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ENTENDER NO SIGNIFICA PERMITIR

Muchas veces podemos comprender los motivos por los cuales un niño se está comportando de manera indeseable. Puede que teniendo una rabieta quiera llamar la atención en un momento en que su hermano concita el interés familiar, o puede ser que le pegue a su madre porque está muy triste. Es muy importante tratar de entender por qué un niño hace lo que hace, pero encontrarle una explicación no significa que debemos permitir o estimular que exprese sus muy legítimas emociones de una manera inadecuada. Entender sirve para ayudarlo a conocer sus emociones y a expresarlas de la manera adecuada. No está mal estar triste, ni celoso ni enojado. Es muy bueno aprender a percibir y a permitirnos todas las emociones. Pero también es imprescindible aprender a expresarlas adaptativamente. Es decir, que aunque entendamos por qué un niño está haciendo lo que está haciendo, nuestra obligación es limitar lo inadecuado y enseñarle la manera adecuada de expresarse.

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EL VAPULEADO CONCEPTO DE AUTORIDAD

La familia, como todo grupo humano, tiene roles diferentes con funciones diferentes. En una familia que tiene un funcionamiento sano, estos roles van teniendo modificaciones que acompañan la evolución de sus integrantes: aparecen nuevos miembros; los que están, crecen, maduran, adquieren nuevos derechos. Sin embargo esta flexibilidad deseable debe construirse sobre algunas bases estables, como lo es sobre quien está depositada la autoridad. Y en esto no pueden haber dudas jamás: la autoridad es una función parental. Autoridad que marca rumbos y que da seguridad. No esa autoridad que es autoritarismo, violenta, arbitraria, irrespetuosa, que busca obediencias ciegas, sino autoridad firme, cálida, cargada de valores democráticos: la búsqueda permanente de la justicia y del respeto de los derechos individuales… aun de los niños.
A veces confundimos poder con autoridad. El poder es algo que depende de nuestra transitoria situación jerárquica superior como padres. A medida que el hijo se va independizando, el poder se va perdiendo. La autoridad es un mito, que se elabora sutilmente, desde etapas muy precoces y que perdura más allá del poder.
Cumplir con la palabra dada, en la buenas y en las malas; no apelar a terceros para lograr lo que nosotros queremos (“cuando venga tu padre le voy a contar”,”¿y si le cuento a la maestra?”, etc.) son algunas de las formas que ayudan a elaborar el concepto de autoridad.
Un niño que va aprendiendo lo que es la autoridad en su hogar, luego puede reconocerla y aceptarla en sus maestros y en las normas sociales de convivencia.
Padres autoritarios tienen hijos débiles o que aprenden a transgredir las normas. Padres con autoridad bien ejercida tendrán hijos que sabrán respetar y hacerse respetar.

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DEBEMOS TENER EN CUENTA LA ETAPA DEL DESARROLLO EN QUE ESTA NUESTRO HIJO

Una primera regla de oro es que no podemos esperar del niño algo para lo que aún no está preparado, o que va contra las características de la etapa que está atravesando. Seguramente a ninguno de nosotros se le ocurriría esperar que un bebé de tres meses hable. Sabemos que no lo puede hacer por que no llegó al nivel de desarrollo suficiente. Con otros tipos de conducta los padres no somos tan racionales, y a veces exigimos de nuestros niños conductas que no están prontos para emitir. No podemos esperar que un lactante adquiera el control esfinteriano porque es verano o porque estamos de vacaciones sino cuando esté fisiológica y cognitivamente maduro para hacerlo. De la misma manera, sería poco realista esperar que un pre-escolar no fuera para nada agresivo, o que un adolescente tuviera una adhesión irrestricta a nuestro estilo de pensar y hacer. Es decir entonces que es necesario conocer las características de la etapa en que está nuestro hijo para poder entender mejor el significado de su comportamiento, y poder tener expectativas realistas.

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