
La segunda clase de padres —quizá profesionales de la educación o más avispados por el ejemplo de amigos— decide desde el principio amueblar lo más sencillo posible: lo más necesario de armarios y por lo demás mucha goma espuma, moqueta y cojines. Si el bebe lo estropea, no se ha perdido mucho; más tarde, cuando el niño vaya al colegio —y la madre vuelva a ganar dinero— aún estarán a tiempo para comprar los muebles definitivos y decorar la casa a su gusto.
La tercera clase —esperemos que la mayoría, porque a pesar de haberse equivocado al principio, no ha sido por maldad sino por ignorancia— constata después de uno o dos años que su vivienda no es la más adecuada para albergar niños. Esto puede ser una experiencia amarga, tanto más cuanto menos ingresos económicos tenga la pareja en cuestión. Seguramente han ido ahorrando durante mucho tiempo para pagar ese sofá color crema que pronto empieza a acusar manchas sopechosas que no se quitan con ninguna de las espumas anunciadas, y esa mesa baja de cristal cuyas esquinas agudas están justo a la altura de un bebé gateante.

No todos los padres que maltratan son iguales ni están enfermos mentalmente. Pero hay algo que los caracteriza: todos, en su infancia, han sido maltratados; no han sido queridos; han sido objeto de crítica y subestimación exagerada y permanente o han sido exigidos de manera inadecuada por sus propios padres. En otras palabras, ellos mismos fueron víctimas en su infancia, y como consecuencia de ello su capacidad de tener un funcionamiento adecuado como padre o madre se vio severísimamente deteriorada.
Estos padres han aprendido a ser padres o madres violentos. El o los modelos que tuvieron fueron así, y aunque racionalmente critiquen lo que les hicieron cuando niños, cuando ellos viven determinadas situaciones la reacción que tienen es tan violenta como hubiera sido la del padre violento, en su momento.
Por otro lado, han aprendido que el niño no es un ser a respetar, proteger y amar. Han elaborado un concepto muy devaluado del niño como resultado del rechazo y la humillación de que fueron objeto cuando ellos fueron niños. Aprendieron que la relación entre un padre y un hijo es la relación entre un agresor y su víctima.
Estos niños y adolescentes maltratados crecen con grandes carencias afectivas. Una vez que tienen un hijo a veces pretenden que sea este hijo quien satisfaga sus necesidades afectivas exageradas. Esta expectativa se frustra siempre, ya que ningún hijo puede ser capaz de
borrar ese pasado y calmar la inmensa insatisfacción afectiva de estos padres. La frustración genera rabia, se reavivan dolores del pasado y se desencadena la reacción violenta con el hijo.
Pero, ¿todos los niños y niñas abusados en su infancia se transforman el padres / madres abusadores? Afortunadamente no. Algunas investigaciones estiman que 1/3 de todos los individuos que han sido severamente abusados en su infancia, van a abusar de sus hijos. Si bien es una proporción considerable, destaquemos que los 2/3 restantes logran desarrollar recursos emocionales que les permite romper con la “herencia de maltrato“. Existen realidades vitales que ayudan a que una persona pueda liberarse de este triste pasado y de su influencia negativa y que pueda ser libre de ser el tipo de padre que quiere ser. Uno de estos factores es que cuando chico y maltratado por uno de sus padres, haya podido contar con el apoyo y la protección y el cariño de el otro padre.
Otro factor importante a considerar entre los que influyen en la aparición de maltrato, es lo que la sociedad piensa y cree en relación a cómo deben tratarse los niños.