
Se duerme a los pies de nuestra cama
Parece que, una vez que se duerme, tu hijo ya no se despierta. Por lo tanto, el problema radica en el inicio del sueño y no en su mantenimiento. A esta edad, el insomnio de inicio está más asociado a las relaciones afectivas durante el día que a los problemas de sueño o miedo durante la noche. Como suponemos que juegas y estás con tu hijo suficiente tiempo durante el día, debes enseñarle también a consolarse y a estar en casa de forma independiente, sin que alguien esté siempre a su lado (es conveniente dejarlo solo unos minutos, sin perderlo de vista). Así, poco a poco, también será independiente durante la noche.
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Pide que le ponga el pañal antes de hacer caca
Nuestro consejo es que le sigas permitiendo a tu hija que haga caca en el pañal. En este asunto, las tensiones y retos complican las cosas en lugar de solucionarlas. Es verdad que, a los tres años, muchos chicos controlan los esfínteres por completo, pero hasta los cuatro no cabe hablar de un auténtico atraso. Deberás darle tiempo al tiempo, tener tacto y paciencia, y no presionar a la nena. Para decidirse a hacer caca en el inodoro o en la pélela, tu hija necesita sentir que es ella quien lo resuelve, no que se lo imponen. Trata de crear las condiciones para que pueda vivirlo así.
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¿Podemos prevenir tantos resfríos?
Ojalá tuviéramos una receta mágica para que el primer año de la guardería o el Jardín de Infantes no sea un ir y venir de toses, mocos y demás. La razón es bien simple: a estas edades tocan todo, chupan todo y llenan todo de babas. Basta con que uno traiga a clase unos poquitos virus para que se multipliquen como ios panes y peces. Por otra parte, su sistema inmunológico es muy inmaduro antes de los dos años, y a muchos les cuesta hacer frente a los numerosos virus a los que deben enfrentarse fuera de casa. Aunque no es posible evitar ei cien por cien que esto suceda, sí podemos hacer algo:
■ No caigamos en el error de ponerles un exceso de ropa. Si los abrigamos demasiado, transpirarán y sufrirán más los cambios de temperatura.
■ Debemos cuidar su alimentación con una dieta nutritiva que contenga suficientes aportes energéticos para que crezcan fuertes. La fruta y los jugos caseros son ideales en cualquier época del año (no sólo en verano).
■ Cuando un chico está enfermo debe quedarse en casa; primero por él, para que se recupere en condiciones, y después para evitar que contagie a sus compañeros. Hay que tener especial atención a dolencias como la conjuntivitis y la gastroenteritis porque son muy contagiosas.
■ No debemos incurrir en medicar por nuestra cuenta a los pequeños. El pediatra es quien debe diagnosticar qué tienen y prescribir la medicación pertinente.
■ Y, por último, si trabajamos, convendrá que tengamos una niñera siempre dispuesta a cuidar a nuestro hijo cuando se enferme.
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Síndrome de mano, pie, boca
Esta enfermedad, llamada síndrome de mano, pie, boca no es una enfermedad rara, ya que lúe descripta por primera vez en 1957 en Canadá. En nuestro país por suerte no ha habido episodios de epidemia, pero sí mucho casos aislados, como fue el del compañerito de Nicolás.
Se produce por un virus llamado Coxsackie, pariente de los que producen gripe y, una vez que el pequeño se contagia, los primeros síntomas tardan en aparecer entre cuatro y siete días. Muy contagiosa en general, compromete más a los chicos que a los adulto.
La enfermedad se caracteriza por presentar fiebre no muy alta, regular estado general y con la aparición de unas lesiones en el paladar de color rojo que rápidamente se transforman en vesículas que más tarde se ulcerarán (al romperse la vesícula queda como un pequeño cráter que se cubre de una materia blanquecina dándole a la lesión un aspecto de afta) y se extienden a toda la boca, la lengua, la úvula (campanilla) y el paladar. Estas lesiones están presentes en el 90 por ciento de los casos. A las 24 hs de comenzado el cuadro se producen las lesiones en la piel (exantema).
Son lesiones vesiculares, con un pequeño halo rojo, muy pequeñas, de no más de 3 a 6 milímetros, de paredes delgadas que se rompen con facilidad. La mayor erupción de la piel se presenta en las manos, el resto en los pies y muy poco en el cuerpo. La duración de estas ampollas es de una semana y cada vez que se rompen eliminan virus, de ahí su alta contagiosidad.
Por ser una enfermedad viral no tiene tratamiento específico, sólo sintomático, es decir, hay que tratar el dolor que se produce en la boca por las lesiones con analgésicos del tipo del ibuprofeno o paracetamol.
Este dolor en muchos casos impide que el pequeño coma en forma adecuada. Para ayudarlo y evitar que se deshidrate hay que ofrecerle muchos líquidos fríos y alimentos frescos del tipo de la gelatina.
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¿Qué indica la piel azulada?
Los padres se alarman si la piel de su bebé de pocos días se pone azulada o cianórica. La gran mayoría de las veces, este tono no es más que una consecuencia de la inmadurez de su sistema de regulación de temperatura y circulación. Si sus piernas y pies están azulados, conviene tocarlo: lo más probable es que los notemos fríos y recobren su tono rosado al abrigarlo.
También es normal que su cara, labios y lengua se vuelvan azulados cuando llora sin consuelo. El pequeño está haciendo un gran esfuerzo y no le llega bien la sangre a la cara. Una vez que se tranquilice, el tono azul desaparecerá. Si persiste después de abrigarlo o consolarlo y, sobre todo, si llora sin parar y se muestra intranquilo, es necesario consultar con el pediatra sin demora.
La cianosis también puede ser un signo de falta de oxígeno y, a veces, cuando se acompaña de malestar, indica que el corazón o el pulmón no funciona bien. Pero no nos alarmemos, ya que este tras-tomo resulta raro.
Lo mismo ocurre con un problema conocido con el nombre de metahemoglobinemia. No afecta a los recién nacidos, sino a los bebés (y chicos) más grandecitos y se produce entre media hora y una hora después de haber comido espinacas.
Los síntomas son una coloración pizarrosa o gris negruzca de la boca, cara, brazos y piernas que aumenta a medida que el chico llora. Los culpables de la reacción son los nitratos contenidos en las espinacas, que transforman la hemoglobina de la sangre (la sustancia que transforma el oxigeno) en metahemoglo-bina. El bebé debe ser internado urgentemente en un hospital para que le indiquen un tratamiento.
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La temperatura de la sala de partos
El bebé permanece durante nueve meses en el útero, que es un medio muy cálido. Al nacer, mojado por el líquido amniótico, resulta comprensible que en su primer contacto con el mundo exterior sienta frío, acostumbrado como estaba a la temperatura corporal de la madre. Por este motivo, la temperatura de la sala de partos debe mantenerse algo elevada (22 grados como mínimo). Además, para minimizar el impacto del frío que sienten los pequeños, enseguida se los seca con toallas tibias.
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¿Tan pronto y con rabietas?
Aunque las rabietas son más comunes a los dos años, en algunos chicos con temperamento difícil aparecen antes. Los sentimientos que se esconden detrás de un berrinche son muy variados: enojo, frustración… El pequeño reacciona así porque no conoce otra forma de manifestar su indignación. Lo ideal es prevenir la rabieta evitando la situación que la produce (por ejemplo, esconder de su vista los “objetos prohibidos”). A esta edad suele funcionar bastante bien la distracción: mostrarle algo que le interese o cambiar el enojo por una risa contagiosa. Si no resulta, hay que buscar otra forma más constructiva de liberar energía, como hamacarlo en brazos o ha-ht cerlo saltar sobre las rodillas.
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Cambios en los hábitos
Hacia el año y medio de edad desaparece la siesta matinal. Es importante conocer este dato y no obligar al chiquito a hacer más siestas de las que necesita. El sueño total es de 14 ó 15 horas: unas 10 ó 12 por la noche y el resto durante el día. El chico tarda en dormirse de 15 a 30 minutos.
No hay que estar con él hasta que se duerma del todo para que asi aprenda a hacerlo solo.
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Sueño sin problemas
Al año, el chiquito ya tiene cierta autonomía, nos entiende, sabe reclamar nuestra atención y mostrar sus preferencias; es decir, empieza a decidir cuándo y cómo quiere dormir. Por eso, es esencial instaurar buenos hábitos de sueño antes de su primer cumpleaños.
La mayor autonomía del bebé nos obliga a modificar los rituales del sueño, acomodándolos a sus propias demandas y deseos.
A partir de este momento, empieza a ser cada vez más importante que el chiquito no asocie el sueño a un castigo o un alejamiento del mundo de los adultos. Hay que tratar de no enviarlo a la cama cuando se porta mal o cuando está en lo más interesante de un juego o en plena película de dibujos animados. Sólo así evitaremos que asocie la cama con rechazo, castigo o soledad, en lugar de descanso. Tenemos que transmitir a nuestro hijo que ir a dormir es un placer que nosotros, como buenos padres, permitimos y favorecemos en él.
Para lograrlo debemos mostrarle claramente, desde que nace, los límites de tiempo y espacio en el ritual presueño (cuántos cuentos contaremos, dónde lo haremos y cuándo habrá llegado la hora de decir buenas noches).
Es importantísimo estar firmes, siendo cariñosos al mismo tiempo, y transmitirle un único mensaje. A medida que crece, el chico tiene mayor capacidad para la negociación y el chantaje y, si los dos padres no están de acuerdo, es más fácil que se salga con la suya.
Si todavía no lo hemos pasado a una habitación diferente, es el momento de hacerlo.
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¿Dejan secuelas los terrores nocturnos?
Los terrores nocturnos constituyen un fenómeno bastante común a la edad de tu hijo y no tienen por qué provocar secuelas ni alteraciones en la vida adulta, ni afectar al comportamiento de quien los sufre (salvo en casos de episodios muy frecuentes o agitados que ocasionen somnolencia diurna, y esto no es lo habitual). Probablemente, es el trastorno más dramático del despertar. El chico que duerme apaciblemente se agita bruscamente, se sienta en la cama, grita, parece aterrorizado, desorientado y no reconoce a las personas que lo rodean. Si se despierta, no puede decir lo que le pasa, debido a su confusión. Los terrores pueden aparecer de forma espontánea o provocados por diversos estímulos: ruidos, cambio forzado de postura, etc. El curso benigno de los episodios, que suelen desaparecer en la adolescencia, hace innecesario aplicar un tratamiento, salvo en los casos mencionados al principio. En adultos se aconseja la psicoterapia.