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LOS PADRES

Es fundamental que los padres puedan apoyar realmente el proceso de enseñanza-aprendizaje, y con esto decimos mucho más que proveerlos de cuadernos y lápices, o de ayudarlos en los deberes. Deben ser capaces en primer lugar de separarse del niño, respetarle la autonomía y poder delegar su cuidado y formación por algunas horas en la escuela. Esto no resulta muy fácil para algunos padres, que viven el crecimiento de su hijo como una pérdida que les causa mucho dolor. Si no están atentos a estas emociones, pueden interferir, a veces sin darse cuenta, con todas aquellas conductas de su hijo que involucren un paso hacia la autonomía y el crecimiento, incluido el aprendizaje escolar.
Es necesario también que puedan estimular adecuadamente el deseo de aprender. Aveces vemos padres que no estimulan nada, y otros que estimulan demasiado. Tanto la sub como la sobre-estimulación pueden ahogar el entusiasmo infantil por aprender.
A veces no resulta fácil saber qué ni cuánto exigir de un niño. Frecuentemente se confunden medios con logros y se termina exigiendo sólo un buen resultado (un éxito, una buena nota). Resultaría mucho más formativo desde el punto de vista emocional, no olvidarse de estimular el medio, el proceso por el cual se llega al resultado, poniendo especial énfasis en el esfuerzo realizado.

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La historia de los padres

No todos los padres que maltratan son iguales ni están enfermos mentalmente. Pero hay algo que los caracteriza: todos, en su infancia, han sido maltratados; no han sido queridos; han sido objeto de crítica y subestimación exagerada y permanente o han sido exigidos de manera inadecuada por sus propios padres. En otras palabras, ellos mismos fueron víctimas en su infancia, y como consecuencia de ello su capacidad de tener un funcionamiento adecuado como padre o madre se vio severísimamente deteriorada.
Estos padres han aprendido a ser padres o madres violentos. El o los modelos que tuvieron fueron así, y aunque racionalmente critiquen lo que les hicieron cuando niños, cuando ellos viven determinadas situaciones la reacción que tienen es tan violenta como hubiera sido la del padre violento, en su momento.
Por otro lado, han aprendido que el niño no es un ser a respetar, proteger y amar. Han elaborado un concepto muy devaluado del niño como resultado del rechazo y la humillación de que fueron objeto cuando ellos fueron niños. Aprendieron que la relación entre un padre y un hijo es la relación entre un agresor y su víctima.
Estos niños y adolescentes maltratados crecen con grandes carencias afectivas. Una vez que tienen un hijo a veces pretenden que sea este hijo quien satisfaga sus necesidades afectivas exageradas. Esta expectativa se frustra siempre, ya que ningún hijo puede ser capaz de
borrar ese pasado y calmar la inmensa insatisfacción afectiva de estos padres. La frustración genera rabia, se reavivan dolores del pasado y se desencadena la reacción violenta con el hijo.
Pero, ¿todos los niños y niñas abusados en su infancia se transforman el padres / madres abusadores? Afortunadamente no. Algunas investigaciones estiman que 1/3 de todos los individuos que han sido severamente abusados en su infancia, van a abusar de sus hijos. Si bien es una proporción considerable, destaquemos que los 2/3 restantes logran desarrollar recursos emocionales que les permite romper con la “herencia de maltrato“. Existen realidades vitales que ayudan a que una persona pueda liberarse de este triste pasado y de su influencia negativa y que pueda ser libre de ser el tipo de padre que quiere ser. Uno de estos factores es que cuando chico y maltratado por uno de sus padres, haya podido contar con el apoyo y la protección y el cariño de el otro padre.
Otro factor importante a considerar entre los que influyen en la aparición de maltrato, es lo que la sociedad piensa y cree en relación a cómo deben tratarse los niños.

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¿Qué tiene mi hijo?

El primer objetivo al que debe apuntar el psiquiatra de niños y adolescentes es llegar a un diagnóstico. El proceso diagnóstico requiere tiempo, exploración, conocimientos extensos y profundos y mucha capacidad reflexiva. La herramienta fundamental para un diagnóstico sigue siendo la entrevista con el paciente y con su familia, juntos y/o separados. Si es necesario, se apela a algunos estudios específicos que son realizados por otros técnicos del equipo de Salud Mental: estudio psicológico, evaluación psicomotriz, evaluación pedagógica, evaluación del lenguaje, estudios biológicos, etc.
El diagnóstico no sólo implica decir: “este niño tiene tal cosa”. Un diagnóstico global no sólo le pone un nombre a lo que le está pasando al niño, sino que analiza también toda la situación que lo rodea y su entorno.
Poder diagnosticar significa poder entender la situación y poder asentar sobre una base bien segura la recomendación de tratamiento.
Es parte fundamental de la consulta que el técnico y el paciente y su familia se entiendan mutuamente. El diagnóstico debe ser compartido con los padres del niño, en términos que resulten comprensibles. El psiquiatra es un médico y como tal debe ser capaz de explicarle al paciente cómo entiende el padecimiento que lo afecta. El psiquiatra es una persona y como tal debe ser capaz de hablar el lenguaje de las personas y comunicarse con quien le pide ayuda en términos que puedan ser entendidos.
Abogamos por el trato digno y respetuoso de quienes consultan al psiquiatra de niños: el paciente y su familia tienen derecho a saber, estar informados y decidir a qué están, en definitiva, dispuestos a exponerse.

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