchando para tratar de imponerse en algo.

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Educar al niño

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Nos copian el modelo
Observemos también cómo nos comunicamos con nuestro hijo. En algunas familias los más chiquitos reciben casi sólo órdenes. Expresiones como “¡No hagas!”, “¡No toques!”, “¡Dame!”, “¡Come!”, “¡Adormir!”… son casi toda la conversación que se mantiene con ellos. Es fácil que estos chicos terminen alternando la sumisión con la rebeldía y tiendan a su vez a imponerse. Hay padres, en cambio, que sin renunciar a dirigir al pequeño, dedican también mucho tiempo a dialogar con él de modo relajado, a dirigir su atención hacia el mundo que lo rodea, a jugar y hojear libros ilustrados, a satisfacer su curiosidad, etc. En el primer caso predomina una comunicación imperativa; y en el segundo, declarativa. Está comprobado que los niños con los que se usa más el segundo tipo no sólo desarrollan mejor carácter, sino también mayor inteligencia.

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Poner limites

Escrito por en Puesta de Limites

Ni siempre nosotros ni siempre ellos

A esta edad, también necesita conocer por experiencia hasta dónde alcanzan sus prerrogativas, cuánto poder puede ejercer, dónde están los límites a sus deseos. Y el tanteo explica sus frecuentes pasarse de la raya y no pocas tensiones y encontronazos.
Con este esquema, podemos entender mejor por qué los chicos de esta edad parecen a veces querer tiranizarnos. Sin embargo, hay algo muy positivo en el hecho de que sean capaces de expresar de modo claro y rotundo sus deseos y necesidades. Lo importante es saber dónde está el límite entre la sana autoafir-mación y el despotismo, para evitar este último.
El problema sobre quién decide se plantea a cada paso con un chico de dos años, y las respuestas a esta cuestión son erróneas cuando son extremas. “Siempre nosotros, nunca él”, parecen responder algunos padres que no ofrecen al niño ninguna opción. “Siempre él, nunca nosotros”, podría ser la contestación dé los que sientan las bases para convertir a su hijo en un consentido.
Nuestro acierto consistirá en saber conciliar la necesidad que tiene nuestro hijo de experimentar algún control y ejercer su voluntad con la obligación de iniciarlo en el respeto a los deseos, sentimientos y necesidades de los demás. ¿Qué podemos hacer para conseguirlo?
Los chicos pueden ser más o menos impositivos o complacientes, rebeldes o dóciles, en parte por un temperamento innato, pero la educación, es decir, los modelos que lo rodean, juegan también un papel muy importante. No es igual crecer en una familia donde todos gritan y dan órdenes que en otra en la que reinan la cortesía y la consideración.

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Sin ceder a sus rabietas

Escrito por en Puesta de Limites

Sin ceder a sus rabietas
Ningún chico está libre de agarrarse una rabieta. Debemos ser comprensivos y remediar, si podemos, el motivo que las provoca. No debemos dejar que nuestro hijo convierta los berrinches en un recurso para salirse con la suya, ya que entonces derivarán en costumbre. Habrá que armarse de paciencia y esperar a que pase el vendaval, aunque sea en plena calle. Después podemos razonar y, sin retarlo, decirle que asi no va a conseguir nada.

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Los niños que son mandones

Escrito por en Puesta de Limites

Por qué suelen ser tan mandones
¿Se han convertido en pequeños tiranos? ¿Quién manda en casa, ellos o nosotros? ¿Estropeamos su carácter si los consentimos en exceso?
Para orientarnos, nos conviene saber qué es lo que ocurre a esta edad tan especial.
A los dos años, un chico acaba de descubrirse como individuo, como persona única y diferente de las que lo rodean.
Y el núcleo de sentimiento de identidad, tan imprescindible, reside precisamente en sentir y ejercer la propia voluntad, el propio deseo o, para decirlo claramente, hacer lo que se le da la gana.
Lo que sucede es que todos tenemos que aprender a conciliar nuestros deseos con los de los demás, a autoafirmarnos sin avasallar. Pero éste es un aprendizaje largo, y a los dos años se está justo en el punto de partida. El pequeño todavía vive en un completo egocentrismo y le cuesta tener en cuenta la perspectiva y necesidades de los otros. Además, su conocimiento de la realidad es aún escaso (lo que explica, por ejemplo, que arme un escándalo si intentamos ponerle un impermeable un día en que llueve a cántaros).

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La puesta de limites

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Siempre quieren salirse con la suya

No quiero dormir!, ¡dame mi autito!”, exclama enérgicamente Guille señalando su juguete. Su madre, con el pijama del niño en una mano y el auto en la otra, no sabe qué hacer.
Situaciones de este tipo son frecuentes en los chicos de dos años, tan amantes de imponer su santa voluntad. Esta tendencia aparece muchas veces de manera abrupta, como en el caso de Guille, pero en otras ocasiones adquiere matices más sofisticados y casi encantadores. Como en Julieta que, desde hace unos meses, manifiesta especial atracción por las frases imperativas: “Mamá, dame el osito”; “Papi, vamos a jugar”, “Con la yaya, no”; “Basta”; “Salí”…

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EL LÍMITE NO VIOLENTO

Escrito por en Como hacerlo

Tenemos que ser realistas. Difícilmente no nos encontremos en la situación de tener que lograr que un niño disminuya o abandone determinada conducta. ¿Qué hacer entonces? Siempre que podamos tratemos de estimular una conducta que sea incompatible con la que queremos eliminar. Por ejemplo: un niño de 3 años acaba de tener un hermanito y está acusando recibo de todo el tiempo que el hermanito le está “robando”. Así, cuando su mamá se ocupa del bebé, él hace todo tipo de desastre intentando recuperar la atención perdida. Una buena estrategia para solucionar esta situación es ponerlo en un rol activo y colaborador con la tarea que le signifique atención por conductas adaptadas. No sólo es pedirle que alcance el aceite o el toallón, también vamos a charlarle mientras hacemos cosas, lo estimularemos a interactuar él también con el bebé, y a descubrir lo bueno que puede ser tener un hermano. Y al terminar, es bueno que encuentre una consecuencia directa placentera: “me ayudaste tan bien que terminé más rápido y nos quedó tiempo para leer un cuento”. De esta manera no hubo castigo, la relación mejoró y el inconveniente quedó superado.
Otras veces es posible lograr que una conducta disminuya por el sólo hecho de no prestarle atención. Si somos conscientes que nuestro hijo está gritando desde su cuarto sólo para lograr que nosotros intervengamos en un conflicto con sus hermanos, lo más adecuado será hacer caso omiso a los gritos. En un tiempo determinado (que dependerá de cuantas veces antes hicimos caso a sus gritos) aprenderá que los gritos no son eficaces para solicitar nuestra atención .
Hay otro método útil y eficaz de enseñarles a los niños a corregir algunas conductas. Se llama “método de las consecuencias lógicas”. Se refiere a que sean las consecuencias lógicas de su conducta lo que le demuestre al niño que deberá cambiar la próxima vez. Si no cumplió con los deberes que la maestra pidió, es más útil que la vida le demuestre que eso le trae malas consecuencias (nota baja, utilización del recreo para hacer el deber) que obligarlo nosotros a hacerlos, con la ansiedad y enojo mutuo que ello implica. Sufriendo las consecuencias lógicas se logra desarrollar el autocontrol y la responsabilidad por las propios actos.

Recomendamos a los padres lecturas, grupos de orientación, “escuelas para padres” o consultas especializadas para obtener las respuestas a sus preguntas. Vale la pena buscar alternativas para lograr que nuestros hijos sean personas responsables, con sentido de la dignidad personal, respetuosas de los derechos propios y ajenos, integrados felizmente en una familia armónica para el mejoramiento de la sociedad en que les ha tocado vivir.

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