Juegos simbolicos
Juegos simbólicos
Hacia los dos años, se inicia una nueva forma de juego que se caracteriza por su simbolismo. La fantasía del niño atribuye entonces a los objetos los más diversos significados imaginarios. Un trozo de madera puede ser una pistola; una escoba se convierte fácilmente en un caballo. El niño, mediante estas fantasías, imita los trabajos del adulto y esta actividad imaginaria favorece el proceso general de socialización, necesario para su integración en la sociedad.
Esta posibilidad de utilizar símbolos de otros objetos o de otras personas es de suma importancia. Los psicólogos y pedagogos han puesto de relieve que el niño, mediante estas formas del juego simbólico, está pasando de la acción a la representación, de lo que en un principio era pura actividad sensorio-motriz, y por tanto experiencia concreta, a unas formas ideacionales en las que se articula la imaginación y el pensamiento abstracto. Para Piaget en particular, esta etapa del juego simbólico, que perdura hasta los siete u ocho años, es la que hace posible la adquisición del lenguaje y su pleno dominio.
Desde el punto de vista psicoanalítico, el juego simbólico sirve para proyectar los diferentes aspectos de la estructura psíquica infantil. Los deseos instintivos, la forma como son vehiculizados por el yo, los rudimentos de una conciencia moral que aprueba o castiga, los distintos estratos, en fin, de la personalidad infantil se vuelcan en el simbolismo del juego y son elaborados en virtud precisamente de los símbolos lúdicos.
