Desarrollo del niño
Al iniciarse este período, el niño atraviesa lo que se ha dado en llamar «la edad de los porqués». Ya con anterioridad había atravesado por una etapa semejante —hacia los 2 años—, pero entonces el interés del niño era por saber el nombre de las cosas, mientras que lo que ahora desea saber está en relación con la causa y la finalidad de las cosas.
El pensamiento infantil continúa siendo en un principio un pensamiento todavía concreto, todavía incapaz de abstracción. Pero con una particularidad, y es la de un aumento de la capacidad de simbolización ligada al desarrollo de un lenguaje cada vez más evolucionado.
A través del lenguaje, el niño adquiere ya nuevos conocimientos, sin que éstos tengan necesariamente que ser experimentados. Para un niño de 4 o 5 años es ya de por sí una experiencia aquello que oye decir a sus padres o a sus maestros, o simplemente lo que oye cuando ve la televisión.
Hacia los 6o7 años, no obstante, la inteligencia del niño produce un salto cualitativo. Es el momento en que tiene lugar el aprendizaje
de la lectura y de la escritura, que marca un hito en la evolución intelectual infantil.
El pensamiento en esta época se va haciendo cada vez más positivo y se indagan las causas racionales de los hechos que se observan. Al propio tiempo, el egocentrismo característico de las etapas anteriores va cediendo el paso a un sentido crítico que no hace sino aumentar con la edad. También remite la antigua proyección mágica que hacía que las cosas estuvieran animadas. A los 6, a los 7 y a los 8 años, un niño distingue ya claramente qué es lo que pertenece al ámbito de la fantasía y cuáles son los hechos que corresponden a la realidad tangible.
Las adquisiciones intelectuales de este período son muchas. En primer lugar, la atención y la memoria se desarrollan de una forma extraordinaria. Esto posibilita al niño el concentrarse en aquellos temas que son de su interés —aunque no de forma sostenida como un adulto—. Por otra parte, es capaz de recordar cosas increíbles, aunque de forma mecánica, sin saber explicar todavía lo que quieren decir y sin llegar a desentrañar su conexión lógica.
Esto no quiere decir que el niño no se preocupe por saber si su pensamiento es correcto o no. En realidad, es en este momento cuando se ponen las bases de lo que constituye una de las cualidades esenciales de la inteligencia adulta: la reversibilidad.
La reversibilidad constituye el primer eslabón del pensamiento lógico y consiste en la posibilidad de pensar las acciones al revés. Para el niño de esta edad, esta adquisición le es muy útil para aprender las primeras operaciones matemáticas.
Por último, hay que señalar otra de las adquisiciones fundamentales de esta etapa. Se trata de la maduración de las nociones objetivas de tiempo y de espacio. Esto supone para el niño tomar conciencia de las distancias, de las medidas y del tiempo en que vive, siempre y cuando todo ello no se presente de forma muy abstracta.



