
La adolescencia de un hijo adoptivo
Generalmente no es fácil adolecer la adolescencia. Tantos cambios por fuera y por dentro, tantas novedades, tantas pérdidas. Uno de los procesos fundamentales de este período es lograr una sana y adecuada “separación” de los padres. Lograrlo con padres de carne y hueso ya es una tarea suficientemente difícil. Los adolescentes adoptados deben sumar a ésta, la complicada tarea de separarse también de una pareja de padres “fantasmas”. Existen situaciones en las cuales.aun cuando puedan separarse adecuadamente de los padres adoptivos, queda la vivencia interna de que hay otro par de padres con los cuales el proceso no se ha cumplido.

La adopción, como método de proveer una familia a niños que no la tienen e hijos a parejas que los desean ha sido utilizado desde la antigüedad. Moisés por ejemplo era adoptivo. En escritos babilónicos del 2250 AC ya se encuentran normas tendientes a regular la adopción: en ellas se establecía que si unos padres adoptivos crían a un niño, éste luego no podría ser reclamado por sus padres biológicos.
No sólo es un método muy antiguo, también es universal. En todas las sociedades encontramos adopciones, formales o informales, cuyas normas reguladoras varían según las diferentes culturas.
El objetivo y el método de la adopción ha ido cambiando a lo largo de la historia. Antiguamente, la adopción era el procedimiento por el cual se intentaba satisfacer las necesidades de una pareja adulta que no podía tener sus propios hijos biológicos y que los necesitaban para diferentes funciones más allá de lo afectivo: salvaguardar la sucesión de propiedades o la supervivencia del apellido. Las normas vigentes respondían a este objetivo y por lo tanto se ocupaban fundamentalmente de proteger a los adoptantes.
El concepto moderno de que la adopción debe servir para lograr el bienestar del niño es bastante nuevo. Actualmente la adopción es considerada un tipo de cuidado del niño, una manera más de protegerlo y
satisfacer sus necesidades.
Este cambio conceptual básico ha condicionado cambios prácticos importantes a nivel de la elección de el niño a adoptar y de los padres adoptivos.
Antes, el niño a adoptar debía cumplir estándares casi de perfección: debía ser recién nacido, sano, del sexo deseado, de la misma raza que los padres adoptivos. Debía ser casi idéntico al niño que esos padres habían soñado tener y no habían podido. Actualmente esta expectativa se ha ido modificando y cualquier niño que lo necesite, se considera apto para la adopción. No quedan fuera de esta situación los bebés discapacitados, ni los enfermos, ni los niños más grandes, ni huérfanos de otras razas generalmente sobrevivientes de guerra o de zonas pauperizadas.
Los padres adoptivos también debían ser “perfectos”: matrimonios estables, de buena situación socioeconómica y de conducta y procederes acordes. También se han modificado los estándares en este sentido, y actualmente en el mundo, y con variaciones regionales, se dan niños en adopción a solicitantes solteros, a parejas no legalizadas, a parejas homosexuales y aun a personas con alguna afección mental que no se considere peligrosa.